Necesidad de un consenso nacional     
 
 El País.    17/06/1977.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, viernes 17 de junio de 1977

DIARIO INDEPENDIENTE DE LA MAÑANA

Necesidad de un consenso nacional

EL RESULTADO de las elecciones generales a Cortes sitúa a la cabeza de las formaciones políticas

nacionales a la Unión de Centro Democrático y al Partido Socialista Obrero Español. Se podría decir que

Adolfo Suárez ha ganado la carrera; pero en realidad el gran triunfador de la jornada ha sido Felipe

González. También hay que incluir entre las opciones bien situadas a las que, en Cataluña y Euskadi. han

defendido la autonomía.

Y cabe asimismo una reflexión inicial. Cuando, en el primer estallido de la libertad en España, se

multiplicaron los partidos y los min i partidos, los grupos y grupúsculos de toda índole, los enemigos más

o menos disfrazados de la democracia se frotaban las manos. «¿Ven ustedes —parecían decir cómo

España es un país ingobernable, no preparado para la democracia? Ya lo decíamos nosotros.» La realidad

del escrutinio ha arrasado estos esquemas y estas coartadas prefabricadas. El sereno veredicto del pueblo

ha dejado sólo dos grandes formaciones, y unos pocos partidos más representativos a nivel nacional. El

peligro tal vez pueda ser otro: el de la división del país en dos. Ello es lo que ahora hay que evitar a toda

costa.

El éxito de la UCD y el PSOE ha ocasionado asi la pérdida de posiciones de sus competidores directos.

La victoria del partido gubernamental ha barrido del escenario a la Federación Demócrata Cristiana,

encabezada por los señores Ruíz-Giménez y Gil-Robles. El impetuoso avance del PSOE ha perjudicado

gravemente al PSP y sus aliados, además de pulverizar al llamado PSOE histórico. Por lo demás, el PCE

no ha conseguido rebasar, fuera de Cataluña, las fronteras de su clientela ideológica. El voto

genéricamente democrático y antigubernamental, al que también aspiraban los comunistas, ha ido

mayoótariamente hacia el PSOE.

Pero el mayor derrotado de la jornada es, sin duda. Alianza Popular. Una coalición que fue creada el

pasado mes de septiembre, precisamente con la pretensión de querer ganar estas elecciones por mayoría

absoluta. La espectacular derrota de la coalición encabezada por el señor Fraga linda con la catástrofe. Y

es la más importante lección que se puede extraer de los comicios celebrados anteayer.

La voluntad de los electores ha mostrado hasta qué punto eran infundadas y fantásticas las esperanzas de

los ex ministros de Franco, quienes, en la soledad y adulación del Poder, confundieron el silencio de los

ciudadanos, provocado por la represión y el amedrentamiento, con la adhesión política. Evidentemente,

por una vez quien callaba lo hfccía a la fuerza, no porque otorgara. Los comicios del 15 de junio

proyectan una nueva luz sobre las cuatro décadas que nos anteceden. El franquismo pertenece ya a la

historia. El país debe olvidar los espectros del pasado y afrontar resueltamente su futuro.

Y evidentemente los dos grandes protagonistas de nuestro futuro inmediato son la UCD y el PSOE, que

han contraído una grave responsabilidad ante un electorado que les ha respaldado masivamente. Y es que

las tareas y problemas que debe afrontar España no podrán ser resueltos sin una colaboración entre esas

dos formaciones políticas. La ley de Reforma no puede ya ser tomada al pie de la letra para la designación

del presidente del Gobierno. Tras las elecciones, el señor Suárez necesitará, para seguir en su puesto, no

sólo la confianza del Rey, sino también el refrendo de la mayoría de las Cortes. Las monarquías

parlamentarias descansan sobre usos constitucionales que en ocasiones no han sido formalizados por

escrito. Ahora bien, es un hecho que la UCD no dispone de la mayoría absoluta ni en el Congreso de

Diputados, que es la Cámara donde mejor se expresa la soberanía popular, ni en el Senado. Pero hay más.

Ni siquiera una hipotética mayoría absoluta habría permitido a la UCD afrontar en solitario el temible

tramo de reformas constitucionales y medidas de urgencia que ahora se inicia, con una oposición tan

sólida y unida como la que representan los diputados y senadores de un solo partido: el PSOE.

Las correcciones a la proporcionalidad en el Congreso y el sistema mayorítario en el Senado han

premiado, además, a la UCD con un número de escaños proporcionalmente niayor que kw sufragios

recibidos. La distancia entre la UCD y el PSOE debe medirse por los votos recibidos en las elecciones al

Congreso de Diputados, y no por el número de escaños que ocupen en la Cámara Baja y en e) Senado. Y

ese cómputo enseña que un tanto por ciento exacto de los españoles apoya al partido del presidente

Suárez y un tanto por ciento no menos concreto al partido de Felipe González.

Por otra parte, si la ventaja de la UCD sobre el PSOE se contabiliza indiscriminadamente a escala

nacional el resultado puede ser engañoso. En las zonas rurales, la pe rv i vencía del caciquismo, la

influencia de tos delegados gubernativos y la información escasa o tergiversada facilitan el voto ciego a

favor del Gobierno: en las grandes capitales y en las áreas más desarrolladas se dan condiciones

infinitamente mejores para un sufragio libre y ponderado.

Aunque los resultados globales de toda la Península puedan crear el espejismo de un menguado éxito

gubernamental, el voto de los ciudadanos de los más importantes núcleos urbanos y de las regiones más

adelantadas han reducido la ventaja favorable a la UCD o incluso han invertido esa relación en beneficio

de! PSOE.

En cualquier caso, parece evidente que las clientelas electorales de la UCD y el PSOE, separadas en

muchas e importantes cuestiones, tienen al menos un punto común. Estas dos formaciones políticas han

recibido el respaldo de la parte de la sociedad española, ampliamente mayorilaría, que desea el cambio y

que desecha cualquier solución que signifique la prolongación del franquismo institucional. Esta

homogeneidad que deriva de la voluntad de cambio hace indispensable un acuerdo en profundidad entre

la UCD y el PSOE. Seria imposible que las nuevas Cortes —cuya misión debe ser sobre todo

constituyente y para dejar paso cuanto antes a la convocatoria de nuevas elecciones legislativas

celebradas bajo la nueva normativa y en un clima de libertad real— hicieran frente a sus tareas sin una

amplia mayoría parlamentaria, representativa de las grandes fuerzas sociales del país, capaz de consolidar

la democracia.

Cuatro son las cuestiones cruciales que se inscriben en el orden del día de las nuevas Cortes: la redacción

de una Constitución, la negociación de los estatutos de autonomía con —por lo pronto— Cataluña y

Euskadí, la aprobación de un plan económico de urgencia cuyas cargas estén equitativamente distribuidas

entre toda la población, y la renovación de la vida provincial y local mediante la urgente convocatoria de

elecciones municipales. Este acuerdo podría quedar fortalecido mediante la entrada en el Gobierno de

representantes del PSOE, pero no cabe ignorar que los obstáculos para una coalición de este género son

serios y tal vez insuperables: el deseo del señor Suárez de formar un gobierno monocolor y las reticencias

del PSOE, vistas las sombrías perspectivas de nuestra economía, a asumir responsabilidades de ese tipo.

Por lo demás, !a UCD va a tener que decidir, en breve plazo, si continúa siendo, como hasta ahora, un

heterogéneo conglomerado de grupos e ideologías o si se estructura como un partido con pensamiento y

disciplina propios. No parece arriesgado apostar por la segunda posibilidad, ya que tanto los hombres del

presidente como algunos líderes del antiguo Centro Democrático se han pronunciado a favor de la

transformación de la alianza electoral en partido gubernamental. Mayores problemas aguardan al PSOE.

Por un lado, los sufragios que se han emitido a su favor encierran, en proporciones imposibles de

adivinar, dos tipos distintos de compromisos y lealtades: el voto ideológico, socialista, y el voto

democrático, puramente político. Es de suponer que esta heterogeneidad del apoyo electoral creará serías

tensiones tanto en el seno de esa clientela como en sus relaciones con el partido. Pero hay más. El peso

fundamental de la campaña electoral del PSOE ha recaído sobre las espaldas de su primer secretario,

Felipe González, cuya figura ha eclipsado al resto de sus compañeros. Queda por despejar la incógnita de

si el PSOE cuenta con la potencia de organización, cuadros cualificados, militancia de base, coherencia y

disciplina que le exige su electorado. Porque el PSOE debe convertirse en el gran partido todavía no lo es

que sus votantes, y el país entero, necesitan.

 

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