Autor: Pinillos, José Luis. 
   Los exiliados de fuera y de dentro     
 
 El País.    17/06/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Los exiliados de fuer a y de dentro

JOSE LUIS PINILLOS

En su editorial del jueves, 17 de junio, EL PAIS se hacía cuestión de un grave problema nacional —la

deuda con el exilio— que afecta por supuesto a todos los españoles, pero de forma muy particular, en este

caso, a los intelectuales. Comentando, en efecto, el regreso a España de Sánchez Albornoz y de

Madariaga, se preguntaba el editorialista si los españoles tenemos alguna deuda contraída con quienes

estuvieron tan largos años apartados de su patria, y si basta para saldar las cuentas con dejarles entrar en

su casa y colgarles en la puerta un discreto letrero de ¡No molestar!

Entiendo, por supuesto, que el Visado de entrada y la tolerancia, no están mal. Están, desde luego,

muchísimo mejor que la silla en que una noche de hace muchos años tuvieron sentado a don Claudio en

Barajas, cuando pretendía ver unos minutos a una hija enferma, a la que por fin no pudo abrazar. Aquello

fue cruel, y lo dé ahora es lo correcto. Pero coincido con el editorialista en que no basta. Quizá después de

todo y de tantos años, todo llegue ya un poco tarde. Sin embargo, nobleza obliga, y noble es la llamada

que se nos hace desde EL PAÍS.

Hay, no obstante, un par de aspectos del problema del exilio de los intelectuales, que suelen pasarse por

alto y que quisiera comentar. Pienso, por lo pronto, en las deudas no contabilizadas, esto es, en la deuda

que hemos contraído con aquellas personas que no se citan en las listas de exiliados o emigrados ilustres,

por la sencilla razón de que aguantaron el exilio dentro de España, se iñsiliaron, si vale el neologismo. Por

poner un ejemplo claro, yo vería, como tantos otros, con la máxima complacencia, que se repusiera en sus

cátedras a mis admirados compañeros Aranguren, García Calvo y Tierno Galván, y que también volvieran

a las suyas Valderve y Tovar. Esto es obvio. Pero, a la vez, en honor a la verdad, tengo que decir que mi

satisfacción no sería completa si en esta operación nos olvidáramos de hombres como Julián Marías o

Faustino Cordón, por citar sólo dos casos de los muchos que habrá que recordar, a quienes es imposible

reponer, por el evidente motivo de que jamás tuvieron un puesto dentro de nuestra Universidad. Y no

ciertamente por falta de méritos, ni porque su colaboración no fuera necesaria.

Exiliados e insiliados

Personalmente estoy de acuerde en que se continúe insistiendo, y con toda energía, en que vuelvan los

que tuvieron que irse, sin olvidarnos, eso sí, de que hay otros que nunca pudieron ser expulsados porque

nunca llegaron a entrar. Me consta qué a Marías se le ha requerido desde importantes Universidades

extranjeras, una y otra vez, para ocupar puestos permanentes en ellas. Y lo mismo ha ocurrido con otros,

con toda seguridad, que han preferido aguantar a pie firme las incomodidades, y algo más, de ese exilio

interior al que tanto debemos y tan poco recordamos. En pocas palabras, es preciso ampliar el capítulo de

las reparaciones, incluyendo en él a los exiliados y a los insiliados. Siempre he recordado lo que una vez

me dijo de sí mismo Julio Caro, hablando de estas cosas: tengo la impresión, me dijo, de que vivo dentro

de un paréntesis, excluido de la vida del país. Tratemos, pues, de incluirlos a todos. Unos y otros querrán,

o no querrán —porque dentro también hay penitencia—, entrar o volver a entrar en la Universidad; eso,

naturalmente, es cosa suya. Pero en nosotros está la obligación de luchar por que se les ofrezca la

reparación que les es debida. A unos, la de volver a la que nunca debió dejar de ser su casa. A los otros, la

del ingreso honorable que en su día se les negó.

Ambas cosas, por lo demás, debenhacerse sin que la alabanza y reparación de unos, implique el

menosprecio de quienes durante esos largos años optaron por trabajar dentro de la Universidad española,

pudiendo haberse quedado en otras más cómodas y mejor dotadas. A finales de los años cuarenta, vaya

por caso, dos compañeros míos Juan Linz y Mariano Yela, fueron becados por el Gobierno español para

estudiar en los Estados Unidos. Ambos tuvieron la posibilidad de quedarse allí. Como en el-cuento de

marras, Linz se quedó y Yela volvió. Uno pudo investigar y el Otro investigó lo que pudo, pero a la vez

enseñó a miles dé psicólogos españoles, que a él le deben, le debemos, mucho de lo que somos. ¿No vale

también esto último? Esta clase de hombres, ¿no merece asimismo alguna gratitud? Conozco muchos,

muchísimos intelectuales españoles a quienes, por sus propios méritos profesionales, Universidades de

Europa y América les abrieron sus puertas cuándo las cosas andaban incómodas por aquí, y a pesar de

todos los pesares, ó quizá por ellos, prefirieron quedarse aguantando los palos de sus velas. ¿Es que

Alarcos, Dámaso Alonso, Lapesa, Emilio Lorenzo, Rof, Zamora Vicente y tantos otros no hubieran

podido emigrar cuando las cosas les iban medio regular por estos lares?

España debe, sí, recuperar a todos sus hombres, y pagar generosamente las deudas contraídas con

aquellos para los que fue madrastra: Pero, ojo, ha de pagárselas a ellos, qué suelen ser justamente ïos que

no pretenden cobrarse nada, y a la vez no echar en olvido que todo hubiera ido peor si muchos de los que

se quedaron se hubiesen marchado también.

 

< Volver