Autor: Hernández, Antonio. 
   Cuando rugen los premios literarios     
 
 Arriba.    28/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

Por Antonio HERNÁNDEZ

«El mar es una tarde de campanas», "Oveja negra» y la antología contenida en la reciente «Poesía de

Cádiz» publicada por ZYX convierten a Antonio Hernández en uno de los poetas jovenes más

importantes de España. Su autoridad en el tema en cuestión viene aquilatada por la presentación en ei

mercado de su libro: «Los premios literarios, ¿Cosa Nostra?»

Cuando rugen los premios literarios

En contra de lo que algunos puedan cresr, los premios literarios no son invención del siglo XX, como la

penicilina o la bomba atómica, ni de finales del siglo XIX, como el cinematógrafo —«yo nací con ei

cinematógrafo»— sino que ya, en la Grecia clásica, Corinto, Nemea, Olimpia y Delfos fueron testigos de

manifestaciones análogas, en las que, por medio del verso competitivo se conmemoraban las hazañas y

los triunfos de dioses, héroes, soldados y luchadores, aprovechando las denominadas «treguas sagradas».

El «invento» cundió y Roma, como en otras cosas, tomó la antorcha de Grecia para que Nerón o

Domiciano se deleitaran imperialmente, al igual que diecisiete siglos después los Luises XIll y XIV de la

Francia absolutista, por citar sólo algunos casos en los que las egregias familias se conectaban

coyunturalmente con los desarrapados poetas. Pero no siempre los premios literarios han ganado la

atención de reyes o primeros ministros, y podemos decir que, con el tiempo, cada monarca se ha ido

despegando inteligentemente de dichas manifestaciones, las cuales, en vez de seguir ejemplos soberanos,

han crecido hasta el punto de que en estos momentos, y concretamente en Esparta, se puede decir que a lo

largo del año hay más premios que días. Como lo malo abunda, sin tener que acogernos a ningún proceso

de desvirtuación progresiva de los mismos, por otro lado inexistente, hoy resulta que los premios

literarios ya no se sabe qué son; si ana verbena, una lotería o la rifa del gitano, dicho sea con todos mis

respetos hacia e) gitano. Un buen amigo mío dijo una vez que algunos premios —estaba hablando en

concreto sobre los de poesía— eran como una «barra de prostíbulo». Pero a los españoles, por lo que se

ve, les gusta la cosa del tira y afloja, del cachondeo lírico con la copa del soneto en una mano y el codo

del otro brazo sobre el mostrador sagaz del verso libre. Mi amigo sabe, sin duda, catanearse a la musa

fácil —al igual que a la más difícil, a la distinguida y bellísima— de esa poesía mercenaria que, tras su

barra de juegos florales o paralelo de parecida catadura, además de entregarse, suelta «la pasta». Ahora

han sido 100.000 pesetas y lo que te rondaré, morena, que es la publicación en libro de la experiencia

afortunada. MI amigo ha sido siempre un señor, y ya se sabe que, en este país, los señores han jugado

siempre a dos paños: el serio, formal y trascendente de la familia, y el otro. De todo tiene que haber, y

para seguir la línea de tradición y ejemplo, así se dividen también los premios: premios serios y premios

extraños, enigmáticos. Los primeros no suelen abundar —ya se sabe que «mujer» no hay más que una,

como España— y los segundos vienen a lograr el copo como «Lili Marlenes" Imprevistas en mejores

tiempos, aunque de la mediocridad deshilvanada. Son premios de soldados de la literatura por más que, de

cuando en cuando, salga un general y los meta en sus alforjas repletas, como quien mete un bombón en

boca de. niño rico tin día distinto a (a mañana de Reyes, que es cuando los niños pobres comen

bombones. Y es que a nadie le amarga el dulce de los premios, salvo cuando entra la empachera y los

demás llegan con sus purgantes de aceite ricino y agria leche necesaria a decir que ya está bien, que el

pueblo tiene hambre o emigra a Europa con la maleta dé madera y el corazón averiado, igual que un

poema de César Vallejo. Eso as lo que había que hacer con esos premios, purgarlos. Mas purgar a quienes

los convocan y conceden es algo así como quedarse con medio país convaleciente, dada la abundancia de

unos y de otros, de convocadores, de jurados y de escritores de ocasión, de rebaja, de saldo. O sea que,

como en tantas otras cosas, parece que no hay solución posible. Cuatrocientos premios literarios rugen, se

alzan, nos contemplan sarcásticos cada año, para que, luego, se ios repartan tres docenas de expertos o

especialistas de la rima consonante, de la novela horizontal, del cuento con desenlace o el ensayo

periférico. (Para que se repartan metódicamente los cuatro millones da un premio conocido de novela o

las 500 pesetítas acumuladas por los socios de un club juvenil o de una asociación de vecinos del

extrarradio metropolitano.) Yo he publicado ahora un libro sobre los premios literarios, por el que

procurarán buscarme las cosquillas o ios dolores de cabeza más de dos personajes inmersos en la

mecánica de ios concursos. Yo he dicho en el libro cosas tan sesudas como que «ios premios literarios,

que por su condición de elemento cotejador de valores, debieran constituir un ejemplo de democracia, la

niegan». O sea, que la causa que provoca el efecto no logra controlarlo, por lo que debe estar lastrada en

su origen si lo está en su desarrollo o consecuencia. Lo he dicho sin que se me cayera el pelo o el

recuerdo de los juegos florales que, en tiempo de Mili, gané por mis pagos marinos y gaditanos. Y es que,

como dijo Félix Grande, là pobreza nos hace a veces concursar. Pero, ¿qué es lo que se gana? Dinero y

publicidad, en todo caso. Prestigio, por supuesto, que no. Los ganadores de los premios son como los

«sprinters» del ciclismo que nunca ganan el Giro, el Tour o fa Vuelta, por nías etapas que se apunten, o

como esos tenistas clasificados entre ios diez primeros del Gran Prix que nunca vencen en Rolland Garras

o Forest Hill.

Afortunadamente, los mejores escritores no corren —o sólo muy de cuando en cuando—, porque las

urgencias y las precipitación? s son malas consejeras, son malas amigas, son como las señoritas de la

barra que siempre te están diciendo: «¿Qué pasa contigo, tío?»

 

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