Autor: Ballarín Marcial, Alberto. 
 Precios agrarios (y 2). 
 Industrias en el campo     
 
 Ya.    24/03/1978.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

24-III-1978

ECONOMÍA PRECIOS AGRARIOS (y 2)

INDUSTRIAS EN EL CAMPO

En su trabajo anterior, el autor se ha referido o una entrevista con el entonces vicepresidente para Asuntos

Económicos, señor Fuentes Quintana, y a los dos aspectos—económico y político—del problema de los

precios agrarios. En el presente trabajo, el señor Ballarín formula algunas consideraciones sobre el tema

de los precios agrarios, en general, o medio y largo plazo.

TIENE razón Fuentes Quintana cuando nos ha dicho en sus escritos y en sus palabras que no se puede

resolver e] problema del campo vía precios, sino que es preciso lograr unidades productivas que sean

auténticas "empresas", racionalmente organizadas, con empresarios preparados, análisis de costos, cierta

rentabilidad, etc. La mayor parte de los pensadores agrarios opinan hoy, efectivamente, que es más

importante la reforma de las estructuras que la de los precios. Ese fue el mensaje que en 1968 le expuso

Mansholt a la Comunidad Europea en su famoso informe.

Ahora bien: el agricultor no puede esperar a que se le hagan esas reformas de estructura porque tiene que

ir a la compra su esposa, y él ha de pagar las deudas, que, por cierto, ahora devengan intereses de crédito

agrario del 11 por 100. Con todo y con eso, no resultaría excesivamente difícil combinar política de

precios con política de estructuras, si el Gobierno utilizara el método de las subvenciones por superficie

sembrada en favor de los pequeños y medianos agricultores, bajo condición de que se agruparan. A mi

juicio, éste es el camino para acabar con el cáncer del minifundio y para proporcionar rentas dignas al

labrador, conteniendo sus precios en provecho del ganadero y del consumidor.

EL otro capítulo donde debemos actuar ofrece aún más dificultades. Me refiero a la comercialización.

Todos cabernos que el agricultor ha de ir alargando su participación en el proceso transformador y en los

canales comerciales, con base cooperativa, para quedarse con la mayor porción posible de valor añadido.

Nos consta, por experiencia, que cuando una cooperativa de este tipo se halla bien organizada y

administrada, el agricultor recibe hasta un 30 por 100 más por sus productos o tiene ahorros de ese tipo en

los costes. ¡Pero sólo el 10 por 100 de nuestras producciones pasa por las cooperativas!. He ahí, pues, otro

cuello de batalla. Para romperlo hace falta legislar de una vez sobre cooperativas agrarias, protegerlas de

modo más completo en lo fiscal, etc. Hay aún dos aspectos de la cuestión que no debemos olvidar. Se nos

argumenta en contra de la subida que los precios internacionales son más bajos que los españoles (en trigo

duro, de 8,64 pesetas kilo a 12,18; en cebada, de 8,25 a 9,42; en maíz, de 7,79 a 10,59, para julio 1988,

puerta de Rotterdam), pero debemos hilar fino. Esos precios internacionales están falseados, bien, porque

haya restricciones o primas a la exportación, bien porque provengan los granos de países donde la

agricultura está cinco o siete veces más subvencionada que en España, por lo cual los precios pueden ser

más bajos, como ocurre en el caso de la CEE. bien porque haya un comercio de estado que paga muy

barato al productor y así puede vender competitivamente en el mercado internacional, sin hablar de todo

tipo de maniobras especulativas. Tenemos, pues, muchas razones para desconfiar del mercado

internacional agrario como de un mecanismo automático y justo.

ADEMAS, aun suponiendo que lo fuera, habría ahora un argumento decisivo en favor del

proteccionismo. ¿Qué es mejor, comprar a precios bajos en Chicago o cultivar en España, aunque resulte

algo más caro, si así resolvemos el problema humano del paro? Y desde el punto de vista de la defensa

nacional, ¿qué es preferible, perder nuestra independencia habituándonos a las compras en el exterior o

empeñarnos, como hacían nuestros abuelos, en llenar bien la despensa con productos nacionales, yendo lo

menos posible a las tiendas?

Se nos acabará diciendo que los precios agrarios altos generan inflación, pero yo pregunto: ¿Dónde está la

causa de que el kilo de pan valga lo que vale, perdida la relación clásica con el precio del trigo? En la

subida de costos para su industrialización y distribución por la ciudad. La ciudad, que consume cantidades

ingentes de energía, que ha de pagar salarios muy altos, es la verdadera responsable de la inflación, y el

campo, su víctima propiciatoria. Por eso, yo vengo pidiendo machaconamente algo que ya pedía mi

compañero el agra-rista andaluz Blas Infante, notario de Coria del Río, allá por los años 20 y 30: que se

desparramen las ciudades y las industrias por el campo.

HE ahí algunas reflexiones sobre el tema de los precios, justamente las que nos han llevado a demandar

una nueva política apoyada en la ley que habremos de discutir y aprobar creando el Ministerio de

Agricultura y Alimentación, reformando el FORPPA, refundiendo la CAT y el SENPA, introduciendo

aquí el sistema europeo, atacando el aspecto del comercio exterior agrario.

Por el momento, los parlamentarios de UCD que hemos presentado ya esa proposición de ley y que

estamos batallando con el Gobierno en el tema de los precios agrarios, no podemos hacer más por

defender a los agricultores.

Alberto BALLARIN MARCIAL

Senador UCD por Huesca

 

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