Autor: Pilares, Manuel. 
   Intento de recuperación de Sherwood Anderson     
 
 Arriba.    09/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Ante el centenario de un escritor olvidado

Intento de recuperación de Sherwood Anderson

TEMO que estas líneas sean las únicas que aparezcan en nuestro país para rescatar del olvido a Sherwood

Anderson, ese «self-made-writer», ese escritor que se hizo a sí mismo —tal como a él gustaba definirse—

, ese gran narrador nacido el 13 de septiembre de 1876, en Camden, Ohio, y que murió el 8 de marzo de

1941 en Panamá, cuando se dirigía a Sudamérica en viaje de conferenciante. Hijo de humildísimos

jornaleros, se ganó la vida, como jornalero también, en campos, cuadras y talleres, vagabundeando por

Ohio y Estados colindantes, hasta que llegó a regentar una pequeña fábrica de pinturas y emplearse más

tarde en un despacho de ventas de géneros al por mayor que abandonó para dedicarse a cumplir con su

vocación literaria. Fue una decisión igual a la tomada por el pintor Gauguin. Renunció/ a cuanto había

sido su manera de vivir hasta entonces, cuando ya estaba situado con cierta comodidad económica, y todo

le invitaba a prosperar aún más. Y lo hizo intencionadamente, a lo loco», mientras/dictaba una carta.

«Tengo ios pies mojados de tanto caminar por un largo rio —dijo—. ´Me voy a pasear...» La secretaria,

quizá, pensó: «Es una salida más as Anderson». Y se le quedó mirando por encima del papel a medio

terminar.

Sherwood Anderson jamás volvió. Todo cuanto se supo de. él quedó contado en sus libros, que fueron

como continuaciones de otras cartas, de otros mensajes dirigidos a su gente y a sus gentes en un intento

de explicar su vida y sus vidas, sin temor a que ninguno de sus personajes resultaran, a veces, grotescos,

porque «lo que hace grotescas a las personas son las verdades».

Cuando Sherwood Anderson publicó su primer libro, «El hijo de Windy McPher-son», tenía cuarenta

años. Le siguieron «Marchin Men» y ««Mid-American Chants». Pero fue en 1918, cuando la publicación

de «Winesburg, Ohio», le hizo famoso. Los cuentos, las historias de esa pequeña ciudad rodeada de

granjas y viñedos componían un mundo poblado de tipos llenos de vida y cautivador encanto, incluso en

sus fracasos y en sus desilusiones. Después de este libro publicó «Pobre blanco», «El triunfo del huevo»,

«Hombres y caba-llos», «La historia de un narrador de historias», «Alquitrán»... Y tuvo un «best-seller»

que le hizo rico: «La risa negra», que aquí fue publicado por Editorial Cénit en 1930, traducida por

Centeno Rilova. Cuenta Anderson en sus memorias, cómo fue lanzado el libro y cómo el éxito pueda ser

nefasto para un escritor. Son unas memorias aleccionadoras para cualquier escritor joven y ejemplares

para cualquier veterano. La vida literaria del llamado «grupo de Chicago», después de la primera gran

guerra; el afán de hacerse millonario de fos ambiciosos de la ciudad y del campo; la transformación de la

sociedad agrícola en industrial, forman la trama donde se debaten los hombres en su lucha por

esa ilusión que es «triunfar», de la que se burla con tanta piedad como comprensión. Porque la

característica principal de Shar-wood Anderson era la genrosidad y el desprendimiento. El fue quien

presentó y apoyó a Hemingway y a Faulkner a sus editores. No se vanaglorió de ello. «Tenían talento y se

habrían dado a conocer igualmente sin mi ayuda», escribió después. Cuando Hemingway va por vez

primera a París lleva una presentación de Anderson para Gertrudis Stein. Esta «miss» sentía gran

admiración literaria americana, y que ningún esdotado de especial talento para emplear las frases de modo

que produjeran una emoción directa, dentro de la mejor tradi-ción literaria americana, y que ningún

escritor norteamericano, salvo Sherwood, era capaz de escribir una frase dará y apasionada al mismo

tiempo.» Pero Hemingway se portó marranamente con él. Reconocía que sus cuentos eran buenos, «muy

buenos». No opinaba lo mismo de sus novelas. Trató de justificarse: ´´Sherwood había escrito una novela,

«Dart Langhter», tan atrozmente mala, tonta y afectada que no pude contenerme y la parodié en

«Torrentes de primavera»..." Por desgracia para Hemingway la parodia resultó un bodrio indigno del más

torpe escritor. Gertrudis Stein se enfadó ante la sucia faena de Hemingway... ¡Ay! ¡La fiesta de París teñía

pequeneces así! Y Sherwood Anderson estaba muy por encima de esas pequeneces literarias. Amaba la

vida que se desarrollaba entre la gente trabajadora y a esa vida volvió. París fue para él una visita de

cumplido, una ciudad de paso como Nueva York. No le gustaban las grandes ciudades. Y si hacía una

excepción con Chicago era como tributo a los cantos de su amigo Carl Sandburg que la supo describir en

todas su dimensiones. Desdeñaba a Hollywood, «trampa dorada para escritores» en la que cayó su íntimo

amigo y compañero Ben Hecht. Y supo regresar a los filones que abrían los campesinos, los cuidadores

de caballos, los obreros, los hombres sencillos que estaban y están haciendo Estados Unidos.

Murió cuando ardía a toda sangre la gran tragedia de la segunda guerra mundial. Esta terrible

circunstancia hizo que su desaparición quedara apagada entre la de tantísimas vidas. Pero algún día se le

hará justicia. Y su obra será conocida como la de uno de los más grandes narradores de su país.

Aquí, en España, su presentación la hizo Benjamín Jarnés, en el número LX de la «Revista dé

Occidente», en junio dé 1928, de quien publicó un breve relato. La Editorial Cervantes, en su colección

«Los príncipes de la Literatura», publicó «Pobre Blanco», en 1929, traducido por Julio Calvo Alfaro, con

un prólogo de Ángel Flores. Y después de «La risa negra», editada por Cénit, se publicó en 1940,

«Winesburgo, Ohio», traducido por A. Ros y actualmente reeditado en Alianza Editorial. En julio de

1948, el editor Janes, dio a conocer «TAR», traducido por ´Mario G. Alcántara. Sus libros de memorias

circulan en ediciones argentinas, de muy escasa difusión. No conozco otras traducciones. Pero todavía

pueden encontrarse ejemplares de « Winesburgo, Ohio», libro incluido en una prestigiosa colección de

clásicos norteamericanos y que figura en los catálogos de las principales editoras de todos los países

cultos, como una espléndida muestra de la obra de un escritor que supo hacerse a sí mismo a base de

llevar los ojos y los oídos bien abiertos..., y el cerebro y el corazón, también.

Par Manuel PILARES

 

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