Salvar la democracia     
 
 Arriba.    27/05/1979.  Página: 1, 7. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

SALVAR LA DEMOCRACIA

Nuestro propósito aa una convocatoria a la firme determinación colectiva de no ceder anta U agresión

criminal del terrorismo. No calar bajo ntnguiw circunstancia, por indmont» que sea, como ciertamente es

la que estamos viviendo.

No se trata da una convocatoria numantina. que se escriba al dictado de emociones o undla», sino la

conclusión que extremos de aplicar la necesaria frialdad lógica al análisis de los hechos objetivos. Nunca

es tan necesario el autocontrol —da loa individuos y da los grupo» y sectores* sociales— como en estos

coyunturas an que los nervios da la comunidad se ponen dolorosamente a prueba

« SALVAR LA DEMOCRACIA

DECIMOS «no ceder», primero, porque ceder sería la victoria de los terroristas; luego, porque existen

soluciones alternativas, soluciones eficaces, desde la dignidad de un país que no puede ser puesto de

rodillas por unas bandas de forajidos, por fuertes que sean sus respaldos, inmensos sus recursos

financieros y poderosas las manos que mueven los hilos desde la sombra.

ALGÚN día, no muy lejano, desde la plenitud de vivir en una democracia apacible y consolidada —que

es algo que, sin duda, vamos a conseguir entre todos para este país, rompiendo definitivamente la

trayectoria de la España trágica y de su división incivil—, cuando se haga píen» luz sobre los sucesos que

estamos viviendo, aun se estremecerán las gentes y se preguntarán cómo fue posible que unos pocos

hicieran tan angustiosa la convivencia de tantos.

Porque tal es y no otra, en esencia, la división residual que heredamos como triste remedio y última

secuela de las «dos Españas» del pasado: una inmensa, abrumadora, imparable mayoría de españoles que

quieren vivir en paz y en libertad, vivir bien y vivir juntos, respetándose unos a otros, y unas minorías

vandálicas, de los más variados colores y alucinadas seudo ideologías, empecinadas en pasear

sanguinariamente los más terribles espectros de la paranoia política, espectros ajenos a cualquier realidad

de hoy y que sólo perviven en sus mentes enfermas. La instrumentalización de estas minorías —por

quiénes y para qué fines— es otro asunto que habrá de esclarecerse con el paso de! tiempo.

PUES bien, por comprensible y disculpable que sea ceder a la emoción en ocasiones como éstas, las

sociedades desarrolladas necesitan un comportamiento sereno y metódico, única forma de no incurrir

en errores que luego son de costosa reparación. Un pueblo que, como el español, ha hecho un esfuerzo tan

poderoso para la reconciliación interior y para construir pacíficamente una democracia sin privilegios ni

exclusiones no puede permitirse, prácticamente en la meta del camino, irreflexiones autodestructivas.

¿Acaso alguien cree que los criminales matan por simple placer vesánico del crimen? Es obvio que ni en

el más alucinado de los sueños pueden pensar en derrotar físicamente a las Fuerzas Armadas. Está claro,

en consecuencia inevitable, que su objetivo es la provocación.

¿Con qué objetivos? Es triste la comprobación de cómo planteamientos radicalmente antagónicos pueden

coincidir en los medios. Para unos, sacar a! Ejército de sus casillas sería, por sí mismo, el objetivo

consumado, ciegos al callejón sin salida en que introducirían, con ellos, a toda la comunidad española.

Para otros, la prematura decapitación de la vía pacífica a la democracia equivaldría a acelerar cualquier

utópico proyecto revolucionario montado sobre exclusiones violentas y tercermundistas.

Pero la inmensa mayoría de los españoles sabemos que es bueno vivir en libertad: queremos convivir en

libertad, deseamos consolidar un régimen democrático felizmente alcanzado y que se corresponde con el

que disfrutan las naciones de más alto nivel de vida y cultura!. Por eso no podemos ceder. Por eso es

imposible, moralmente injustificable, la rendición. Hay que salvar la democracia.

DESDE el análisis de que afrontamos, no un desafío al Gobierno, no un reto al Ejército, no una

agresión a ¡as derechas ni a las izquierdas, sino una provocación a la fortaleza moral de nuestra sociedad

y un ataque vil a la Constitución y al Estado, se hace inmediata la conclusión de que es precisa una

respuesta colectiva y solidaria: todos con el Gobierno para defender el Estado, para defender la libertad,

para defender la democracia.

Nada más lejos de nuestro ánimo que minusvalorar la gravedad de los hechos acaecidos. Por el contrario,

nuestra opinión es que alcanzan su verdadera dimensión en el marco fríamente razonado del objetivo que

persiguen. ¿Cabe agresión más violenta, propósito más vil que el orientado a privar de sus libertades a un

pueblo entero, a treinta y cinco millones de españoles? Lo que sucede es que, por la misma naturaleza de

la agresión, no es algo que podamos resolver ondeando banderas en la calle ni lanzando gritos irreflexivos

que llaman a una reanimación de la vieja división incivil. Tenemos que dar una respuesta metódica, dura,

firme, profesional, serena, como corresponde a un Estado moderno y a una sociedad desarrollada.

Al tiempo que urgimos a todos los partidos de la legalidad, parlamentarios o no. a cerrar auténticamente,

efectivamente, filas con el Gobierno en este asunto concreto de la defensa del orden constitucional y del

Estado de Derecho frente a la agresión terrorista, creemos también que el Gobierno —sintiéndose asistido

por la opinión y recibiendo el calor de la firme determinación ciudadana de no rendir la democracia recién

conseguida— está en condiciones de dirigir un esfuerzo técnico y económico tan amplio como sea preciso

para acabar con el terrorismo. Más policías, más medios técnicos, mejores dotaciones más perfeccionados

entrenamientos... No importa el esfuerzo, porque la Sociedad española tiene ideas el? ras en este asunto.

Podemos y debemos permitirnos el coste qup sea necesario para defender la libertad. Reclamada por

nuestra dignidad como hombres y como pueblo, tal es, ahora la inversión prioritaria.

Domingo 27 mayo 1979

 

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