Autor: TÁCITO. 
   La experiencia del año transcurrido     
 
 Ya.    14/01/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 10. 

LA EXPERIENCIA DEL AÑO TRANSCURRIDO

Entre las muchas ventajas que tenía la reforma sobre cualquier otra solución

política no ha sido una de las menores el ofrecer un período de adecuación, da

acostumbramiento de la sociedad española a una situación completamente

diferente, a unos modos de actuar que en nada se parecen a los de la época

precedente.

La acomodación conseguida era necesaria tanto para los detentadores del poder

como para los restantes sectores políticos del país. Los primeros tenían que

aprender a convivir con otras fuerzas u opiniones, debían aprender a negociar,

a respetar, a saber que su sola opinión no era la única defendible y existente.

Los otros también necesitaban comprender que el puro hecho de oponerse no

legitima por sí, que, de algún modo, el poder también responde a determinada

opinión existente y que el respeto de las leyes es importante e imperativo

aunque se propugne el cambio o modificación de esas mismas leyes. La democracia,

en suma, es antes que nada, un modo de entender las relaciones sociales, un

determinado condicionamiento mutuo, un clima social que acepta el diálogo,

respeta al contrincante y tolera la discrepancia.

Lo difícil era hacer comprender a los unos que los otros tenían una parte

válida de la razón, y a éstos, que su razón, aunque marginada o perseguida en

ocasionas, no era suficiente para alzarse en exclusiva con el poder. Todos, sin

duda, se habían equivocado en parte y todos, también, podían aducir unas

parcelas de razón que merecen respeto y tolerancia.

Mientras el punto de referencia político exclusivo fue un sistema político, las

opiniones se polarizaron en su favor o en su contra, olvidando otros matices

importantes o incluso decisivos. Era, tal vez, inevitable que ello ocurriera

así, pero era poco claro y definitorio; la dicotomía régimen-oposición tenía que

ser superada. El diálogo político debía volver a sus coordenadas naturales, los

que diferencian opiniones o intereses de título general y no en función de quién

los encarna o de cómo los protege.

Sin la reforma hubiéramos incurrido en el riesgo de que los continuistas en

función de unos intereses sociales legítimos, hubieran pretendido o

conseguido perpetuar un sistema fundamentalmente ilegítimo, o en el riesgo

contrario de que los oponentes al sistema hubieran tratado de imponer otro más

justo o adecuado, pero que desconocía aquellos intereses legítimos al confundir

sistema con beneficiarios, incluso involuntarios. La confusión ha podido ser

grave y las consecuencias de futuro más graves aún. Escindir a una sociedad en

dos bandos irreconciliables es siempre tema peligroso que suele conducir a

algún tipo de autoritarismo dictatorial.

El año transcurrido es, por ello, beneficioso, aunque produzca ciertos

inconvenientes coyunturales en el terreno económico. La libertad creciente de

que ha disfrutado esta sociedad, la ocasión de manifestarse de que todos hemos

dispuesto y el clima social que ha prevalecido, demuestran que la aspiración de

cambio y reforma eran profundas, pero que el deseo de estabilidad y de

transición ordenada no eran menos importantes ni de menor entidad. El país

quiere cambiar, pero no desea incurrir en mayores riesgos que los

imprescindibles.

El referéndum del 15 de diciembre es la manifestación más evidente de cuáles

son los sentimientos profundos de esta sociedad. Los españoles desean un

sistema democrático sincero, pero no renuncian a la seguridad conseguida ni

desean una ruptura violenta que los deje a la intemperie.

Es ambiguo, por ello, continuar hablando de oposición democrática o de

desmantelamiento del régimen. El Estado, por voluntad de los españoles, es ya

otro; ahora se trata de organizar el nuevo sobre unas bases que respondan

honestamente a los deseos tan claramente puestos de manifiesto.

Los políticos tienen en estos momentos la responsabilidad y el deber de decir

con claridad cuáles son sus esquemas de gobierno, cuál es su oferta

constitucional, qué pensamiento concreto pueden ofrecer frente a los problemas

reales que hoy condicionan nuestras vidas. Pero como no se trata de organizar un

torneo dialéctico para descubrir quién es más inteligente o agudo, sino de

ofrecer al pueblo ideas aplicables de orden general, había que archivar las

viejas agrupaciones producidas por la dialéctica régimen-oposición para

sustituirlas por otras más eficaces y transparentes: marxismo, lucha de clases,

dictadura del proletariado, frente a socialdemocracia o socialismo democrático

de inspiración cristiana, por ejemplo, o autoritarismo conservador frente a

liberalismo social, o progresismo doctrinario frente a populismo independiente,

etc. Lo importante ahora es ofrecer alternativas electorales globales que

permitan la constitución de unas Cortes constituyentes en las que la opinión

nacional pueda ponerse claramente de manifiesto con autoridad. No interesa,

sinceramente, reunir un grupo de notables; lo que el país necesita es realizar

una serie de opciones básicas con claro conocimiento de cuanto todo ello

implica. Hora es ya de exigir un determinado altruismo a tanto personaje

político, de agrupar en vez de parchear.

Entre las fuerzas de inspiración marxista, autoritarias por definición, y las

conservadoras tradicionales, también autoritarias por costumbre, existen grandes

sectores auténticamente democráticos que históricamente han conocido de la

coyuntura adecuada y que hoy, tal vez, representan la mejor alternativa de

transformación; dividirlos con criterios personalistas sería indudablemente un

mal servicio; tratar de agruparlos es la gran tarea del momento, lo que de

un modo más cierto puede garantizar un tránsito estabilizado. Nosotros siempre

lo hemos propugnado y en este momento creemos es el objetivo prioritario. Frente

a las siglas personalistas o a las homologaciones precipitadas, ésta es la hora

de las ideas, de los hombres nuevos, de los nuevos tiempos.

 

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