Autor: JOVELLANOS. 
   El valor de la tierra agraria     
 
 ABC.    21/12/1980.  Página: 53. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

AGRICULTURA Y GANADERÍA

ABC / 53

El valor de la tierra agraria

Existe desde hace tiempo la idea generalizada de que el valor de la tierra agraria está sujeta a incrementos

constantes y generalizados y que tales incrementos suponen un valor añadido correspondiente a lo que los

propietarios de las mismas dejan de cobrar en rentas, al ser éstas inferiores a lo que hubieran cobrado

colocando, traducido a dinero contante, el valor de aquellas tierras en cualquier actividad no agraria.

La idea es lo suficientemente simplista para que resista un examen en profundidad, aunque tenga una

parte de verdad. Son muchos y muy variados los factores que intervienen a la hora de señalar —en venta

o en renta— el valor de la tierra para querer explicarlo todo con tan sencillo esquema.

No hace mucho tiempo la SAFER, entidad francesa que tiene como objeto y fin servir a modo de bolsa de

tierras, tanto para arrendamientos como para establecimiento de jóvenes agricultores en tierras que se

ceden, ha emitido un estudio en el que se señala que de 1978 a 1979 el valor de la tierra en Francia, en

términos globales medios, había subido un 9 por 100; pero, añade el estudio, durante el mismo lapso de

tiempo el índice de inflación, o lo que es lo mismo, la capacidad adquisitiva del dinero había descendido,

por lo cual el precio real de la tierra había bajado en el 1,8 por 100. He aquí uno de los factores que es

necesario tener en cuenta a la hora de estimar el valor de la tierra.

Pero también éste es un ejemplo muy concreto y limitado, limitado en el tiempo y limitado a su vez

porque no interviene otro factor que el de la depreciación de la moneda, depreciación que sólo alcanzará

parcialmente a las transacciones de tierra, en venta o en renta.

Las estructuras sociales de un país, de una región o de una zona inciden de una manera directa y con

fuerte impacto en el valor de la tierra. A mediados del pasado siglo se inició una época de fuerte

incremento en la productividad agraria. La introducción de nuevos cultivos y un sistema más racional de

rotación rompieron el cuasi monocultivo cerealista y se inició la era de incrementos en la rentabilidad

agraria, tanto por unidad de superficie como de mano de obra. Tales aumentos seguirían un ritmo

creciente con la mecanización, el empleo de fertilizantes de origen mineral, etc., etc. Los incrementos de

la demanda de una sociedad que creció doblemente como consumidora, de una parte por el crecimiento

vegetativo y la disminución del índice de mortalidad; de otra parte, por la mayor capacidad adquisitiva de

la misma, se compensaba en los países desarrollados por los aumentos de la producción por hectárea. El

valor de la tierra quedó hasta cierto punto estabilizado.

El fenómeno era inverso en los países que no supieron o no pudieron unirse a la evolución de aquellos. En

lugar de disminuir, por emigración sectorial, el número de campesinos, éste aumentaba, y con el

crecimiento del censo subía el «hambre de tierras». Pero a este «hambre de tierras», nacido de ser la

agricultura la única fuente de ocupación de mano de obra, se añadía otra «hambre de tierra», la

procedente de la incapacidad de estos países de compensar el aumento de demanda de alimentos con un

incremento mayor en la productividad agraria, sino con un incremento de las superficies cultivadas.

Pero la marcha de la Historia no es una línea continua. Para Europa occidental el equilibrio de producción

y consumo y, por tanto, la falta de necesidad de nuevas tierras para incrementar el volumen de las

cosechas, así como para ocupar mano de obra, que tenían seguro empleo en otras actividades —factores

ambos que inspiraron el primer Plan Mansholt, que preconizaba el abandono del 15 por 100 de las tierras

cultivadas, en el final de la década de los años sesenta— se quebró a partir del año 1973 con la gran crisis

de la economía mundial, en la que, de alguna forma, seguimos inmersos.

A partir de 1973 vuelve, en alguna forma, a Europa el hambre de tierras. De una parte, a cuenta de

trabajadores que salieron del campo en busca de mayores beneficios por su trabajo y vuelven a él en pro

de una mayor seguridad; de otra parte, a causa de que los tenedores de tierras son reacios a vender y a

arrendar, lo primero a causa de lo incierto de cualquier inversión en estos momentos; lo segundo, por el

temor a las leyes que se están estableciendo en muchos países sobre arrendamientos rústicos.

Pero volvamos al principio, al trabajo llevado a cabo en Francia por la Federación Nacional de Safer. El

valor medio de las tierras en Francia es de 20.000 francos la hectárea de tierra cultivada, es decir, 134.700

pesetas; las más caras de ellas, en la Alta Normandía, departamento de Seine-Maritime. que han llegado a

alcanzar 283.000 pesetas —se entiende que son tierras de secano—, las más baratas, en Lorena, 15.100

francos (103.000 pesetas). Pero —sigue el estudio— el tenedor de la tierra se resiste a vender o a

arrendar. Entre 1978 y 1979 el volumen del mercado ha sido muy reducido, unas 530.000 hectáreas,

aproximadamente el 1,7 de la superficie agraria de Francia.—JOVELLANOS.

 

< Volver