Autor: O´Brien, Conor Cruise. 
 Reflexiones sobre la violencia. 
 Violencia política     
 
 El País.    02/01/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

Violencia política

TRIBUNA LIBRE / REFLEXIONES SOBRE LA VIOLENCIA

CONOR CRUISE O´BRIEN

He leído recientemente unos cuantos trabajos científicos sobre este tema y otros asuntos con él

relacionados —terrorismo, guerrilla, etcétera— y me ha chocado sobremanera el tono de frialdad, de

desapasionamiento clínico, de algunos de ellos. Parece como si los autores tomasen una posición de

neutralidad —o algo muy parecido— ante el enfrentamiento del Estado democrático y sus enemigos

internos armados. Yo no puedo adoptar semejante actitud. Estoy comprometido, tanto por mis

convicciones personales como por las responsabilidades que comparto, con la idea de que las

conspiraciones armadas contra el Estado democrático nos amenazan con una vuelta a la barbarie, y que el

Estado democrático tiene el deber de defender la civilización contra esas conspiraciones por todos los

medios, excepto aquellos cuya utilización implicaría la caída en la barbarie.

Me limito, intencionadamente, a la consideración de la violencia política en condiciones de democracia,

porque creo que es el aspecto que más nos concierne. Creo también que no tiene sentido discutir si las

gentes que viven bajo una dictadura militar —que ya es en sí una forma de conspiración armada deberían

preparar o no otra conspiración armada con el fin de derrocar a la que detenta el poder. En éste caso

habría que tener en cuenta el cálculo de los costes humanos que esto acarrearía y la probabilidad de que la

nueva conspiración represente una mejora en relación con la anterior. La defensa de la democracia es una

cuestión muy diferente y permite, creo, un juicio más seguro.

Al hablar de defensa de la democracia no estoy defendiendo, obviamente, aquellas guerras coloniales

emprendidas, por países democráticos donde la democracia era para consumo interno y no para la

exportación. La guerra de Vietnam, por ejemplo, fue una negación, no una aserción, de los valores

democráticos. Pero incluso en plena guerra la existencia de la democracia en Estados Unidos seguía

siendo un hecho muy positivo que posibilitaba el movimiento de protesta contra la guerra, lo que

posiblemente contribuyó a que terminase.

No tengo ningún inconveniente en admitir, evidentemente, que la defensa del Estado contra los terroristas

implica un cierto tipo de violencia política, es decir, violencia utilizada en defensa de un sistema político

contra las personas que intentan sustituirlo por otro por medios violentos. Personalmente, prefería seguir

utilizando la vieja terminología que definía como «fuerza» la violencia utilizada por el Estado y reservaba

el término más peyorativo para las actividades de los enemigos del Estado. Pero no soy de los que se

entretienen lucubrando sobre el sentido de las palabras, y afirmo que un tiro sigue siendo un tiro, sea cual

sea la abstracción que se utilice para cubrirlo.

El pacifista total tiene que rechazar, obviamente, la violencia del Estado, así como la de sus enemigos,

tanto internos como externos. Es esta una posición religiosa: también es una posición anarquista. Sería

absolutamente admirable que los seres humanos hubiesen alcanzado ya un estadio en que poder vivir

juntos y en paz, sin necesidad de coerción alguna. No es esta la situación actual, ni tampoco parece

probable llegar a ella en los próximos cien años. En las condiciones actuales, el desarme del Estado

llevaría a su disolución, a la distribución del poder entre grupos dispuestos a usar la violencia y,

probablemente, a una intervención externa. Todo ello, en conjunto, implicaría una mayor violencia que la

que representa la coerción normal del aparato estatal, cuya función es hacer cumplir las leyes.

Posiblemente, un pacifista religioso convencido estaría dispuesto a aceptar incluso estas consecuencias,

pero la gente corriente no lo está.

La fuerza del Estado

Es muy cierto que los Estados democráticos y los Estados del bienestar (welfare state) y sus estructuras

legales conservan y defienden instituciones y prácticas que implican desigualdades muy sustanciales,

tanto en lo tocante a gratificaciones como a oportunidades. Como quiera que el Estado está dispuesto a

defender esas desigualdades por la fuerza, si ello fuese necesario, la totalidad de este sistema se define

como el de la violencia institucionalizada. Como descripción tiene esta expresión una validez muy

limitada. La violencia institucionalizada es un elemento necesario de todo Estado organizado, ya que sin

la posibilidad de disponer de ella cualquier tipo de Estado se desintegraría. Pero aquellos que más utilizan

esa expresión parecen ignorar el hecho de que la institucionalización de la violencia en el marco de un

sistema democrático es la manera más responsable de que disponemos para refrenar la violencia. Las

instituciones democráticas pueden ser modificadas por medios no violentos; el uso de la violencia por el

Estado democrático está sujeto al control y la crítica, y los abusos pueden ser castigados y corregidos.

Nada de ello funciona a la perfección, pero sí funciona en cierta medida, y este tipo de limitaciones no se

aplican en absoluto a otros usos de la violencia, ya sea la empleada por Estados no democráticos, ya sea la

utilizada por las organizaciones terroristas.

Aquellos que más usan la expresión «violencia institucionalizada» parecen a menudo sugerir dos cosas:

primera, que su existencia justifica la violencia no institucional, es decir, el terrorismo, y segunda, que la

violencia del terrorista está encaminada a establecer una situación en la que la violencia institucional

dejara de existir. No sé de prueba alguna que corrobore esta hipótesis, pero sí conozco algunas bastante

impresionantes que la invalidan: tanto Stalin como Hitler utilizaron el terror para llegar a controlar un

terror muchísimo más grande. Si la gente dispuesta a utilizar la violencia para alcanzar sus objetivos

realmente los consigue, no hay absolutamente ninguna razón que nos haga suponer que no estarán

dispuestos a seguir utilizando la violencia para seguir saliéndose con la suya; es decir, si el Estado

democrático es desmantelado, la violencia institucional seguirá utilizándose: lo que habrá desaparecido es

el sistema democrático y sus defensas.

En algunos comentarios izquierdistas sobre algunas formas actuales de terrorismo podemos ver una

romántica presunción favorable al terrorista. Como quiera que es una persona dispuesta a jugarse la vida,

así como a disponer de la del prójimo, se le supone una excepcional generosidad, es decir, un hombre que

pone su causa por encima de sus intereses personales. Esta presunción tiende a su vez a generar unas

ideas vagamente favorables en torno a los méritos de la causa en cuestión; pero, en realidad, la propia

presunción es injustificable. Lo único que sabemos con certeza del terrorista es lo que hace y lo que dice.

Lo que hace es matar gente, lo que dice es que él mata para alcanzar determinadas metas políticas, pero

no hay razón por la que tengamos que dar crédito a lo que dice. El puede estar trabajando para conseguir

algún objetivo político o puede estar trabajando bajo una bandera política por objetivos y fines

esencialmente personales. La vida de un terrorista, por muchos riesgos que implique, tiene sus

recompensas. Entre ellas podemos mencionar el poder —el poder que surge del cañón de la pistola—, un

cierto tipo de hechizo y prestigio, dinero y una gran libertad, sin las limitaciones de las rutinas y

obligaciones cotidianas. Para algunas personas esta combinación puede ser lo suficientemente atractiva

como para hacerles querer continuar sus actividades terroristas, aunque sepan que sus objetivos políticos

declarados son inalcanzables. Pero, evidentemente, el hecho de considerar esos objetivos como

alcanzables también representa un papel atractivo en el futuro para el terrorista, como ocurrió en los casos

de Stalin y Hitler.

Altruismo terrorista

Estas motivaciones que achaco a los terroristas son solamente especulaciones, pero, con toda seguridad,

no son más fantasiosas —creo que son bastante más probables— que la idea de que los terroristas son

excepcionalmente generosos, altruistas o, para usar la palabra favorita de sus admiradores, «entregados»,

«dedicados». Dedicados, entregados, ¿a qué?

Lo único desacostumbrado que sabemos con certeza sobre el terrorista —lo que lo diferencia claramente

del resto de los hombres— es su desusada propensión a atemorizar, hacer daño y matar a la gente. Esto,

en sí, no es una garantía de generosidad: hay personas a las que les gusta matar, atemorizar y hacer daño a

otras personas, y a las que también les gustan las recompensas, más o menos tangibles, que se derivan de

su capacidad de atemorizar, hacer daño y matar. Querría, por tanto, insistir en que las presunciones en

favor del terrorista son innecesarias y que es más razonable considerarlo, como hace la mayoría de la

gente, como una amenaza a la sociedad que es importante eliminar. El concepto romántico del terrorista,

aparte de estar completamente injustificado, es un obstáculo para dicha eliminación y, por ello, es

importante combatir esa idea.

Fuerza democrática

La democracia concede a sus enemigos un campo de acción mucho más amplio que cualquier otro

sistema de gobierno. Esa es la naturaleza de la democracia y ahí radica su fuerza. El terrorista,

naturalmente, aprovecha a fondo esas ventajas y especialmente obtiene un gran apoyo de su peculiar

relación con los medios de comunicación de masas. La violencia es noticia: cuanto mayor es la salvajada,

mayor es la publicidad. Para los terroristas que actúan en estas condiciones la publicidad es una parte

esencial del juego. A muchos les resulta altamente placentero el ser objeto de esa publicidad, pero además

sirve también para conseguir objetivos prácticos. Por ejemplo,, les ayuda a recolectar fondos: la campaña

del IRA provisional no hubiese podido durar tanto tiempo sin el dinero que les han mandado de Estados

Unidos, como consecuencia de la publicidad dada a sus hazañas. También esta publicidad favorece el

reclutamiento y tiende a extender por la sociedad una atmósfera de miedo que a menudo puede ser útil en

las operaciones terroristas.

Las fuerzas de seguridad, la policía, con el Ejército en reserva, están, obviamente, en primera línea en la

lucha contra el terrorismo antidemocrático. La victoria en esa lucha depende del grado en que la sociedad

en su conjunto considera al terrorista como un enemigo y también del número de personas dispuestas a

correr, por lo menos, algunos riesgos para combatir el terrorismo. Estos factores varían mucho según las

condiciones de cada país. En mi propio país, Irlanda, por ejemplo, la romántica interpretación de la

historia, predominante en amplísimos sectores de población, ha favorecido notablemente el reclutamiento

del IRA. Combatir esa interpretación de la historia es, por tanto, una parte muy significativa de la lucha

contra el IRA, y podemos decir que ya se ha progresado en este terreno.

La responsabilidad de los medios de comunicación de masas en el asunto del terrorismo es un tema

extraordinariamente complejo. Por un lado, es cierto que los terroristas utilizan a conciencia la libertad de

los medios de comunicación de masas en su intento de destrozar el único tipo de Estado que hace posibles

esas libertades. Al mismo tiempo, un teórico brasileño del terrorismo sostiene que uno de los objetivos de

los terroristas es obligar al Estado democrático a reprimir estas y otras libertades para de ese modo

convertirlo en algo repelente, tanto que la causa defendida por los terroristas llegue a ser preferible.

La teoría brasileña, creo, es quizá un poco exagerada, pero el problema de tener que defender la

democracia limitando algunas de sus libertades es, sin duda, un problema muy real. El pedir a los medios

de comunicación de masas unas restricciones voluntarias sería probablemente inútil. La libertad de Prensa

abarca también la libertad del sensacionalismo, y en la economía de mercado el tratamiento

sensacionalista de la violencia siempre encuentra compradores entusiastas. Quizá sea mejor vivir con

esto, aunque no estoy seguro de ello, que tratar de reprimir esta libertad, excepto en el campo de la radio,

en el que ya existen, en cierto grado, regulaciones estatales.

Para una democracia, la mejor manera de ocuparse de lo que se ha dado en llamar violencia política es

separar su aparente carácter político y concentrarse en su aspecto criminal en tanto que conspiración

armada. Esto implica un compacto rechazo de cualquier tipo de negociación con los conspiradores, de

rechazo de cualquiera de sus demandas o de negativa a tener el más mínimo contacto con ellos, excepto,

obviamente, los que pueden ser necesarios para su captura o eliminación y para la protección de aquellos

a quienes amenazan. Quizá se alegue que la fundación del Estado irlandés, de cuyo Gobierno soy

miembro, proporciona un ejemplo que contradice la anterior argumentación, ya que se puede afirmar que

dicho Estado fue creado a través de una negociación con terroristas del IRA. Este razonamiento se salta a

la torera el hecho de que los hombres con los que negoció Lloyd George en 1921 tenían un mandato

democrático de una gran mayoría de la población del nuevo Estado — no un mandato para la violencia,

sino un mandato para negociar.

En la actualidad no hay ningún grupo de terroristas que actúe en estas islas que tenga un mandato

democrático de ningún tipo. Cualquier tipo de negociación con cualquiera de ellos sería una simple

capitulación ante la violencia desnuda de grupos pequeños y no representativos. Dadas estas condiciones,

debemos desanimar a los mediadores de buena voluntad; los mediadores proporcionan a los terroristas

prestigio y ánimos, les alivian la presión ejercida sobre ellos y les dan tiempo a reagruparse; al Estado

democrático —de no ser que esté dispuesto a capitular completamente— le proporciona solamente un

momento de calma, que irá seguido de una salvaje reanudación del terror. No hay, finalmente, otra

manera de derrotar al terrorista que la de convencerlo a él, y sobre todo a todos sus amigos y

simpatizantes financieros, de que no tiene la más mínima posibilidad de alcanzar sus objetivos, de salirse

con la suya. Esto puede tomar mucho tiempo y puede también acarrear nuevos sufrimientos y muertes,

pero puede y tiene que hacerse para evitar las consecuencias mucho más desastrosas que se derivan del

hecho que una democracia vacile ante las amenazas del terrorismo.

Conor Cruise O´Brien, socialdemócrata irlandés, fue en 1961 responsable de la «Operación Katanga»,

dirigida a cumplir la resolución de las Naciones Unidas sobre dicha provincia congoleña. El Consejo de

Seguridad de la ONU autorizaba a O´Brien a «utilizar la fuerza si fuese necesario como último recurso».

La fuerza fue utilizada en aquella ocasión. Durante la década de los setenta fue elegido miembro del

Parlamento irlandés y participó en el Gobierno de Irlanda como ministro de Comunicaciones.

Actualmente es director de The Observer. Ha publicado libros, artículos y dictado conferencias sobre el

tema de la violencia en la política.

 

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