Don Carrillo     
 
 Diario 16.    23/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Don Carrillo

Por primera vez en la historia reciente de este oaís la Prensa corre menos peligros que el Gobierno. Hasta

ahora estábamos acostumbrados a lecuestros sin fin, amenazas de clausuras, suspensión, multas y

sanciones de todo tipo, mientras *jue el Gobierno vagaba sobre las altas esferas de ía historia

imperturbable, omnipotente y feliz.

Pero en cuanto un Gobierno español empezó tímidamente a demoler la dictadura, no gana para sustos,

provocaciones, disgustos y desgracias. El presidente del Consejo de Estado sigue encerrado en ese castillo

de irás y no volverás inventado por el sospechoso GRAPO, y vaya usted a saber cuándo decidirán esos

provocadores soltarlo. El presidente de las Cortes a punto estuvo de cosechar paraguazos y empellones

como si se tratara de un izquierdista famoso. La Policía, que durante cuarenta años fue uno de los más

disciplinados instrumentos de la dictadura, da ahora en rebelarse contra el primer Gobierno español que

quiere imponer la libertad por .estas tierras. Y, por fin, don Santiago Carrillo, el Pimpinela colorado de

esta España posfranquista, da con sus huesos en la cárcel y da, con ello, un nuevo disgusto al Gobierno,

¿Qué hacer ahora con Carrillo? Si no fuera por el sospechosísimo GRAPO, el Gobierno estaría en

condiciones, después de recibir el casi unánime: mandato para la libertad en cl referéndum, de dejar a

Carrillo libre sin más problemas. Pero con los ultras enloquecidos gracias, a la provocación, con

galardones, alcázares y torcuatas llamando casi casi a guerra santa, el tema Carrillo se complica

extraordinariamente.

No se le puede juzgar por supuestos crímenes de guerra que, después de tantos años, hubieran prescrito

hasta en la Uganda de Idi Amin. No se le puede juzgar por pertenecer al Partido Comunista cuando todos

los líderes comunistas andan tan lindamente por las calles de Madrid.

Carrillo se la ha buscado. Eso sí parece cierto. Con su peculiar estrategia de forzar la legalidad hasta

lograr que el Partido Comunista sea un partido más en la España moderna, antes o después tenía que darse

de manos con la Policía. Pero no hay jurista civilizado que pueda encontrar delito en pasearse por las

calles de Madrid con la ideología que a uno le dé la gana.

 

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