Autor: Semprún Maura, Carlos. 
 Las largas vacaciones del 36, de Jaime Camino. 
 La guerra perdida     
 
 Diario 16.    30/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Sábado 30-octubre 76/DIAR1O16

"£as largas vacaciones del 36", de Jaime Camino

La guerra perdida

Carlos Semprún Maura

El film le cae corto al tema. El tema le desborda, lo arroba, lo anula casi. El filin parece un boxeador

vestido de niña, las pantorrillas musculosas del argumento aparecen por encima de los calcetines blancos

de la niña. Yo también pasé esas vacaciones del 36, pero fueron muy cortas, porque transcurrían en el

País Vasco, que resistió poco, como todo el mundo sabe y una noche tuvimos, que salir corriendo y al

exilio. Pero no se trata de comparar recuerdos personales con la película de Jaime Camino. Se trata de la

guerra del 36, que tanto sugiere cuando a ella se alude, de la guerra que perdimos, sí señores, guerra que

todo el mundo se empeñó en perder, porque la única posibilidad de ganarla era hacer la revolución,

revolución que nadie quería, ni dentro, ni fuera, salvo núcleos de trabajadores y miíicianos ilusos y

utópicos, según se dice.

De ello no se habla en la película de Jaime Camino, ya que la guerra está vista por los que no quisieron

hacerla, los que se quedaron en sus casas de verano esperando que pasase el vendaval. El vendaval les

cogió de refilón, algún pariente muerto, algún amigo escondido, y el hambre. Y cuando Jaime Camino

habla del hambre, se nota que no sabe lo que es o que fue hace tanto tiempo, que bien puede ser que no

fuera verdad. Lo mismo con los milicianos que hacen breves apariciones.

Son milicianos de opereta, son milicianos como se baila el flamenco en ciertas superproducciones de

Hollywood, o como se retrata el francés con su bigotito y su boinita en esas mismas películas. Son

milicianos con monos recién salidos de Paco Rabanne. Nadie le podrá reprochar a Jaime Camino no haber

vivido aquellos momentos, por su edad, pero bueno, abundan los documentales sobre la época.

Pero no se puede vivir impunemente cuarenta años bajo un régimen como el franquista sin impregnarse

de alguna manera de los tópicos de ese régimen, incluso cuando se está en contra. Tampoco se le puede

reprochar al director lo malos que son los actores españoles por regla general y aquí lo son que parece

parodia. Los niños, que no serán profesionales, ganan en naturalidad a los veteranos Paco Rabal y

Conchita Velasco (cito a los peores). La que casi se salva es Angela Molina, en un papelito de criada. Es

una película rosario con una escena después de otra, pero sin que se integren unas escenas en otras, sin

que se fundan en una unidad de ritmo y tiempo. Algunas de esas escenas, sobre todo aquellas vistas por

los niños, no están del todo mal, breves amoríos infantiles que la muerte interrumpe y bien poco más.

Pero, lo dicho, el cabreo viene de! tema, por todo lo que sugiere en nosotros aquello del 36,

 

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