Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La bomba     
 
 Informaciones.    19/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

LETRAS DEL CAMBIO

LA BOMBA

Por Jaime CAMPMANY

AYER, no más escribía yo en esta misma columna un paradójico «sin novedad", preñado de grandes,

regulares y pequeñas novedades. Para no convertirse uno en notario de catástrofes, de amenazas, de

desgracias, de convulsiones, debe echar mano de la ironía. El catálogo de ¡as novedades de ayer era largo

y preocupante. Y, sin embargo, a la hora de escribir, desconocía la nove dad más importante: un artefacto

de relojería fue descubierto a pocos metros del lugar donde debían desembarcar el Rey y el presidente del

Gobierno. A estas horas, España podría estar llorando un doble magnicidio. Y podría también estar

metida en no sabemos qué aventura política, en no sabemos qué nueva y feroz selva de nuestra historia.

No se trata de temblar de miedo. No se trata tampoco de contar un relato de terror para atemorizar a los

pusilánimes. Mucho menos se trata de que la democracia, recién conquistada, se retrotraiga a un Estado

autoritario y policial. Pero sí se trata de tomar conciencia de la situación.

Está claro que en el país operan fuerzas terroristas cuyos fines van más allá de la destrucción de un

régimen o de un sistema, se llame dictadura o se llame democracia. Los fines son, claramente, acabar con

la paz, con la civilización, con la convivencia —ya bastante difícil en estas horas augúrales— de ios

españoles. El Estado debe tomar en serio la defensa, no ya propia y legítima de sí mismo, sino de la

sociedada toda. Las armas terroristas amenazan a todos, del Rey abajo, a todos. No estamos ante

antentados ni ante crímenes políticos. Nos enfrentamos a enemigos de la Humanidad. Andan entre

nosotros gentes que quieren imponernos un código en cuyos artículos sólo existe la palabra «muerte».

Las frases del presidente del Gobierno, apenas conocer las primeras noticias del atentado, han sido

serenas, compasivas, casi minimizadoras. Claro es que se trata de gentes marginadas. Pero la sociedad

exige que esa automarginación se convierta en seguro aislamiento, en firme separación de los lugares

donde todos debemos circular con una libertad no amenazada constantemente de muerte. ¿Habrá quien se

atreva a pedir libertad y perdón para tales delincuentes? ¿Habrá algún senador del Reino que les ofrezca

su suplicante incomodidad? ¿Habrá grupos o partidos poli ticos que tomen para sí la defensa de esas

actitudes? ¿Quedará alguien que intente disfrazar de lucha política esa guerrilla del terror? Ha llegado el

momento en que para esas gentes no se puede pedir otra cosa que la más exquisita, pero la más firme

justicia.

 

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