La ventanilla de nunca acabar     
 
 Diario 16.    03/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

La ventanilla de nunca acabar

Si se confirman los buenos augurios y nos libramos de un nuevo estallido de violencia que ponga todo

otra vez patas arriba, el próximo Consejo de Ministros puede decidir la supresión de la tristemente famosa

ventanilla azul. Esta aduana política ponía en manos del Gobierno el poder abusivo de determinar qué

partidos políticos eran susceptibles de legalización adelantándose a la decisión de los tribunales que

aunque restablecieran la justicia no remediarían el daño. La ventanilla ha sido el mejor símbolo del

franquismo maquillado del tándem Arias-Fraga y suponía la supervivencia del montaraz autoritarismo de

la dictadura.

El objetivo de este mecanismo de exclusión inventado por el seudorreformismo del primer Gobierno de la

Monarquía era evidentemente cerrar el paso al comunismo. Era difícil encontrar argumentos legales para

ello, pues el propio precepto del Código Penal reformado con esa intención aún no tiene jurisprudencia y

es susceptible de diversas interpretaciones. Acusar de totalitarios a los comunistas en un país donde

campan a sus anchas los Girones, Pinares y Fernández de la Mora, supone, por lo menos, un generoso

derroche de cinismo, a no ser que se especifique que el totalitarismo azul tiene bula. Y lo mismo puede

decirse de la acusación de sometimiento a una disciplina internacional cuando estamos viendo que la

Internacional Fascista no va en broma y, a otro nivel, cuando se celebran en nuestro país reuniones

internacionales de otras tendencias políticas. Era preciso recurrir a la arbitrariedad y arbitrariedad y nada

más que arbitrariedad es lo hay detrás de la ventanilla ideada por Fraga.

La legalización de todos los partidos políticos es la primera de las condiciones para un efectivo

establecimiento de la democracia y el primer paso a dar para que las elecciones adquieran la credibilidad

necesaria. Unas elecciones con partidos fuera de la ley serían una farsa que no solucionaría nada. Es

preciso que todos los partidos puedan actuar en un régimen de libertad y no de mera tolerancia y sin más

requisitos que la inscripción, a efectos puramente declarativos, en un registro que, para la vida política, no

sea más que lo que representa el Registro Mercantil para la vida comercial.

Si el Gobierno suprime la ventanilla, todos los partidos deben inmediatamente, sin escrúpulos

extemporáneos, depositar en el registro sus estatutos para adquirir así una inmediata y plena legalidad.

Entonces sí que habremos dejado atrás a la dictadura. Todo el panorama político cambiará, pues la

sombra de ilegalidad que ahora planea sobre las actuaciones de los partidos, especialmente de algunos, y

de sus líderes, quedará definitivamente despejada.

El aplazamiento del Consejo de Ministros en el que había de suprimirse la ventanilla es decepcionante,

dado el carácter prioritario del tema. Esperamos que no se esconda detrás de ese aplazamiento ninguna

maniobra dilatoria de quienes decididamente no desean una democracia para España.

 

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