Las dos Españas     
 
 Arriba.    15/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

LAS DOS ESPAÑAS

La rotunda sentencia oracular o judicial del últinj0Tverso —«ha de helarte el corazón»—, ¿declaraba

poéticamente un radical pesimismo de su autor respecto de los destinos de España? El español que vive y

quiere vivir carente de rencores ancestrales, ¿será, habrá de ser por fuerza un españolito Inexorablemente

condenado a morir con el corazón hecho hielo, el hielo de una España o el de la España contrapuesta?

¿Era en verdad ésta la más honda creencia histórica de Antonio Machado? No lo creo. Entre tantos otros,

ahora mismo recuerdo versos no menos centrales en la poesía civil de quien escribió «Campos de

Castilla»: «Mas otra España nace»; «No está el mañano —ni el ayer— escrito»; «Creo en la libertad y en

la esperanza». No: ese dilema terrible entre dos enfrentados modos de la muerte por congelación no era la

fibra más íntima de la españolía de don Antonio. Era tan sólo, y qué bien lo entendemos muchos de

nosotros, el grito sarcástico de uno de los no escasos momentos en que al español no conformista le

flaquea la esperanza histórica. Porque, como una vez dijo Ortega, las esperanzas de los españoles suelen

ser tan débiles, que necesitamos «abrigarlas».

Segunda cuestión: el contenido, la Índole de esas dos heladoras Españas que como necesaria perspectiva

fetal se ofrecen a ios españolaos de buena voluntad. Machado ias caracterizó así: «una España que muere

y otra España que bosteza». Mucho debió de gustar al poeta la metáfora de esta oposición entre la muerte

y el bostezo, cuando textualmente vuelve a emplearla —o la había empleado ya; todo depende de la fecha

en que el «pro-verbio» de «las dos Españas» fuera compuesto— para saludar la aparición de «Costina»,

de Azorín. Estamos en 1913. Una España nueva quiere surgir; ia que soñaron los hombres de su

generación, tan soberbia y doloridamente cantada por el propio Machado el año subsiguiente; la que

también en 1914 proyectará Ortega en su augural y malogrado discurso «Vieja y nueva política». A los

ojos del vate de «Una España ¡oven», ¿no es precisamente Ortega el paladín de ia mocedad a que se

dirige el apostrofe final de su poema: «Tú, juventud más [oven, si de más alta cumbre — la voluntad te

llega...»? Sí, una nueva España quiere entonces surgir, toda una España empieza entonces. Y esta

prometedora posibilidad, pregunta el Machado cuarentón, ya vencido mas no desengañado.

¿ha de helarse en la España que se muere?: ¿ha de ahogarse en la España que bosteza? Ahora el dilema no

se establece entre dos distintos modos de la congelación sino entre la heladura y el ahogamiento; pero las

dos realidades que a ese diverso y coincidente paradero conducen son las mismas, la España que muere y

la España que bosteza. Muere sin remedio la España que se llama a sí misma tradicional, con sus grandes

virtudes y sus grandes deficiencias de antaño, con sus tercos egoísmos y su altisonante retórica de

hogaño; muere, porque en el mundo del siglo XA ya no puede haber aire para ella. Bosteza, aunque no

parezca hacerlo, el subproducto histórico y social que ha dejado tras de sí esa muriente España! ia

sociedad que —sigamos con el poeta— juega al mus, eructa, vio a Cara-Ancha recibir un día y después

de la cena se reúne en el casino o entre los anaqueles del boticario.

La España que muere y la España que bosteza. Otros dirán: la España progresista y la reaccionaria, la

España católica y fa no católica, la España auténtica y la anti-España, la España de Trento y la de la

Gloriosa, la España autoritaria y la democrática, la España de los ricos y la de los pobres, la España

oficial y la real, la España centralista y la descentralizadora, la España para la cual es un tesoro la ciencia

y la que no da a la ciencia el valor de un pepino... Mil y un modos de entender y nombrar la viejo

contraposición histórica y vital entre dos Españas, entre «las dos Españas».

Mas ya dije que detrás o debajo de las dos cuestiones que en la sentencia machadiana primariamente nos

importan, hay otra real y metódicamente previa a ellas. Porque si es cierto que ni en su historia ni en su

vida es uniforme España, ¿puede en rigor afirmarse que sean dos y sólo dos las Es pañas entre sí

diferentes, contrapuestas y pugnaces? Aunque no tantas como las siglas, ni siquiera como ios grupos de

siglas que ahora pululan y se arremolinan en el aire político de España, ¿no serán más de dos las

concepciones del destino patrio en que hoy se pueden alistar —para helarse o para no helarse, esto es otra

cosa— tos españoli-tos deseosos de futuro? Por fuerza hay que responder a estas interrogaciones, si uno

quiere seguir siendo español y vivir en su tierra con los ojos abiertos.

Pedro LAIN ENTRALGO («Gaceta Ilustrada»)

 

< Volver