Autor: Marías Aguilera, Julián. 
   Las plañideras de la comparación     
 
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LAS PLAÑIDERAS DE LA COMPARACIÓN

«No veo más que una solución: desapasionaros, hacer una critica, de forma lúcida y serena, de las

actitudes maniqueas, en el fondo sectarias, que lo ven todo negro o todo blanco. Es una enfermedad que

padecemos en España, donde todo toma finalmente el aire de una guerra de religión.»

A ningún lector ´español le sorprenderá esta cita. La leerá con melancolía, si es bien nacido, y por

supuesto con asentimiento, con una dolorosa aceptación. «Así somos» —pensará—. Y muy

probablemente pensará en la influencia árabe, en el carácter poco «europeo», poco «occidental» de

España. Si se pregunta por el autor de la cita, la busca se orientará hacia los historiadores y críticos que en

los últimos decenios, frente a la interpretación occidental de España, han subrayado enérgicamente su

desgarramiento interno y confliciivo, su gravitación hacia otras formas de entender la vida que no son las

de Grecia ni las de Europa.

Perdone el lector la pequeña trampa provisional que me he permitido. En la cita que encabeza este

artículo he cambiado una palabra: donde he escrito «España», el autor ha escrito «Francia». Esas líneas

han sido escritas por el P. Yves Conga/, una de las mentes más claras de la Iglesia de Francia, en

avanzada hace ya muchos decenios, y pertenecen a un denso artículo sobre los problemas que monseñor

Lefebvre ha planteado en relación con el Concilio Vaticano II y la unidad de la Iglesia, aparecido en «La

Vanguardia» el día 1 de septiembre.

¿Quién que lea esas palabras tal como las he copiado dudará un momento de su sentido, y de su sentido

exclusivo para España? ¿Quién dejará de considerar como nuestras, específicamente nuestras, las

actitudes maniqueas, el verlo todo en blanco y negro, el hacer de cualquier cosa «una guerra de religión»?

Es muy probable que el lector español lance una mirada de deseo al otro lado de los Pirineos y suspire: en

cambio en Francia...

Pues bien, es un francés ex-cepcionalmente inteligente y mesurado el que dice eso, precisamente de

Francia. ¿De qué sirvió Charles Martel? Si los árabes fueron detenidos, ¿será que penetró su espíritu?

¿Dónde está la «dulce Francia», jovial y un poco escèptica? Es cierto que si Juana de Arco hubiese sido

española, de preferencia castellana, hubiese sido el argumento soñado para esas interpretaciones

españolas. Porque si hay algo irracional, poco cartesiano, «personalista» y «a lo divino», es la Doncella

de Orléans, la bonne Lorraine, qu´Anglois brûlèrent a Rouen, a quien cantó François Villon. Y la verdad

es que los franceses han roto sangrientamente su convivencia con mucha más frecuencia que los

españoles, y es cierto que la religión ha sido tema de buena parte de esas discordias.

PERO no es la comparación con Francia, ni con ningún otro país, lo que me interesa, sino precisamente

lo contrario: la inoportunidad y esterilidad de lo que podríamos llamar el «espíritu comparatista». Creo

que España va a renacer; creo algo más: que está renaciendo, a pesar de muchos. Desde hace un poco

menos de un año, se está desperezando y desentumeciendo en aquellas dimensiones en que había estado

paralizada. (Y no se olvide que había tenido algunos miembros atados, pero otros muy sueltos y vivos, lo

cual ha permitido una enorme transformación de España en cuarenta años, que muchos no ven porque no

se habla de ella.) Creo que España va a empezar a dar sorpresas a casi todo el mundo, empezando por los

españoles. Se va a encontrar que, siendo la misma, no se parece demasiado a la de 1936 o 1939. Ya está

ocurriendo que no pasa casi nada de lo que se había venido anunciando durante decenios. Recuérdese lo

que unos temían y otros se prometían para cuando termínase —si terminaba alguna vez— el régimen

anterior. Pues bien, ya ha terminado, y no ha pasado nada de lo que se temía o esperaba, sino otras cosas.

Y, en el detalle reciente, el país ha ido reaccionando de manera nueva, inesperada, a cada uno de los

episodios que han ido ocurriendo, lo cual hace parecer tan «desfasados» a los representantes más notables

de aquellos temores y de las esperanzas automáticamente inversas. Ni sigue lo anterior —por mucho que

lo digan lo que eso quisieran y sus opuestos por el vértice—, ni se invierten mecánicamente las cosas para

lograr su vaciado, su imagen contrapuesta en un espejo. Está empezando a pasar algo distinto, y hay que

imaginarlo; los que no quieren usar la imaginación, que esperen a verlo.

PARA que verdaderamente pase, hay que eliminar algunos estorbos. Y uno de los más graves es el

pesimismo inicial de los que consideran que no sé qué sino fatídico pesa sobre los españoles. Lo que es

normal en Europa, en casi todo el mundo occidental, se supone que no es posible aquí. Este pesimismo

inicial afecta a muchos de los mejores, de aquellos españoles en los que se puede confiar y con los cuales

hay que contar en primer lugar. (Y digo «en primer lugar», porque creo que hay que contar con todos.)

Adviértase que no me parece mal el pesimismo, que muchas veces es inevitable; lo que me molesta es el

adjetivo: inicial. No se puede empezar por saber «ya» que las cosas van a salir mal, que van a acabar mal.

Están empezando: vamos a verlo. Y habría que preguntar a esos pesimistas: ¿cómo lo saben?

Probablemente tenderán una mano vencida, entristecida, a la historia de España (previamente interpretada

de una manera tan simplificadora, que comienza a irritarme). «¿Qué quiere usted que hagamos, si somos

españoles?», vienen a decir.

Por esto he querido citar las palabras del P. Congar. El cual dice de sus compatriotas lo que tantos

españoles dicen de sí mismos. Y es que, unas veces por provincianismo, otras por pereza y otras,

finalmente, por malhumor, los hombres propenden a atribuir a su país lo que pertenece —o no

pertenece— a la condición humana. Y al cabo de unos cuantos ejercicios se convierten en plañideras

comparatistas o históricas.

Sería interesante y doloroso hacer la cuenta de los esfuerzos que se han malogrado a causa dé esta actitud.

Yo propondría a algún historiador sagaz hacer las cuentas de España, no porque crea que son únicas, sino

porque son las que afectan a nuestra economía vital y porque nadie sería capaz de hacer las universales.

Y todavía mejor, olvidar las cuentas, pensar que hemos llegado hasta aquí, hemos sobrevivido, llenos de

vitalidad y de posibilidades. Cada uno de nosotros, cada una de nuestras regiones, España entera (y no

olvidemos el conjunto, no tan lamentable como se dice, del mundo hispánico, rodeado de un inmenso

coro de plañideras, muchas de ellas a sueldo).

Hágase una consideración elemental: si fuera verdad todo lo negro que se ha dicho y se sigue diciendo de

España y de sus regiones en particular, ¿sería posible que estuviéramos donde y como estamos, vivos,

relativamente prósperos, con unas condiciones de vida no tan diferentes de las de otros pueblos, con

algunos atractivos particulares, y, sobre todo, con un horizonte cuyos límites no se descubre todavía, a no

ser las murallas que vamos construyendo con la imaginación negativa?

La energía que invertimos en lamentarnos y en «comparar», empleémosla en hacer, cada uno lo suyo.

Cuando sintamos la tentación de la plañidera, cuando nos invada el afán comparatista, pongámonos a

hacer alguna de las cosas que España necesita: labrar un campo, construir una casa, hacer un traje o unos

zapatos, fabricar un abrelatas capaz de abrir las latas o, si es posible, un Viking III, dar una clase

competente, hacer una buena película, fundar un partido político inteligente y de este siglo.

O bien, si la comezón comparatista es demasiado fuerte, si nos resulta insuperable, limpiémonos los ojos

con el pañuelo y, cuando nuestra mirada esté clara, comparemos de verdad, sin inventar uno y otro

término, veamos cómo son realmente las cosas en España y fuera de ella, y cómo pueden ser. Y en la cita

con que empieza este artículo, tachemos la palabra «España», porque el P. Yves Congar no la ha escrito.

Julián Marías le la Real Academia Española

«Creo que España va a empezar a dar sorpresas a casi todo el mundo, empezando por los españoles»,

concluye el ilustre académico Julián Marías en su esperada colaboración para esta «Primera Página». El

filósofo discípulo predilecto y amigo de Ortega honra desde hace muchos años a «G. i.» con sus análisis

cinematográficos en una sección —«Visto y no visto»— ya clásica e indiscutible de nuestro semanario.

Pocos intelectuales como Marías han mantenido en las últimas décadas de la historia española una

trayectoria tan honestamente independiente.

 

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