El PP nos quiere gobernar     
 
 Diario 16.    07/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 2. 

El PP no quiere gobernar

El Partido Popular acaba de celebrar su I Congreso cuya clausura ha sido, al mismo tiempo, la afirmación

pública del Centro Democrático que ya se perfila como el gran peso pesado de la próxima contienda

electoral. En esa amplia coalición electoral - a la que parece razonable atribuir un porcentaje de votos

entre el 30 y el 40 por 100 - el Partido Popular representa el centroderecha. De alguna manera puede

decirse que esta opción es nueva en la historia política de nuestro país, pues su base sociológica está

potencialmente formada por los sectores profesionales y de las clases medias potenciados cuando no

nacidos como consecuencia de la industrialización y por las franjas más dinámicas del empresariado

aparecidas también en los últimos decenios.

En momento en que todavía tiene vigencia la dialéctica franquismo-democracia, el papel y la función del

Partido Popular están claros: se trata de contribuir con todas las otras fuerzas democráticas a establecer y

consolidar unas nuevas estructuras políticas que garanticen la libertad y ese pluralismo que el presidente

del partido, Pío Cabanillas, ha señalado como principio básico de su línea política. Es, pues, bien patente

quiénes son en esta fase los aliados del Partido Popular y también quién es el adversario a abatir. El

continuismo franquista de Alianza Popular es el gran contrincante del nuevo partido sobre todo porque

intentará dirigirse a la misma clientela explotando los manidos temas de la paz y el orden público e

intentando beneficiarse del malestar e incluso del miedo provocado por el terrorismo.

Cuando la democracia sea una realidad y el franquismo quede reducido a un fenómeno político residual el

Partido Popular se convertirá en el núcleo de una derecha moderna, de esa "derecha civilizada"

preconizada tantas veces por el nuevo vicepresidente del partido, José María de Areilza, y que en esta

tierra nuestra es un fenómeno inédito. Ha abundado por aquí una derecha montaraz y reaccionaria, con la

obsesión del autoritarismo y sin más objetivo que la defensa de los privilegios oligárquicos. Pero ha

faltado una derecha de raíz liberal, racionalmente conservadora y moderadamente progresista al estilo de

lo que en Francia representan los giscardianos. Ese espacio político es el que puede ocupar el Partido

Popular, mientras los vestigios de la dictadura es de suponer que cada vez más pierdan pie en una

situación política a la que nada tienen que aportar.

 

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