Autor: JOVELLANOS. 
   La productividad en la agricoltura     
 
 ABC.    04/08/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

VIERNES, 4 DE AGOSTO DE 1978. PAG. 3

LA PRODUCTIVIDAD EN LA AGRICULTURA

RECIENTEMENTE el ministro de Agricultura daba cuenta de que en este año se lograría un

récord en la cosecha de trigo: la de superarse cualquier otra cifra anterior en cuanto rendimientos, ya

que se superarían los 1.700 kilos por hectárea.

Es una buena marca para quienes hace veinte años tan sólo apenas llegaban a producir 1,000 kilos; pero

es una cifra muy baja si se compara con los rendimientos medios de la Europa del Mercado Común que se

sitúan en los 3.000 kilos o los particulares de Francia que suben a 4.000 kilos.

Si en lugar de trigo tomamos el vino como referencia, las diferencias de rendimientos por hectárea son

similares. Mientras que España produce alrededor de los 30 hectolitros de vino por hectárea, Francia o

Italia sobrepasan los 55 hectolitros. Y también en productos ganaderos: la producción media de leche por

vaca y año que no alcanza aquí los 2.000 litros, se acerca a los 4.000 para los países del Mercado Común.

Es cierto que existen producciones en las que los rendimientos españoles están a nivel o superan los

alcanzados en países más avanzados, como en carne de pollo o en frutas. Pero no son excepciones en la

inmensa gama de los productos agrarios. Y esto pese a toda la campaña publicitaria montada, será un duro

hándicap que la agricultura española tendrá que remontar para ponerse a la par en caso de integración en

la Comunidad Económica Europea. Y esto, también, es causa fundamental del permanente estado

deficitario de la balanza comercial exterior de productos agrarios. Porque la industria exige comprar

materias primas fuera, ya que resultan más baratas y algo similar pasa con los piensos; mientras que

excedentes españoles no pueden salir fuera por falta de competitividad.

Y si se exporta lo que se exporta, si los precios de algunos productos se venden en España por debajo del

precio alcanzado en los mercados interiores de otros países, se debe exclusivamente a que el agricultor

español está condenado a mantenerse con unos ingresos degradados, a que la renta por cabeza de los

hombres que componen el sector agrario equivale al 40 por 100 de la renta española por persona.

Se puede paliar la situación. Se puede producir más trigo por hectárea a través de un mejor empleo de

fertilizantes, perfeccionando métodos de cultivo y utilizando semillas de más alta calidad y abonando

tierras marginales. Se puede conseguir más vino rejuveneciendo cepas, injertando, abonando mejor. Se

puede aumentar el rendimiento lechero de cada vaca con tratamientos sanitarios adecuados, con una

mayor racionalización de los alimentos.

Pero no se puede abaratar la producción manteniendo o aumentando el número de hombres que sobre el

campo viven, a menos que se degrade aún más los ingresos de cada agricultor, de cada ganadero.

El gran dilema que se va a plantear al Gobierno en estos momentos, cuando un paquete de Leyes agrarias

está dispuesto para ser remitido a la consideración del Congreso de Diputados, es el tener que elegir qué

dirección quiere dar al campo español o hacer una agricultura y una ganadería competitiva, capaz de

enfrentarse en plan de igualdad con otras agriculturas desarrolladas y, al mismo tiempo proporcionar a los

agricultores un nivel de vida similar al de los demás ciudadanos, o convertirlo en un asilo de

desamparados, refugio de hombres condenados a un brutal paro encubierto, a índices de productividad

mínimos y a ingresos de hambre.

Pero, de elegir este segundo camino, indiscutiblemente más demagógico, tendría que prepararse para

rodear al campo español de una impenetrable muralla defensiva contra los asaltos de agriculturas más

dinámicas, murallas erizadas de subvenciones costosas, precios políticos, comercio de estado, inversiones

estatales a fondo perdido, etc.

Porque la economía de trueque hace muchos años que pasó. Ahora vivimos dentro de una economía de

mercado, en la que vende el que es capaz de poner una mercancía de la máxima calidad en un punto

determinado, al menor precio posible.

No podemos dejarnos engañar por ampulosas palabras tras las que se esconde una vergonzante realidad.

No se puede llamar agricultura social a aquella en la que da ocupación a más hombres, si a estos hombres

no se les puede dar un nivel de vida humano, si se les condena a una perpetua asfixia por falta de espacio

para desenvolverse. Social es una agricultura capaz de ofrecer bienes de consumo a precios asequibles a

la gran masa consumidora, mientras que, al mismo tiempo, garantiza un honesto nivel de vida a los que

trabajan—JO-VELLANOS.

 

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