Autor: Espinós, Rafael. 
   El socialismo y la falange  :   
 Manuel Cantarero del Castillo. 
 El Ciervo.     Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 20. 

EL CIERVO - 7

el socialismo y la falange

MANUEL CANTARERO del CASTILLO

ENTREVISTA DE RAFAEL ESPINÓS

Manuel Cantarero del Castillo, abogado, periodista, oficial de máquinas de marina mercante, nació en

Málaga en 1926. Ingresa muy pronto en el Frente de Juventudes donde adquiere una formación falangista

que condicionará su trayectoria política hasta la actualidad. Cantarero desempeñó cargos de mucha

importancia en el S. E. U.; luego presidiría la nonata asociación política "Reforma Social" y la

Agrupación de Antiguos miembros del Frente de Juventudes.

Manuel Cantarero tiene la extraña virtud de no renegar de su pasado político; lo traslada, simplemente.

Acepta formas mejores que están de acuerdo con unos ideales adquiridos hace mucho. Personalmente, y a

través de varios contactos con él, creo que es hombre de cultura muy sólida, temible rapidez dialéctica y

lógica aplastante a la hora de emitir juicios sobre presente y futuro. Yo diría que Manuel Cantarero es

tremendamente posibilista, conjugando con habilidad esta virtud política con un credo de lo que cabría

llamar "falangismo utópico", perfectamente alineado con otros movimientos mal tildados con ese mismo

adjetivo. Hace años que Cantarero del Castillo aboga por una línea reformista que pueda conducir al país

hacia un socialismo democrático. A través de sus mismas respuestas veremos los pasos que, a su juicio,

son necesarios.

- En la doctrina política que está divulgando ¿qué parte corresponde o queda de falangismo? ¿No es más

bien una explicación aproximada de socialismo democrático, ampliamente reformista...?

- Tal vez sí. Por otra parte, lo más positivo que había en la formulación falangista era de raíz socialista.

Mis motivaciones éticas no han cambiado. Yo sigo queriendo las mismas cosas que aprendí a querer,

desde muy niño, en las filas de las organizaciones juveniles falangistas. Siempre he pensado que la

sociedad debía ser social, que no podía basarse en el lucro y la explotación del hombre por el hombre,

sino en la cooperación. También creí siempre que no había que tolerar tratamientos discriminatorios en la

educación, según la clase social, y sostuve que el crédito es una función pública esencial que no debe

permanecer bajo control privado; que el sindicalismo es o debe ser una vía de emancipación de la clase

obrera, más allá de la mera, aunque importantísima, función reivindicatoria laboral; que la propiedad

social, como la cooperativa y la municipal, podían ser formas de socialización de la propiedad superiores

a la propiedad estatal o nacional, sin perjuicio de que hubiese actividades que pudiesen requerir tal forma

de propiedad colectiva y de que todo ello fuese compatible con la propiedad individual, en determinados

niveles. Me refiero, claro, a la propiedad de los medios de producción, no a la de los bienes patrimoniales

de uso y de consumo, que esa nadie la discute. Eso ha sido el falangismo para mí y para todos los

hombres de mi generación. Eso y no pensar en el pasado, en la guerra civil, en los buenos y en los malos.

- No se ha afectado lo esencial, entonces.

- No tengo por qué arrepentirme de mi pasado falangista, sino todo lo contrario. Lo que pasa es que luego,

después de estudiar, descubrí que todo eso es el socialismo; el socialismo democrático de Jean Jaurés,

Blanc, Bernstein, Kautsky... y que no lo es, en cambio, ni el fascismo, que no tenía doctrina económica

alguna, ni el nacionalsocialismo, que era racista, aunque en la Falange hubiésemos aprendido modos

externos que son característicos de esos movimientos. Al decir que me siento socialista no trato más que

de poner de manifiesto esa identidad entre lo que aprendimos a querer en las organizaciones juveniles

falangistas y lo que ha sido y es el propósito del socialismo en la Historia... Claro que hay otros que han

entendido y entienden el falangismo de manera incluso absolutamente contraria.

- Falange y Socialismo, el libro que va a aparecer próximamente, se refiere a contactos de todo tipo entre

estas dos ideologías. ¿Qué resulta más interesante?

- Trato de poner de manifiesto el contenido socialista del falangismo, su tendencia natural hacia la

izquierda, a pesar de que el mismo se autodefinía, desde sus orígenes, como un movimiento que no era

«ni de derechas ni de izquierdas» y de que el proceso histórico le puso siempre en una alternativa de

inevitable alianza frustrante con la derecha. En el libro trato de evidenciar, traspasar las afinidades entre

falangismo y socialismo, las raíces sociales de diversas formulaciones socioeconómicas falangistas.

- ¿Está muerta la Falange «de izquierda»?

- La Falange de izquierda no existe, en la medida en que no existe formalmente la Falange. Los

falangistas o el falangismo de izquierda, sí. Existe y en una línea de exaltación idealista que permanece

por encima de todas las decepciones que al falangismo más puro le ha correspondido sufrir. Pero la

Falange de izquierda, si sigue en la tesis de «la revolución», será, en la práctica, más de derechas que

parte incluso de la propia derecha conservadora.

- Eso es lo mismo que condenarla al silencio, pienso yo.

- El problema de hoy no es el de invocar una revolución - entendiéndola como violencia subversiva y

ejercicio dictatorial del poder - que es objetivamente imposible ,sino el de poner en marcha lo que sí es

posible: una progresiva e incesante reforma cotidiana, que puede cubrir en el tiempo los objetivos más

revolucionarios, a base del juego libre de las fuerzas políticas y sociales, dentro de un marco de libertades

democráticas. He dicho reiteradamente que la Falange ha incurrido siempre en una grave contradicción:

ser de extrema izquierda en materia social y económica y, al tiempo, de extrema derecha en materia

política. O lo que es lo mismo: pedir «la luna» revolucionaria a la vez que se contribuía a mantener en el

Poder, autoritariamente ejercido, a la derecha más conservadora. Después de muchos años frustrado en

esa contradicción, empecé a pensar un día, que había que buscar menos una quimérica revolución, y más

una reforma real, constante cotidiana, que incidiera en la realidad.

* La contradicción de Falange: pedir «la luna» revolucionaria y mantener en el poder a la derecha más

conservadora.

- Dejando al margen una actitud estética, claro...

- Hoy, a mi entender, la verdadera posición progresiva, la verdadera actitud de izquierda, no es la

revolucionaria y subversiva, sino la democrática y legalista. Hoy es progresivo en España el que hace que

el proceso de democratización se acelere. Y es de derechas, o reaccionario, pretenda lo que pretenda y

proclame lo que proclame, el que contribuye a la involución de ese proceso democratizador, que, aun

siendo desesperantemente lento, es constante. Evidentemente, a que las libertades democráticas se

retrasen en su restablecimiento cooperan tanto como los contrarrevolucionarios autoritarios, que están en

su papel y tienen las circunstancias a su favor, los revolucionarios de la revolución comunista y los de la

revolución nacionalsindicalista, ya que tanto unos como otros llevan a una gran masa decisiva de

españoles a que, entre el autoritarismo de derechas atemperado y el revolucionarismo que amenaza la paz,

opten, desde luego, por el primero. Los sucesos derivados del asunto de Burgos corroboran lo que digo.

- ¿Una política de pequeños pasos?

- La democracia que ofrezca posibilidades condicionantes a las fuerzas populares frente a las fuerzas

oligárquicas es algo conquistable en la España del futuro próximo. La revolución dictatorial, sea la del

proletariado, sea la «nacionalsindicalista», si se sabe bien lo que ella es - nacionalización de la Banca, de

las tierras sin indemnizar, sindicalización de la propiedad privada de los medios de producción, enseñanza

gratuita, única y obligatoria, etcétera, etcétera -, no. Entre otras cosas lo hace inviable, de inmediato y

según su concepción originaria, la revolución tecnológica, con la que no había contado ni la revolución

«nacional sindicalista» ni la marxista.

* La «demanda democrática» como solución

- ¿Qué caminos considera más viables para reformar - básicamente, como quiere - la legalidad?

- El de una tenaz, paciente e inteligente demanda democrática. Lo que yo llamo «la protesta pasiva» o el

«testimonio moral». No ha de ser «contra» el orden, sino justamente para «verificar y afianzar» el orden

para lo que hay que pedir constantemente el pleno restablecimiento de las libertades democráticas,

«dentro» del orden. Por otra parte, no hay que pedir peras al olmo. Hay que aceptar que la actual situación

tiene más de treinta años a sus espaldas que producen una poderosísima inercia y que hay amplios

sectores políticos que son todavía absolutamente contrarios a todo tipo de aperturismo. Pero un futuro

verdaderamente democrático y posible hay que hacerlo contando incluso con esos sectores políticos, hoy

inmovilistas. Por esto hay que conseguir que tanto ellos como los gobernantes actuales - en gran parte

pertenecientes a los mismos - pierdan el miedo a la libertad.

- ¿Debe ser «nacional» el socialismo que propugna?

- Bueno, hablar de nacionalismo no tiene sentido hoy. La antinomia nacionalismo-internacionalismo ha

sido superada en el concepto actual de supranacionalismo, que es lo internacional conteniendo lo nacional

en plenitud. Pero hoy no hay que hacer al socialismo la advertencia de lo nacional porque ya los propios

trabajadores, el trabajo, antaño internacionalista, se ha hecho nacionalista frente al capital, antaño

rabiosamente nacionalista, y hoy cada vez más internacionalista. Tal vez lo admisible sería exigir al

capitalismo que sea nacional, al menos en sus designios. El socialismo no tiene que ser hoy en España ni

nacional, ni, por supuesto internacional. Lo qué tiene que ser, en función de las circunstancias

socioeconómicas y del propio imperativo moral, es democrático. Creo que los falangistas inteligentes, sin

abjurar de su pasado sincero, deben reconducirse sinceramente en una dirección socialista democrática.

No se trata, claro, de que los falangistas inventen el socialismo ahora, sino de que entiendan que es en el

área del mismo donde mayor afinidad objetiva pueden encontrar para su vocación social de siempre.

Naturalmente, ese socialismo democrático puede ser, y es, y lo ha sido siempre, en todas partes,

fuertemente sindicalista. Razón de más para que el falangismo más auténtico trate de encontrar por ahí su

sintonización con el tiempo.

RAFAEL ESPINÓS

 

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