Autor: P. R.. 
   La ventanilla     
 
 Arriba.    10/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

LA VENTANILLA

Ha llegado un piquete de albañiles esta noche, y se ha llevado a mi vieja amiga La Ventanilla.

Así raptaron a las sabinas. Hace más de tres años, en medio de una lucha política feroz, se me

ocurrió preguntar desde "La Colmena", per la prima volta, que en qué ministerio se iba a

colocar la ventanilla del asociacionismo. Nunca hubiera dicho tal. Yo, modestia aparte, coloqué

La Ventanilla en las hemerotecas, pero es que el Gobierno la colocó en Gobernación. Me

acaban de llamar del "Post", los chicos éstos, el Woodward y el Bernstein, que si quiero escribir

"Los días finales de la ventanilla". En aquellos tiempos, La Ventanilla era como el sagrario de la

Administración: la luz pasaba a su través sin romperla ni mancharla y algunos subdirectores

generales caían, extasiados, de rodillas, como el Obispo Clemente en el Palmar.

En realidad, con La Ventanilla ocurría lo que con la Monja Alférez: que no existía, pero daba

guerra. Era un mostrador de railite con dos muchachas simpatiquísimas, que cogían los puntos

a la destrozada media de la Reforma. Lo malo es que todo el país se iba convirtiendo, poco a

poco, en una ventanilla. Areilza me decía que La Ventanilla iba a ser como un gálibo de los

trenes, que a ver si iba a tener que pasar uno de rodillas. Los rojos, los tíos, decían que si se

podía poner un letrero en plan «Horca Caudina, de 5 a 7». La verdad es que parecía una

gatera y había que doblar la testuz, que por eso ha salido esta promoción de políticos tan

bajitos. Muchas mañanas, llegaba la Democracia a La Ventanilla. Venia por toda la orilla con la

falda arremanga, y, entonces, le decían: que le falta a usted una póliza. Y hala, tres meses

más. Otras veces, dicen las lenguas vespertinas, salía un señor y gritaba: «La Ventanilla o el

caos» Y los que estaban en la cola, repetían enardecidos: «¡El caos, el caos!» La verdad es

que la cola no era la del Cristo de Medinaceli, para qué nos vamos a engañar, ¿no? Si acaso,

estaba Blas Piñar, que eso si: llegaba siempre con su par de pólizas muy bien puestas. Se

inclinaba, miraba por el cristal, y arengaba cual Godofredo el Bullón a las masas: «¡El enemigo

está dentro!", y asi, ya digo. La Ventanilla tenia días bajo mínimos, como Barajas, que no se

vendía una escoba. Yo propuse que le pusieran dos letreros: «No pasarán» y «Donde hay una

ventanilla, habrá mañana un bunker», pero dijo Carro que de eso, nada.

La Ventanilla, pues, era, ya te digo, un producto genuinamente español, como las alcaldesas

de Zamarramala, la sobrasada mallorquina o las arrecogias. Por las noches dicen que la

Administración dejaba La Ventanilla semiabierta, como las antiguas casas de citas de Granada,

con unas migas de pan, por si picaban las palomas de la partitocracia. Hasta que han llegado

los albañiles de La Moncloa, han quitado La Ventanilla, y, entonces, se ha visto el Valle de la

Libertad. Van a tener más trabajo, hasta que consigan dejar un país sin ventanillas, sin «frailes,

moscas ni carabineros», que decía Baroja. Hasta que quiten las ventanillas del Divorcio, de las

relaciones con Israel, de las listas de Hacienda, de los señoritos que cada día son más

señoritos, del Artículo Segundo, del Mercado Común y la Cultura para Obreritos. Que menudas

colas.

Ha caído La Ventanilla, snif, snif, como cayó el Puente sobre el Río Kwai. En un país que tiene

la «Calle de Válgame Dios», habría que dedicar la «Calle de la Ventanilla». Aunque, mirándolo

bien, no seria una calle. Sería un callejón sin salida.

P. R.

 

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