Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   El alto tribunal     
 
 El Alcázar.    31/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 32. 

EL ALTO TRIBUNAL

EL Gobierno y el Tribunal Supremo parecen haber colisionado. No existían precedentes. Lo cual ni

siquiera permite establecer un pronóstico de resultados. El hecho, en sí mismo, es grave. Y sin entrar en el

fondo de la cuestión, porque su propia delicadeza haría ociosa cualquier teoría, se me ocurre pensar que

nada de esto es bueno. Sobre todo para el Gobierno. El Gabinete Suárez ha sufrido muchas colisiones. La

primera —y acaso la originaria de las restantes— fue contra su propia razón de existencia: la

institucionalidad, de acuerdo con las previsiones del Estado del que procedía. Tal y como ha recordado

Girón, el Gobierno no quiso ser un Gobierno constitucional y se lanzó por la vía constituyente que le

puso, sin más, en el disparadero de una provisionalidad que ya no admite ningún género de dudas.

Este roce de ahora, en cuyas motivaciones, insisto, no entro, es más sensible por cuanto los regímenes y

los gobiernos pasan, pero la justicia, los tribunales, el Tribunal Supremo, en fin, permanecen. Le oí contar

en una ocasión a Manuel Blanco Tobío que los padres americanos sentían cierta predilección por llevar a

sus hijos ante la fachada del Tribunal Supremo para señalarles aquel frontispicio como la garantía más

absoluta de que su libertad, la libertad individual y colectiva, no seria violada por emergencias

accidentales. Eso tiene que ser así lo mismo en los Estados Unidos de América que en Tanzania. Tiene

que ser así si la sociedad quiere vivir en la garantía del Estado de Derecho, porque no hay Estado de

Derecho posible, sea cual fuere su contexto ideológico o administrativo, que no eche raíces y se afiance,

como los robles, en la independencia del Poder Judicial.

Si un Gabinete —y al margen posiciones doctrinarias o políticas— tiene que sujetarse en un momento

determinado al dictamen del Alto Tribunal, que se sujete. Y que se sujete con la garantía del barco que

echa amarras. Sin enfados, sin malos humores, sin que se le note demasiado. El Gobierno es un poco el

espejo en el que se mira el pueblo. De ahí que su obligación sea especialmente sensible por cuanto de

ejemplarizadora ha de ser su conducta. Las normas judiciales, nos gusten o no, se aceptan si es que no

queremos volver a la caverna y deseamos vivir en libertad democrática. Por vez primera, algo que no

había ocurrido durante los últimos cuarenta años, acaba de producirse. No vale con que se diga que la

medida del Tribunal Supremo puede ser "injustificada", porque sería tanto como acusarle de injusto. Y a

eso, señores, no se atrevió nadie. La independencia, rectitud, templanza y objetividad de los jueces, no

puede ser motivo de polémica por una contingencia política más o menos interesada.

Antonio IZQUIERDO

 

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