Autor: Páez, Cristóbal. 
   Enterrar palabras     
 
 Arriba.    28/12/1978.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 2. 

Enterrar palabras

Se utiliza correctamente la herramienta del lenguaje este paso la autoridad

competente tendrá que dejarnos a todos cuantos escribimos para el público, que,

para

empezar, nos proveamos os la oportuna licencia de uso de palabras. En los

tiempos políticos

que corren se denuncia como una cierta morosa proclividad a manipular

Imprudentemente la

concreta significación de cuatro o cinco palabras que, a veces, son como tantas

otras

alfombras mágicas, voladoras, que nos trasladan a una etapa pretérita de la vida

española.

Dichas palabras las emplean usualmente los extremistas y, con más frecuencia que

la que sería

deseable, quienes dicen militan en una zona templada, propicia al entendimiento

y a la

convivencia plural ideológica.

Al cuento, a la enormidad de que eran rojos todos los que no comulgaban con el

régimen, le

está sucediendo el cuento; la enormidad de que son fascistas todos aquellos que

no han sido

clasificados y reconocidos por la denominada «oposición democrática». Lo cual es

como para

enloquecer. Primero, porque aquí el fascista ha sido un espécimen raro y, en

general,

difícilmente homologable con uno cualesquiera de los millones de italianos que

se identificaron

plenamente con Mussoliní, o de los millones de alemanes que obedecieron

ciegamente a Hitler.

Tildar de fascistas a quienes se titularon con la concepción humanística de José

Antonio Primo

de Rivera y su noble intento de hallar una «tercera vía* superadora del

capitalismo y el

marxismo constituye, o una mentira, o una falta de rigor intelectual, o un afán

de agraviar

gratuitamente a quienes, por encima de todas las cosas, defienden y aman la

libertad y la

dignidad del nombre. Motejar de fascistas a todos aquellos que sirvieron al

Régimen de Franco

es desconocer la simple y luminosa realidad histórica de los últimos cuarenta

años. Así, por

ejemplo —y vamos a los caeos concretos—, los actuales y distinguidos miembros de

la

oposición democrática, lo» señores Ruiz-Giménez, ex Ministro, y Fernández

Ordoñez, ex

Subsecretario, no son dos ex fascistas. Ninguno de ellos necesitó de un «camino

de

Damasco» para abjurar del fascismo y convertirse a la fe democrática. Eran ya

demócratas por

constitución moral cuando sirvieron en un Gobierno franquista. Y estos casos

personales no

son de por si la excepción que testimonia la existencia de una regla general

indemostrable en

un régimen de autoridad personal, generado por el hecho excepcional de una

contienda civil;

Régimen que, pese a todo genero de severos juicios que quieran hacérsele, ha

sido capaz de

crear la infraestructura socio-económica necesaria para, que la España de hoy no

tenga que

mirar a la guerra fratricida como solución de sus problemas o como última ratio

de sus

tensiones y sus diferencias. La guerra civil de 1936-39 cerrará, si Dios quiere,

el capítulo

sangriento y desesperado de nuestras luchas intestinas: pesadilla y calamidad de

uno de los

peores siglos de nuestra historia. Ya es hora de decirlo sin que nos importe o

nos asuste la

moda. Si nosotros —algunos de nosotros— preferimos Irracionalmente vivir en la

mentira,

pase; pero no se la leguemos a nuestros hijos como una sórdida herencia que

ellos no se

merecen. Todos, todos, rojos y blancos, fascistas y comunistas, cruzados y

demonios, estamos

obligados a tragarnos limpiamente, sin ascos, las verdades como puños que todos

y cada uno

llevamos en el macuto. Si se han forjado dos generaciones libres de guerra por

primera vez en

la crónica general de este pueblo, desde Indívil y Mandonio, mal haríamos en

comenzar ahora,

a título de sucedáneo, una ridícula guerra de palabras. Vamos a liquidar, con un

responso de

buena te, con una decisión de hombría, las viejas herramientas lingüísticas

arrojadizas, los

desabridos y fiambres tópicos de ayer. Fascista y rojo, por ejemplo, están

pidiendo a gritos el

beneficio de la jubilación. Son dos vocablos muertos e insepultos que aspiran a

la fosa común.

Vamos a sacárnoslos del caletre como el que se quita un tumor maligno del

cerebro; vamos a

enterrarlos y que descansen en paz, si pueden.

Cristóbal PAEZ

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