Guardia civil de tráfico, asesinado en Madrid  :   
 Dos terroristas le dispararon a quemarropa cuando iba a entrar en su casa. 
 ABC.    16/02/1979.  Página: 1, 4. Páginas: 2. Párrafos: 19. 

GUARDIA CIVIL DE TRAFICO, ASESINADO EN MADRID

Dos terroristas le dispararon a quemarropa cuando iba a entrar en su casa

MADRID, (De nuestra Redacción.) Un disparo en la cabeza, hecho a boca/arco y por la espalda, acabó

ayer por la tarde en Madrid con la vida del guardia civil ote Tráfico don Gabriel Cristóbal Vozmediano

Hacia las tres menos cuarto, cuando regresaba de su trabajo y se disponía a entrar en su casa, en la calle

Palantos. 31, dos terroristas que le esperaban en las inmedia-ciones se acercaron a él y le dispararon a

quemarropa. Un impacto de bala le alcanzó en la cabeza y te produjo ¡a muerte. Media hora más tarde

ingresaba, ya cadáver, en la Ciudad Sanitaria Francisco Franco. Frente a la fachada de Pajaritos, 37, habla

sólo dos casquillos de bala «gecco» Parabellum y un gran charco de sangre.

Este nuevo atentado, que se ha cobrado la enésima víctima entre las Fuerzas de Orden Público, ha sido

perpetrado siguiendo un «modus operandi» que se corresponde, con trágica exactitud, con el de todos los

asesinatos a sangre fría cometidos en los últimos tiempos tanto en Madrid o en el País Vasco por

comandos terroristas de ETA o GRAPO: entre otros podemos recordar los del general Ortín, el

magistrado Cruz Cuenca y, el más reciente, el del teniente coronel Borrajo Palacín, perpetrado el

miércoles en Vitoria. En todos los casos la estrategia desarrollada por los asesinos es prácticamente

idéntica: una vez obtenida la máxima información sobre el futuro «blanco» (en muchos casos sin

motivaciones específicas) se estudia con minuciosidad sus pasos y costumbres y un día cualquiera,

cuando viene o va a su trabajo a la hora habitual, junto a la puerta de su domicilio, se le dispara por la

espalda y a quemarropa.

DISPARARON POR LA ESPALDA

Aunque en este caso no ha habido, al parecer, testigos directos del hecho, todos los indicios recogidos a

posteriori apuntan a que el asesinato fue hecho siguiendo la táctica descrita. En suma cabe deducir que era

una acción perfectamente premeditada y planeada hasta sus últimos detalles.

Los asesinos debían saber que el señor Cristóbal Vozmediano acostumbraba a llegar a su casa a comer

casi todos los días pasadas las dos y media, una vez cumplido su servicio. Es probable que le aguardaran,

pasando Inadvertidos, en las inmediaciones, o incluso que le siguieran durante algún trecho. Lo cierto es

que cuando el guardia civil caminaba por ¡a acera siguiendo la fachada del número 31 de la calle Pajaritos

—donde se encuentra el bar llamado El Nido— y estaba a punto de torcer hacia el pequeño callejón que

le conducía a su vivienda, en la parte posterior del edificio, se le acercaron por detrás y le dispararon dos

veces.

Los clientes del bar, una veintena en esos momentos, escucharon las detonaciones, pero, según declararía

nías tarde el dueño, no le dieron importancia, pensando que eran petardos infantiles. Una persona,

probablemente un obrero de un edificio en construcción, contiguo al número 31, salió a la calle al oír los

disparos y vio cómo dos individuos jóvenes, vestidos de marrón, huían a Pie hacia la calle Valderribas,

perpendicular a la de Pajaritos.

Según las primeras estimaciones policiales, es casi seguro que en la citada calle les esperara otro miembro

del comando al rolante de un coche, con el que salieron a toda velocidad hacia la M-30. una vía. fácil para

la huida y a la que lleva directamente la citada calle Valderribas.

VEINTE MINUTOS EN EL SUELO

La primera persona que. sin embargo, llegó Junto a la víctima fue su propia madre, que al escuchar los

disparos —como ella misma manifestaría más tarde— salió a la calle gritando, aun antes de ver lo

sucedido: «¡Ay!, hijo mío, te han asesinado, te han asesinado.»

NACIONAL

EL GUARDIA CIVIL RECIBIÓ UN IMPACTO DE BALA EN LA CABEZA

Al parecer, estuvo tendido en el suelo más de veinte minutos, hasta que llegó un «jeep» de la Policía

El agente Cristóbal Vozmediano se encontraba, al parecer, todavía viro, en medio de un gran charco de

sangre. Había caído insto en Ja esquina del callejón, al lado de un poste de tendido eléctrico, al que, con

toda seguridad, había intentado agarrarse cuando se vio agredido. Inmediatamente después comenzaron a

congregarse numerosas personas de la vecindad, entre otros, clientes del El Nido, cuyo dueño llamó al

091.

Un compañero de la victima se lamen taba horas después en el logar de los hechos de que el cuerpo del

señor Cristóbal hubiera estada tendido en el suelo cerca de veinte minutos, sin que nadie de los presentes

le prestase auxilio. Doña Dolores Vozmediano, madre de la víctima, nos repetiría amargamente la misma

queja en el velatorio de la Ciudad Residencial Francisco Franco.

Lo cierto es que hasta que llegó el «jeep» policial el señor Cristóbal Vozmediano, quien, al parecer,

todavía tenía pulso, no fue trasladado a la Sección de Urgencias de la Ciudad Sanitaria Francisco Franco.

El médico de guardia sólo pudo certificar su defunción e, inmediatamente, el cadáver fue trasladado a los

velatorios. El parte facultativo era absolutamente escueto: «ingresó cadáver».

A la hora de redactar esta información no es pasible precisar si te alcanzaron los dos disparos o sólo uno y

cuál fue exactamente el órgano afectado. Estas incógnitas no se desvelarán hasta que se haya realizado la

autopsia. Por el momento, y a tenor de tes tigres une habían visto e! cadáver, parece que recibió un solo

impacto de bala, que le entró por la naca.

UN HOMBRE AUSTERO

Gabriel Cristóbal tenia cuarenta años y estaba, soltero. Compartía con su madre ana modesta y antigua

vivienda situada, como ya decíamos, en la parte trasera del edificio enclavado en Pajaritos, 31. Según

parece, no tenían otros parientes cercanos y hacían una vida muy familiar y austera.

En el bar El Nido —nos manifestaría e] dueño— sólo se le conocía porque pasaba todos los días por

delante de la puerta, pero nunca había alternado en el establecimiento. Los vecinos nos confirmarían la

impresión: era poco conocido, sólo se le veía en la calle, pero no tenía- relaciones en la vecindad. «Yo te

be visto a veces —nos diría el encargado de Ja obra cercana— jugar al ping-pong o leer en la terraza.}

El señor Cristóbal Vozmediano llevaba, al parecer, adscrito a la Agrupación de Tráfico varios años y

desempeñaba sus servicios en las dependencias y talleres que la Agrupación tiene en la calle del General

Mola. Vivía en la casa de Pajaritos, con su madre, desde hace al menos veinte años.

A media tarde, una de las salas de ta zona de velatorios del Francisco Franco estaba ya repleta 4e

compañeros de la victima, acompañados por sus esposas. Sentada en un banco, doña Dolores

Vozmediano, de unos setenta años, vestida todavía con bata de estar en casa, miraba 4 unos y otros

visiblemente desencajada, pero conservando una extraordinaria entérela. «Hijo mío, qué sola me has

dejado, me quedo sola», repetía una y oirá vez. O también dirigiéndose a alguien que acababa de llegar le

gritaba: «Me lo han matado, los asesinos le tiraron a la nuca. ¡Me han dejado sola!

Mire, señorita, lo han asesinado, mire cómo tengo las manos manchadas de sangre.»

En la sala, algunas esposas de los compañeros de la víctima no podían ocultar el dolor y las lágrimas.

Doña Dolores daría prueba una y otra vez de su entereza. Cuando alguien te dijo que debía de tomarse

una pastilla «para estar tranquilan, la anciana le miró casi ofendida: «Perdone usted, señor, pero yo no

tomo nada. Cuando te asesinan a un hijo na es para querer estar tranquila. No necesito tranquilidad.»

Hacia las cinco y media de la tarde, en una ambulancia de la Guardia Civil, los restas mortales del agente

Cristóbal Voz-mediano fueron trasladados al Hospital Militar Gómez Ulla, donde estaba previsto aue se

le practicara la autopsia.

 

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