Autor: Salas y Guirior, José. 
   Entre el sí y el no     
 
 ABC.    09/12/1976.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

ABC. JUEVES 9 DE DICIEMBRE DE 1976. PAG. 7.

ENTRE EL SI Y EL NO

Por José SALAS Y GUIRIOR

."ENTRE el sí y el no», dice una copla del cante, «hay siempre su poquito de conversación.! Y esa conversación es la que me sigue por todas partes como un guardaespaldas pertinaz desde que, recién llegado de tiernas portuguesas para pasar unos días de descanso, me encuentro en el solar de mi sangre.

Parientes 7 amigos me preguntan a las primeras, de cambio si he venido para votar. Y a continuación, con una prisa enorme, se afanan y se quiten la palabra los unos a los otros para decirme que ellos si que van a hacerlo.

Unos van a votar que si. Otros a rotar que no. Y como se empeñan en explicarme todos a un tiempo la razón de sus respectivas actitudes, la cuestión deriva en discusión y se quedan sin saber si he venido a votar o a ver al médico. En el fondo, creo que por eso me he puesto a escribir, pese a estar en vacaciones.

Yo quisiera explicar que vengo de un país, Portugal, en donde la ausencia de una opción entre el sí y el no hizo variar el rumbo de su historia. La ausencia de esa opción dio lugar a un dramático sucedáneo que se llamó el 25 de abril. A partir de la mencionada fecha en 1974. todo el mundo sabe más o menos lo que pasó.

Tan cerca se encuentra Portugal y tan a caballo de la actualidad me ha tocado vivir sus recientes avalares que ni puedo olvidarme de lo que esa, proximidad entraña ni lo que las consecuencias de un sucedáneo parecido pueden significar. De todas todas, lo aconsejable parece evitar a España un 25 de abril a la portuguesa.

Lo digo porque si la víspera de la mencionada fecha hubieran preguntado a los portugueses por sus preferencias entre, un serena referéndum y una algarada revolucionaría, poniéndoles por delante los resultados que sobrevinieron, el país en masa hubiera optado por la primeria de dichas soluciones, si se les demostraba previamente que el cambio era inevitable. Puedo afirmar con absoluta seguridad, puesto que a todos los portugueses a quienes be hecho esa pregunta me han contestado en la forma que digo

Existe, como es lógico, una minoría disidente, que corresponde con exactitud a la de los que aquí anuncian su abstención. Esa pequeña minoría de Portugal estima que un hecho revolucionario establecido por la violencia tiene más probabilidades para consolidarse y salir adelante a través de una etapa inicial radicalizante, que coloca los peones más avanzados en posición favorable. Eso quiere decir que la ganancia de pescadores furtivos en aguas políticas de derechas resulta, siempre más propicia.

Es verdad. Pero también es cierto que aquí, en España, esos misinos peones se han pasado años y años clamando por una posibilidad de opinión, y ahora que se les brinda se niegan a darla. Se niegan a darla acordándose de pronto del paraíso que suponen las aguas revueltas. Pero como luego son los mismos que niegan la opinión a los demas en las zonas en que pueden imponer las suyas, e] cuadro se vuelve abstracto. T los cuadros abstractos, ya se sabe, pueden ser objeto de crítica, que es to que intento hacer.

Pero nunca de explicación al uso. Por tanto, hay «ue renunciar a ella.

La proximidad de Portugal y España induce a creer que siendo los dos países tan cercanos, peninsulares y parecidos, los resultados vendrían a ser aproximadamente iguales, y que, al fin y al cabo, los resultados no han sido allí tan terribles, puesto que se ha demostrado que se puede salir adelanto. Se trata de un grave error. Porque los dos países ibéricos no son tan parecidos como suele creerse en la vertiente española. Los portugueses, más aficionados que nosotros a-marcar las diferencias, lo subrayan constantemente. Tal subrayarlo en los últimos tiempos no dejan de referirse a lo relativamente tacruento de su revolución.

Cansado esta uno de oír, en los momentos en que e] hervidero lusitano crepita, que en iguales circunstancias ya habría ocurrido aquí esto y lo otro. Los españoles que allí vivimos solemos darles la razón cuando entre nosotros comentamos: «En nuestra tierra ya habría corrido la sangre. No cabe duda de que tenemos otro temperamento.»

Uno deduce que precisamente por ello es necesario precaverse de fórmulas si estilo del 25 de abril. Claro que lo incruento hay que considerarlo en términos relativos, porque si bien es verdad que en el cambio transformador de la vida portuguesa las víctimas metropolitanas han sido pocas, no cabe decir le mismo en lo que se refiere a las anticuas colonias, donde hay qne contar los muertos por docenas de miles.

También es verdad qne d planteamiento transmutador de los portugueses resalta a todas roces mny distinto del que promueve nuestro panorama. Pero todo eso corresponde a, otro análisis, cuyo objetivos no intento desvelar en la presente ocasión. Lo que está claro, porque lo hemos visto muy de cerca, es que el peligro existe. Y que sería de cretinos no aprovechar la lección de las barbas vecinas. Eso es lo que pone a todas los españoles entre e1 sí y el no como formula valedera. Las demás deben de quedar arrumbadas.

Entre el sí y «1 no he querido llenar, en algo más de un par de folios, el poquito de conversación que recomienda la copla. Las dos actitudes me parecen respetables. Pero la de volverse de espaldas al problema, deparando riesgos para todo, sole parece serio si se parte de la base de que puede convertirse en trágico. Pasa coma con el amor. Uno puede decidirse o negarsee. Pero Inhibirse ante el sentimiento resulta triste y desolador. El marqués de Bradomín,, el caballero Casanova. y el señorito Tenorio votaban siempre, aunqne se equivocaban mucho. Y para que no me tachen de frivolo colocaré a la cabeza de los enamorados a San Juan de la Cruz, que no se equivocó nunca, puesto qne fue amante de lo divino. «No olvide usted —me dijo un dio don Eugenio d´Ors— que en la noche oscura del alma, San Juan de la Cruz no es el sereno. Es el borracho.»—J. S y G.

 

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