Autor: Pérez Escolar, Rafael. 
   El voto en blanco o el parto de los montes     
 
 Informaciones.    07/12/1976.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

El voto en blanco o el parto de los montes

Por Rafael PEREZ ESCOLAR

VISPERAS del referéndum pascual. Paga extraordinaria, participación política del pueblo. Casi al mes decimotercero (gran número e1 13) del termino formal de la autocracia desfilaremos con orden y concierto ante las urnas, mágico artilugio a cuyo conjuro empezaran aquí a entreabrirse las puertas de la democracia, esa dama esquiva hasta ahora, sólo asequible discriminadamente por la vía orgánica.

el español —cojitranco y apaleado en política, coa «u amarga alegría a cuestas a pesar de los mil esfuerzos de tirios y troyanos por arrasar cu alma, sencilla y bronca— se debate estos días entre el sí, el no, la abstención y el voto en blanco.

A esto ultimo, a los albos Totos de una parte del cuerpo electoral, conviene que dediquemos alguna breve reflexión. ¿Qué significado cabe atribuir al voto en blanco? Lejos de mi ánimo decir a la ligera de esta suerte de ciudadanos que están "in albis» en materia política. Y menos aun podra emplearse la

acepción familiar de «cobarde», que el diccionario de la Real Academia asigna, entre oteas, a la palabra «blanco».

Sesudos hombres públicos han dicho —y si lo dicen ellos, tan responsables siempre, no osaremos incidir en pecado de contradicción— que el voto en blanco es a modo de fórmula pareja a la abstención, pero de mayor enjundia. Si no se acude a las urnas puede mes, por mal ejemplo, al estar aquejado de cólera morbo o, lo que es peor, por hallarse contrayendo matrimonio "in artículo mortis» en Jornada política tan solemne. Se entiende sin dificultad que en uno y otro casos, y en otros muchos parecidos, la participación política les importa un rábano a los ciudadanos afectados de tan graves males. La abstención, pues, es sinónimo de imposibilidad, aunque también pueda serlo de absoluta Indiferencia ante tes tormentas y las bonanzas políticas en España. En cambio, quienes no padescan parálisis del cuerpo o del alma y puedan llegar. aunque sea a trancas y barrancas hasta la mesa electoral, si lo hacen como depositantes del voto en blanco, exteriorizan lo que podríamos denominar con cierto aire de paradoja una abstención activa.

Menos enfática, mas psicológica y quizá, por ello mismo, un punto más humana, mi interpretación del voto en blanco va por otros derroteros. Tengo para mi que quien se levante de la cama el día Id dispuesto a votar, alimentará alguna que otra duda a la hora de pronunciar su decisión. Demos de lado, claro es, a los dogmáticos de uno u otro cuño que harán bueno el viejo adagio «todo lo ignora quien de nada duda», dispuestos con firmeza granítica a depositar su respuesta sin concesión a la vacilación o al escrúpulo. Y no es que cada español piense, con Osear Wilde, que creer es harto monótono, mientras la duda es profundamente apasionante. No; lo que ocurre es que al superar el estado de incertidumbre mediante la solución positiva e integradora —el sí— o la negativa y excluyante —el no—, el espáñof reflexivo se sentirá parte activa de la comunidad nacional. Los más, a pesar de nuestras dudas, votaremos afirmativamente; los menos, a trueque de desterrar también su propia aporta, lo darán de manera negativa.

Los impedidos no votarán, justificadamente por desgracia; y tampoco lo harán los que vuelven la espalda a la vida de su país. Los recalcitrantes de la vacilación, quienes se pasan de listos con la sospecha siempre a cuestas, los infructuosos campeones de la conjetura perpetua, depositarán en las urnas un escalofriante voto en blanco. Estarán entre el sí y el no, a modo del asno de Buridán, que acabó por morir de hambre y sed al no encontrar solución al gran problema de si comer primero la suculenta avena o saciarse antes de agua del cubo rebosante.

Se me antoja que el voto en blanco equivale al propósito de asolar, en mucha mayor medida que el voto negativo, las posibilidades de convivencia democrática que nazcan de la solución afirmativa del referéndum. Y hasta llego a pensar en la hipótesis de una mayoría de votos en blanco

como en un cementerio inmenso de almas muertas, a modo de las que reclutaban el lamoso personaje de Gogol, muertas por haber sddo incapaces de la más mínima esperanza. Son las almas de todos aquellos que paladean, al declamarlos, los versos de Calderón: "Aún lo dudará después / de haberlo visto primero.»

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7 de diciembre de 1976

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