Autor: Fontán Pérez, Antonio. 
 Especial Diario 16: Historia de la Transición; 10 años que cambiaron España; Pactos de la Moncloa. 
 El sentido de una segunda Cámara     
 
 Diario 16.    27/05/1984.  Página: 497-499. Páginas: 3. Párrafos: 17. 

El sentido de una segunda Cámara

Antonio Fontán (*)

I.— Siglo y medio de bicameralismo en España

En 1984 se han cumplido los 150 años del bicameralismo español. En este siglo y medio el sistema

bicameral ha sufrido en España los eclipses dictatoriales y revolucionarios del régimen parlamentario

mismo y alguno más, como los de las dos Repúblicas de 1873 y 1931. La ley para la Reforma Política

sancionada por el referéndum nacional del 15 de diciembre de 1976 restableció el bicameralismo

histórico español con un Congreso de los Diputados, elegido proporcionalmente a la población de cada

circunscripción provincial, y un Senado de vocación territorial, en el cual cada provincia estaba

representada por el mismo número de senadores. La excepción que constituían, ya en esa ley, las

provincias insulares, que tenían más senadores y los elegían por islas, era una confirmación de la

vocación territorial con que nacía el nuevo Senado de la Monarquía.

El sentido de una segunda Cámara parlamentaria restaurada bajo el Rey Juan Carlos I. Luego la

Constitución de 1978 recogería, sustancialmente, el mismo sistema. A mí me correspondió el honor de

presidir el Senado en la legislatura constituyente, reanudando una tradición interrumpida en 1923 con el

golpe de Estado del general Primo de Rivera. Así resulté ser, a poco más de medio siglo, el primer

sucesor del conde de Romanones, ilustre político liberal y progresista, buen administrador cuando estuvo

en el Gobierno, hombre culto, sugestivo escritor e historiador y testigo literario de su propia época y de la

inmediatamente anterior.

La polémica sobre el bicameralismo ha acompañado a este sistema parlamentario y representativo desde

los propios orígenes. No hay un acuerdo generalizado entre políticos y politólogos acerca de sus ventajas

e inconvenientes en comparación con el Parlamento unicameral. Yo atribuyo más peso al juicio de los

políticos que a las respetables doctrinas de los teóricos. En el caso de la España contemporánea, por

razones políticas, yo sigo opinando igual que en 1976 a favor de tres puntos capitales: la circunscripción

provincial, la representación proporcional y el bicameralismo asimétrico. Cada una de esas tres

afirmaciones daría lugar a un desarrollo singular, impropio de este lugar y de este momento.

II.— La identidad

¿Cuáles fueron mis primeras experiencias como presidente del Senado y qué sentido vimos en la Cámara

los senadores de la legislatura constituyente y que labor se realizó en ella?

La llamada Cámara Alta nació, o renació, en 1977, con una cierta crisis de identidad de la que

participaban muchos de sus miembros. Los líderes de los partidos eran todos diputados. El Senado

empezó a trabajar, por así decir, en el desván, o planta superior del Congreso, en la gran sala de

comisiones. No había mucho interés ni en el Gobierno ni en los partidos por realzar el papel político del

Senado, ni porque éste recobrara pronto su antiguo e histórico edificio.

Esta cuestión, que era fundamental para asegurar la autonomía y el prestigio de la Cámara, se resolvió

antes y mejor de lo que habíamos previsto en las primeras reuniones de la Mesa y en las sesiones

preliminares del Senado, gracias a una iniciativa personal del Rey. El mismo día de la solemne apertura

de las Cortes, 22 de julio de 1977, después del discurso de Don Juan Carlos, los Reyes se quedaron en los

salones del Congreso durante largo rato, saludando uno por uno a todos los parlamentarios y en abierta y

amistosa conversación de grupo en grupo con los allí presentes.

En un determinado momento en que, entre otras personas, hablábamos con Don Juan Carlos, el presidente

del Gobierno y yo, el Rey me preguntó si pensábamos trasladarnos al viejo Senado y nos recomendó que

lo hiciéramos pronto, por interés de la Cámara, por recuperar la continuidad histórica con nuestros

predecesores y por dar vida a un noble edificio de brillante tradición parlamentaria.

Yo le manifesté que había una corriente mayoritaria entre los senadores a favor de ese traslado e incluso

una moción del senador liberal salmantino Francisco de Vicente, que estaba recogiendo firmas para

presentarlas a la Cámara con el mayor apoyo posible. El presidente Suárez prometió la ayuda del

Gobierno, y, en seguida, empezamos los proyectos y las obras mínimas indispensables para readaptar el

salón de sesiones, asi como las gestiones para recobrar la biblioteca y el tesoro artístico de la vieja casa.

Otra cuestión procedimental de los principios, en la que también, a mi juicio, nos acompañó la buena

estrella, fue la elaboración de un reglamento provisional, pero adaptable a la realidad de la vida de la

Cámara. Aun antes de tenerlo, establecimos un sistema lo más ágil posible, en el que no sólo se amparara

el derecho a hablar de los senadores, sino que se fuera logrando en seguida algo que es más eficaz que

cualquier reglamento, quiero decir, un conjunto de usos parlamentarios inspirados por el respeto a la

libertad de expresión y la mayor flexibilidad en la dirección de los debates.

III.— Un clima abierto

El tercer logro fundamental de las primeras semanas o meses fue la creación de un clima de convivencia y

de respeto a las diferentes posiciones ideológicas, que logramos armonizar con un compañerismo y un

ambiente de distensión absolutamente necesarios en los primeros pasos de un sistema político que

perseguía como objetivo primordial consolidar la reconciliación nacional bajo la Monarquía de todos y

para todos representada por Don Juan Carlos. Creo que entre los senadores de la legislatura constituyente

seria casi unánime una respuesta positiva, si se les preguntara si conservaban buen recuerdo, e incluso

añoranza, de aquel primer Senado de los años 77 y 78.

Un día, siendo yo ministro de Administración Territorial, visité Bilbao para un acto de cierta importancia

de transferencias de competencias al entonces Consejo General Vasco, presidido ya en aquel momento

por el actual lendakari, Garaicoechea. Este me ofreció un almuerzo al que concurrieron miembros del

Consejo General Vasco, parlamentarios y otras personalidades. Había entre ellos varios senadores de la

legislatura anterior, cuando yo era presidente. Sin que se lo propusiera nadie, la conversación recayó en

seguida sobre el Senado del 77; había antiguos senadores del PNV, de UCD, del PSOE, de EE y algún

independiente. El presidente Garaicoechea comentó su asombro, porque siempre que se juntaba un grupo

de senadores del 77, aquello se parecía más a un reencuentro de viejos compañeros de escuela o juventud

que a una reunión de políticos de partidos distintos.

IV.— La obra de aquel Senado

El Senado constituyente realizó tres clases de trabajos importantes y políticamente constructivos, además

de otros ceremoniales y de no menor repercusión, como fueron la visita de jefes de Estado tan

distinguidos como los presidentes de Francia, Finlandia y Senegal, entre otros, y las sesiones de trabajo y

de debate con jefes de Gobierno o presidentes de Cámaras tan destacados como Andreotti, Mario Soares,

Edgar Faure, etc.

Las tres tareas más notables del Senado constituyente fueron los debates constitucionales, que nos

tuvieron trabajando en Comisión y Pleno el verano de 1978; las Comisiones de Encuesta, que en algún

caso plantearon graves cuestiones que fueron base de reformas, como la penitenciaria, a cuya realización

le queda aún largo trecho por recorrer, y en tercer lugar, pero un lugar nada desdeñable, la tarea

legislativa.

Entonces funcionaban unas Comisiones Mixtas, tras e! trámite de los proyectos de ley por el Senado, que

trataban de armonizar las diferencias entre los dictámenes de las dos Cámaras.

Uno de los errores técnicos en que, a mi entender, se incurrió en la Constitución fue la desaparición de

esas Comisiones Mixtas y paritarias de ambas Cámaras, que tanto contribuyeron a la mejora jurídica y

hasta redaccional de los dictámenes legislativos. Rara vez fue rechazado por una de la Cámaras y

finalmente por el Congreso, al que corresponde la supremacía, algún pasaje de un dictamen de las

Comisiones Mixtas. Pero con dictamen de Comisión Mixta o sin él, la inmensa mayoría de las enmiendas

introducidas por el Senado en la legislatura ordinaria del periodo 77-78 fueron acogidas por el Congreso

de los Diputados. Se demostró cumplidamente que con Senado se legisla mejor, o se legisla menos mal,

que no es poco.

Respecto de la Constitución, las modificaciones introducidas por el Senado, sin alterar el esquema general

del texto recibido del Congreso de los Diputados, fueron de cierto alcance. Yo las resumiría diciendo que

el Senado contribuyó al texto final de la Constitución en los tres sentidos de armonizar, generalizar y

ordenar más satisfactoriamente los contenidos de la Ley de Leyes española.

Repito que con el Senado se legisla mejor. Y cuando en un Estado se produce una repartición territorial

del poder como la que en España representa el sistema de tas autonomías, una Cámara de vocación

territorial es más que conveniente, precisa, para que el Parlamento funcione.

En España, a fines casi del siglo XX, yo me declaro, una vez más, bicameralista incondicional. La

asimetría de las dos Cámaras enriquece el sistema. Y las experiencias del 77, del 79 y del 82 demuestran

que el Senado y el Congreso salidos de unas elecciones generales son suficientemente homogéneos entre

sí como para no dar lugar a conflictos institucionales, ni menos aún a una guerra interparlamentaria.

(*) Catedrático de la Universidad Complutense, presidente del Senado en la legislatura constituyente

ministro de Administración Territorial en 1979. Director del diario «Madrid» hasta su cierre por el

Gobierno en 1971. Perteneció al consejo privado del conde de Barcelona.

Historia de la transición DIARIO l6

 

< Volver