Autor: Ruiz-Navarro Gimeno, José Luis. 
 Escriben los candidatos por Madrid. 
 El peligro de cierta ambigüedad     
 
 Ya.    11/06/1977.  Página: 33. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

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ESCRIBEN LOS CANDIDATOS POR MADRID

EL PELIGRO DE UNA CIERTA AMBIGÜEDAD

Las encuestas, la prensa y la propia experiencia personal ponen de relieve que el clima político del país a

pocos días de las elecciones es moderado, equidistante de los extremos y poco inclinado en favor de

principios doctrinales rígidos. La consecuencia de esa realidad se refleja en la propaganda de todos los

partidos y en las declaraciones de los hombres políticos que los conducen. Ésta está resultando una

campaña electoral templada, con perfiles poco precisos y deliberadamente tranquilizante para la opinión.

Desde el punto de vista de la tensión pública es bueno que ello sea así. Contribuye a mantener la calma y

posibilita el período que estamos viviendo. Pero una elección no es sólo la ocasión de comportarse

civilizadamente; es, o debe ser, el momento trascendente en el que el pueblo elija a sus representantes

para que apliquen una determinada política, una línea de gobierno y que debería ser bien explicada y

seleccionada por el elector con pleno conocimiento de causa.

Sin embargo, los partidos, en su afán lógico y legítimo de ganar votos, se están produciendo con notable

imprecisión y no poca ambigüedad. Todos parecen querer presentarse como si sus programas, ideologías

e historia hubieran estado siempre situadas en el centro del espectro, en la zona que ahora parece

predominar en el país.

Si esa presentación respondiera a la realidad, nosotros seriamos los más satisfechos, ya que ello

significaría la existencia de un amplísimo consenso de estilo anglosajón que garantizaría la estabilidad

política del futuro. Pero ¿es ello así?

Prescindiendo de matices y de personalismos, la verdad es que en esta sociedad se ponen de manifiesto

tres corrientes principales: la conservadora, la centrista y la marxista Y todos los esfuerzos de

ambigüedad no consiguen menoscabar esa realidad.

Los conservadores, en efecto, haciendo abstracción de declaraciones menores, insisten en tres ideas

fundamentales: oposición o, unas Cortes constituyentes, a cuanto signifique un cambio fundamental que

entierre definitivamente el pasado; defensa de la unidad nacional, con criterios muy restrictivos para las

regiones; e insistencia, en un planteamiento económico que no ofrece grandes esperanzas de solución a

los problemas de estructura ni demasiadas ilusiones a las masas trabajadoras. Como era de esperar, el

sector conservador aspira a prolongar sus privilegios el mayor tiempo posible.

La izquierda marxista, socialista y comunista, se presenta como apaciguadora y alejada de todo frente

popular, pero no renuncia a su credo doctrinario ni deja, de saludar puño en alto. Bien está hacer

declaraciones tranquilizadoras, pero si al mismo tiempo se insiste en una doctrina que preconiza, a más

largo o corto plazo, la dictadura del proletariado, la interpretación materialista de la historia, la

socialización de la vida privada, de la educación, de la familia, y del Estado todo, mas se comprende

cómo se puede compaginar la defensa de una sociedad libre, de un Estado de derecho respetuoso con la

libertad y de la democracia europea cuando al profesión de un credo que sólo ejerce su poder en los países

del Este, con las consecuencias que todos conocemos.

La moderación de esta sociedad dice, a plena voz que aspira a una auténtica libertad democrática a la

occidental, a una mayor justicia distibutiva a una mayor honestidad administrativa, a una mayor igualdad

entre, las clases y a una seguridad social universal que proteja al hombre y a la familia de los muchos

riesgos e infortunios que hoy lo cercan.

El centro es la respuesta más aproximada a ese deseo social, y lo es por ser su propia emanación y por

querer intentar resolver los problemas de modo programático, uno a uno y de acuerdo con sus propios

datos. No existen credos doctrinarios que hayan resuelto todos los problemas. La experiencia de otros

pueblos está elocuentemente a la vista. Existen criterios y hombres experimentados que pueden intentar

aproximarse a las soluciones con ideas y con medidas eficaces.

Durante meses hemos asistido a la polémica ruptura - reforma, asegurándonos los defensores de la

primera que sólo un cambio radical partiendo de cero podía asegurar la democracia. Pues bien: la reforma

produjo resultados evidentes y el país no sufrió las convulsiones de un Portugal empujado alegremente en

los primeros meses de su revolución al borde de un abismo del que ha tenido que ser salvado por una

fuerte reacción centrista.

Prescindiendo del problema regional, más pasional que político, ¿puede alguien honestamente afirmar

que en este país no existe un grado tolerable de libertad? Bien está jugar con las palabras y

recrearse, en los viejos mitos o en los eslóganes válidos hace unos meses; pero ahora de lo que se trata es

de organizar a esta sociedad, de dotarla de un Estado bajo el que todos podamos vivir en libertad y

seguridad, de asegurar un futuro en el que la convivencia esté garantizada. ¿Pueden hacerlo los extremos?

Es falso asegurar que un credo marxista defiende la libertad. Cincuenta años de experiencia extranjera

demuestran lo contrario. Es ingenuo pretender que los sectores más conservadores, centralistas y

dogmáticos, van a satisfacer las ansias populares. Sólo los hombres que hasta ahora hicieron lo que

prometieron, porque salían del pueblo y emanaban de sus clases media y moderada, ofrecen alguna

garantía. Ya está bien de ambigüedades. Todos tienen derecho a proclamar su pensamiento, pero digamos

de verdad lo que significa ser marxista o conservador nacionalista. El instinto popular valdrá más que

todas las palabras ambiguas.

J. L. RUIZ – NAVARRO

Candidato de UCD al Congreso por Madrid

 

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