Autor: Páez, Cristóbal. 
   Una deuda pendiente     
 
 Arriba.    20/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

UNA DEUDA PENDIENTE

A la atención de don Marcelino Oreja, Ministro de Asuntos Exteriores. /Hízome la sugerencia el maestro

de Jurispertos profesor don Leonardo Prieto-Castro y Ferrándiz.

DEBERÍA ser extendida por quien corresponda una insólita orden de busca y captura para que sea

aprehendido, sano y «alvo, allí donde se encuentre, y luego conducido con todos los honores y

comodidades a España, si por ventura no se encontrara en ella, cierto Inspirado Individuo, cuya filiación

personal Ignoro, pero cuya música ha escuchado medio mundo, tomándose como por encanto Jovial y

olvidadizo de la Inflación y otras graves pejigueras del momento, y se espera que la oiga el otro medio,

que también es hijo de Dios y tiene derecho a disfrutar unos minutos de honesto esparcimiento en el

húmedo valle de lágrimas.

Son las sertas de dicho individuo varias que no hacen al caso, pero que a los efectos de facilitar a quien

corresponda una pista segura y, por mejor decir única, para su Identificación, detención y subsiguiente

conducción extraordinaria a España, pueden resumirse en una sota: Ser el buscado autor de la pieza

musical titulada «Viva España». La cual se canta con inusitada frecuencia y admirable gozo en todo el

mapa español por coros multinacionales y en otros muchos pueblos de la cristiandad y, prácticamente, en

toda tierra de garbanzos y de no garbanzos, o sea en toda región o lugar donde exista una garganta

humana, un instrumento de viento, percusión, arco, pulso y púa, etc.

Tal individuo, con su canción, ha armado la marimorena. Los turistas, que son pastores que vienen a

adorar al niño-sol que nace todos los días en el portal de Belén mediterráneo, la entonan, cual un himno

de amor y de guerra a todos los aburrimientos autóctonos que en el mundo son, entre prudentes, o menos,

trasiegos de tinto y de blanco, limonada y naranjada, dorada cerveza Indígena y no menos, sino más,

indígena sangría: explosiva, escandalosa e inofensiva como la Nadtuska, según dicen las más excelentes

lenguas del Reino.

Tal individuo, con su canción —insisto—, no sé si holandés, o escandinavo, o germano, o de cualquier

otro pago europeo, ha hecho más por la Imagen de este país nuestro que todas las redacciones de todos los

periódicos de ese Mercado Común, al cual vemos a sel admitidos de un momento a otro, o sea, cuando

San Juan baje el dedo. Y más aún, me atreverla a decir que alguna que otra generación de españoles, con

sus escritores universales, sus escritores costumbristas y sus oradores patrióticos. Sencillamente, porque

una nota musical vale más que mil palabras, y sumadas las del famoso «Viva España» dan tantas como él

Quijote.

Tan pronto como dicho sujeto «sea habido», como nos precisa la literatura leguleya, deberá ser conducido

a la Cancillería de Ordenes, sita en el Palacio de Santa Cruz, Madrid, y puesto a disposición del señor

ministro de guardia. Dicha autoridad hará saber al detenido que el pueblo español, en el ejercicio de la

acción pública regulada en la ley tal, de fecha tal, del año tal, artículo tal, etc., etc., le señala como autor

de un hecho de «lesa propaganda», previsto y recompensado en el código eterno de las personas decentes

y agradecidas. Y dicho esto, la mencionada autoridad someterá al habido a un hábil Interrogatorio,

estrechándole a preguntas y haciéndole cantar de plano, con acompañamiento de orquesta o sin ella, el

«Viva España», en cuanto que tan insigne y universal melodía constituye la pieza de convicción necesaria

para hacer un juicio justo en un Estado de Derecho.

Una vez dictada la correspondiente sentencia, dicho sujeto será llevado a presencia del excelentísimo

señor ministro de Asuntos Exteriores, el cual procederá a dar lectura a la misma públicamente, en gracia a

la ejemptaridad de la pena, cuya ejecución se hará, sin excusa ni pretexto, de inmediato y a tenor de lo

siguiente: Carraspeará S. E. hasta lograr abrir su mejor voz, y, una vez en posesión de ella, pronunciará

unas palabras, no diplomáticas, sino ardientes y comprometidas. Terminado su parlamento, avanzará S. E.

hacia dicho sujeto, convicto y confeso de haber puesto a cantar al mundo entero, urbi et urbí, su «Viva

España», y le colocará alrededor del cuello la cinta y venera de la Encomienda de la Orden Civil (su

identidad es materia reservada por el momento), y le hará entrega del correspondiente título extendido por

mandado de S. M. el Rey (q. D. g.), y le abrazará. Tan pronto como todo lo anteriormente relatado ocurra,

el excelentísimo señor ministro, y por él España, sentirán que se les ha quitado un peso de encima.

El peso de que se libera todo deudor cuando paga su deuda.

Cristóbal PAEZ

 

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