Autor: García-Barbón y Castañeda, Juan. 
 Escriben los candidatos por Madrid. 
 Una nueva democracia para una nueva sociedad     
 
 Ya.    02/06/1977.  Página: 38. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Ya-Pag.38

2-VI-77

ESCRIBEN LOS CANDIDATOS POR MADRID

UNA NUEVA DEMOCRACIA PARA UNA NUEVA SOCIEDAD

HAN tenido que cesar en su cantinela quienes hasta hace aún pocas semanas se deleitaban ponderando el

número de partidos políticos que accedían al Registro, sustituvivo de la que fue casi inédita ventanilla. El

Crecimiento de tal número era comentado con abiertas sonrisas. Para los biempensantes defensores de

una España diferente la razón era obvia: caminábamos con paso firme hacia los treinta y cinco millones

de partidos, uno para cada español, lo que, en definitiva, venía a demostrar una vez más que no habíamos

nacido para la democracia.

Apenas abierta la campaña electoral, la opinión tiende a coincidir en que sólo siete opciones comparecen

con dimensión nacional en búsqueda del voto. Sólo siete de entre los doscientos, trescientos o quinientos

partidos o coaliciones que 1os nostálgicos del partido único llegaron a contabilizar con sus ábacos de la

más alta precisión. Lo que esos nostálgicos nunca dijeron es que la multiplicidad de organizaciones

políticas existe también en los países cuyo sistema parlamentario es "de facto" bipartidista. Un

desocupado norteamericano llegó a enunciar, con nombres y direcciones de sedes centrales; hasta tres mil

partidos políticos o grupos similares existentes hace unos cuatro años en los mismísimos Estados Unidos,

de costa a costa. Gilbert K. Chesterton, más modestamente, detalló hasta cierto punto las ideologías y los

programas de ciento setenta y tres partidos políticos ingleses actuantes entre 1926 y 1930, y hubo de

prescindir de los que, al margen de aquéllos, nacían, vivían y pululaban en Escocia, Gales e Irlanda del

Norte, por entender que la tarea excedería de la capacidad de un simple ser humano. Por supuesto; la

mayor parte de esos partidos era desconocida para el público en general e incluso para los electores que

periódica y cívicamente depositaban su voto en Norteamérica o en el Reino Unido en favor de demócratas

o republicanos o de "tories", liberales o laboristas.

Lo que ocurre es que ni en Inglaterra ni en los Estados Unidos ha habido nunca una ventanilla, registro o

artilugio similar que, por imperio administrativo, confiera publicidad y rango de partido político a lo que

en rigor no pasa casi nunca de ser un grupo entrañable de amigos coincidentes en la emoción o en la

ambición.

Pero aun desde ese planteamiento realista, la existencia de sólo siete opciones políticas serias significa,

con todo, que el pueblo español ha dado, una vez más, prueba de tener mucho mejor sentido que el que le

atribuyen los autoproclamados únicos intérpretes de la esencia inmortal de España.

No puede ocultarse que en algún caso la articulación de esas opciones ha sido resultado de fenómenos

puramente mecánicos, acumulativos, de yuxtaposición de organizaciones que nacieron distintas y que

sólo se han unido de manera externa, manteniendo entre si su innegable falta de coherencia. Por ello, no

todas las grandes alternativas electorales concurrentes han podido elaborar siquiera un programa respecto

de la futura actuación parlamentaria de aquellos de sus candidatos que se transfiguren en diputados. Esta

lamentable incapacidad de formular ante las elecciones un programa electoral no empece, sin embargo,

que los jefes de fila de los grupos aglomerados hayan llegado al acuerdo de manifestar solemnemente a la

opinión que están embargados de los mejores y más altruistas propósitos para el caso de acceder al

Parlamento. Pero una declaración de buenas intenciones nunca puede confundirse con un programa

político.

En contraposición, ha bastado un plazo de apenas seis semanas desde que Federación Popular

Democrática e Izquierda Democrática convinieron federarse para que la resultante Federación de la

Democracia Cristiana haya podido elaborar y publicar su programa electoral. Este dato sería ya de por sí

sólo suficiente para calificar de óptimo el grado de identificación ideológica a que habían llegado aquellas

organizaciones políticas. Pero el dato es aún más significativo si se tiene en cuenta que el programa

electoral de la Federación no es la mera suma de los programas o manifiestos de ambos grupos federados,

sino una construcción original levantada desde principios de filosofía política compartidos ya desde

antaño y cuyos corolarios han sido ahora enriquecidos desde los distintos puntos de vista concurrentes en

la nueva entidad federativa.

Ese programa electoral supone en conjunto un desmentido a la acusación que en algunos ambientes

extranjeros se ha hecho a la Democracia Cristiana: la acusación de no poseer un modelo de sociedad, de

carecer de perspectivas que vayan más allá de lo absolutamente inmediato. Esta acusación es

particularmente injusta en los casos de varias democracias cristianas europeas y de casi todas las

latinoamericanas, pero es del todo inaplicable a la Federación de la Democracia Cristiana Española. En su

programa electoral se define un genuino modelo de sociedad, que el constituye todavía un objetivo lejano,

marca una directriz de camino y sitúa en el horizonte una meta hacia donde enderezar la andadura

comunitaria.

Con ello, la Federación se Inscribe vocacionalmente en una tarea de transformación social que, por su

necesaria profundidad, no podrá consumarse durante la vigencia de las Cortes que se elijan en las

inmediatas urnas, aun en el supuesto—contrario a la decisión de las fuerzas democráticas—de que esas

Cortes agoten el mandato cuatrienal que les asigna la ley para la Reforma Política, es decir, en el supuesto

de que las Cortes no se autodisuelvan una vez promulgada la Constitución que de ellas se espera.

Va a resultar pintoresca la comprobación de que mientras los programas cristianodemócratas de más allá

de nuestras fronteras suelen ser tachados d» pragmáticos—y en política pragmático suele significar

alicorto, éste de la Federación de la Democracia Cristiana lo será de doctrinario. Precisamente porque en

él se ha tomado en serio la afirmación hecha por Jacqueg Maritain en los más ominosos años del frustrado

milenio nazi, de que la realización de la democracia exige ineluctablemente implantarla tanto en el orden

social como en el político, y esta exigencia sigue sin haber sido hasta ahora satisfecha.

Pero, junto a la claridad y firmeza doctrinales, el programa contiene un amplio repertorio de tomas de

postura ante cuestiones concretas, tanto a corto como a medio y largo plazos. Aporta orientaciones

específicas para una eventual labor de gobierno durante los próximos meses frente a los gravísimos

problemas que aquejan con urgencia a la sociedad española. En esas materias, el programa no pretenda

ser pragmático, sino aspira a ser práctico, y lo que quizá, sea más importante, practicable dentro de un

marco político pluralista que ha de crearse en los recintos legislativo y gubernamental.

Con su comparecencia ante el pueblo español, la Federación de la Democracia Cristiana pretende, entre

otras cosas, traer un aire nuevo al enrarecido ámbito de nuestra vida oficial y, al mismo tiempo, contribuir

a la renovación de la ideología democristiana en cuanto corriente de alcance universal, insertando en ella

los resultados de la labor de estudio y de gestación doctrinal desarrollada en el interior de España durante

tantos años de espera y de esperanza.

Juan GARCIABARBON Y CASTAÑEDA

(Candidato de la Federación de la Democracia Cristiana al Congreso)

 

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