Autor: García Serrano, Rafael. 
   Dietario personal     
 
 El Alcázar.    04/12/1976.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Por Rafael GARCÍA SERRANO

VIERNES, 3 DE DICIEMBRE

La curiosa aproximación del neocarlismo a las tesis de Marx se corresponde con la curiosa aproximación de Santiago Carrillo a los gestos típicos de un príncipe Pretendiente. Los Pretendientes siempre se han rodeado de una aura de misterio y eficacia entre misteriosa y milagrera. A ciencia cierta un buen Pretendiente nunca debe tener domicilio fijo y a la vez debe de estar, como un dios minúsculo y político, en todas partes. El palacio de Loredán no fue un acierto. Es mejor vagar de mansión en "cottage", de castillo en hacienda, de piso en piso, que no dar a conocer a los partidarios una dirección fija. Esto añade encanto y ahona mucho dinero. La única dirección fija de un Pretendiente —sea príncipe o no— es la del poder. A Dios no hay manera de escribirle. Algo así debe hacer un Pretendiente aunque salvaguardando con cierta seguridad sus comunicaciones, porque Dios, en cambio, no tiene complicaciones en este sentido, y se comunica fácilmente con quien quiere.

Yo he oído contar en mi infancia viejas y audaces historias de don Jaime de Borbón, que en su papel de Pretendiente llegó a fotografiarse en la Puerta del Sol, que era el corazón de aquella España liberal y todavía galdosiana que alcancé a vivir en sus últimos años. El Príncipe casi se aparecía a sus

partidarios en ciertas tierras bravas y llenas de resonancias en las guerras dinásticas, y esta costumbre, si bien con cierto aire protocolario, se ha mantenido hasta hace bien poco. Hasta me parece recordar haber visto en alguna biografía de aquel don Jaime de Barbón, su foto en la Puerta del Sol o en algún otro lugar madrileño. Escépticos historiadores pamploneses me susurraron que estos viajes propagandísticos a la tierra madre estaban legitimados por la consaguinidad, de modo que don Alfonso XIII dejaba que su primo, el Pretendiente, se diese de vez en cuando un garbeo por las Españas.

El Pretendiente soviético, el gran duque rojo Santiago Carrillo, juega también a fantasma, y posa para reportajes de televisiones extranjeras y para agencias fotográficas que nos ofrecen su vera efigie en esté o en el otro lugar de Madrid. Mi problema es cuando van a susurrarme los equivalentes actuales de aquellos escépticos historiadores pamploneses a los que aludía antes, que también en estas expediciones hay más tolerancia que audacia, más pasaporte que osadía como de "Tigre de la Malasia". En Mompracén no cree ya nadie y, por otra parte, si resulta que va a entrar en Burgos, —por fin— con su mugre a cuestas el comisario Nenni, provisto de todos los sacramentos, no veo por qué no ha de entrar también Camilo.

¿Que diferencia hay entre ambos cipayos?.

 

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