Autor: González Herrero, Manuel. 
   El pendón de Castilla     
 
 Informaciones.    17/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

El pendón de Castilla

RECIENTEMENTE el Ayuntamiento de Salamanca ha adoptado el acuerdo de reconocer y alzar como bandera de la ciudad el pendón rojo carmesí de Castilla.

Este hecho no ha debido resultar del agrado dé algunas personas, y se ha escrito en los periódicos, y se propala por ahí, la interesada especie de que «el morado es el color de los regionalistas de izquierda, y el rojo carmesí de los de derecha».

Queremos decir que, a nuestro juicio, esta proposición es falsa. Pudiéramos escribir, más delicadamente, que es desacertada o errónea, pero en este caso parece necesario denunciar, con toda claridad, que es falsa, es decir, contraria a la verdad.

Es un hecho, una evidencia histórica que racionalmente no se puede" negar, que la enseña de Castilla, como pueblo, como nacionalidad que desarrolló una cultura e instituciones sociales, económicas, jurídicas y políticas peculiares, incluso a nivel de realización cívica en un Estado castellano, es el pendón rojo carmesí con el castillo dorado.

Aquel Fernando venturoso espera que corone el alcázar de Sevilla de las rojas banderas de Castilla.

Canta Lope de Vega en el libro XV de La Jerusalén conquistada.

Pero no se trata ahora de este tema, sino de salir al paso del infundio y contribuir a la claridad frente a Fa confusión que tanto perjudica a la causa castellana.

Por Manuel GONZÁLEZ HERRERO

(De la Comunidad Castellana)

No lo hacemos ciertamente porque rechacemos o creamos de peor condición ética a los regionalistas «de derechas». Nuestra concepción del regionalismo castellano —en la fase histórica que estamos viviendo, y en la función de la crítica situación en que se encuentra la región— es ta de una empresa popular, ciudadana y comunitaria, á la que son llamados todos los que sientan el espíritu castellano y aspiren a la renovación y resurgimiento cultural, económico y vital de nuestro pueblo. De esta tarea común —cualquiera que sea la opción política concreta que cada uno acepte— nadie puede ser excluido en principio, ni debe ser tratado en forma peyorativa por motivaciones ideológicas. Sólo loshechos podrán señalar y excluir a aquellos que con sus actos demuestren que únicamente representan a los explotadores, y también a los manipuladores, del pueblo de Castilla.

Reconocer que el color emblemático de Castilla es el rojo carmesí no es ser de derechas ni de izquierdas. Es, sencillamente, aceptar un hecho que forma parte de nuestra tradición como pueblo.

Por ejemplo, don Luis Carretero y Nieva, ingeniero segoviano, puede legítimamente ser considerado como el padre del regionalismo castellano. En 1918 publica su obra La cuestión regional de Castilla la Vieja (El regionalismo castellano), en la que después de un análisis exhaustivo de todos los componentes de la identidad castellana, propone como objetivo inmediato la constitución de la Mancomunidad de Castilla la Vieja, integrada por las Diputaciones Provinciales de Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Avila.

Don Luis Carretero no fue un hombre conservador, sino hondamente progresista. Al término de la guerra civil española se exilio a Méjico, donde ha muerto, con el dolor de su definitiva ausencia de esta Castilla a la que amó y sirvió tanto.

La obra fundamenta! de don Luis Carretero es una completa y lúcida Investigación de la verdadera constitución natural de las Españas: Las nacionalidades españolas. En su segunda edición, publicada en Méjico en 1952, con prólogo del inolvidable don Pedro Bosch Gimpera, podemos leer lo siguiente: «Incluso en detalles pequeños y anecdóticos se observa el embrollo alrededor de Castilla. Por ejemplo, es frecuente oír hablar de su pendón morado. Este color nunca lo fue de Castilla, que tuvo por suyo el rojo, conservando como tal en Burgos, su antigua cabeza» (página 252). «El color morado parece que se k> dio Felipe IV a una guardia real que se creó en su reinado [tercio de los morados). Lo adoptó, pues, pasados siglos de que Castilla dejara de existir corno Estado independiente, la casa real española. El escudo de Castilla es un castillo de oro sobre gules. Por un capricho de la Historia el color de Castilla es el rojo, y por tan poderosa razón, el morado tiene un origen real» (páginas 289-290).

Este libro está presidido por una dedicatoria bastante significativa: «A la memoria de mi hijo Ricardo Carretero y Jiménez, ingeniero industrial segoviano, muerto en la defensa de Madrid el 12 de abril de 1937.»

La hora, harto difícil pero esperanzada, de Castilla no es para que nos dediquemos a ponernos sambenitos unos a otros, sino para que nos sintamos solidarios y trabajemos juntos por la causa común: que es, a mi entender, el despertar de la conciencia colectiva y la promoción de todos los valores e intereses de nuestra tierra.

Para alcanzar estos objetivos, particularmente para el reencuentro con nuestra identidad de pueblo, es fundamenta! que sepamos enraizar en la tradición castellana, en la auténtica, y utilizar todos sus elementos válidos como sustancia del progreso, que diría Unamuno. Afortunadamente, nuestra tradición es popular, democrática, comunera y foral: en una palabra, progresista. Toda ruptura con una tradición de esta clase constituiría un imperdonable error.

Conviene recordar para no reincidir en la torpeza el que amplios sectores de la izquierda española cometieron en el pasado al ignorar el potencial renovador de la tradición nacional y abandonarlo en manos de las fuerzas reaccionarias. Se lo señaló Menéndez Pidal: «A pesar de Costa, Ganivet o Unamuno, las izquierdas siempre se mostraron muy poco inclinadas a estudiar y afirmar en ¡as tradiciones históricas aspectos coincidentes con la propia ideología.

Tal pesimismo histórico constituía una manifiesta inferioridad de las izquierdas en el antagonismo de las dos Españas. Con extremismo partidista abandonar íntegra a los contraros !a fuerza de la tradición.»

He aquí, para terminar, lo que no debe hacerse. Puesto que tratamos de encontrarnos como pueblo, es preciso que volvamos a nuestras fuentes y que, en todo lo que sea posible, positivo y valedero, permanezcamos unidos a la tradición del propio pueblo.

 

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