Autor: Blanco Tobío, Manuel. 
   Bipartidismo     
 
 ABC.    21/06/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

BIPARTIDISMO

CREO que todos los españoles hemos de felicitarnos por el alumbramiento de una democracia que nos

ha llegado sin drama y sin fraude. Es evidente que este éxito lo ha sido de nuestro pueblo, tantas

veces desdeñado por la clase política; un pueblo que aspira a no singularizarse en una ilustre área

geográfica, la Europa occidental, donde tras tantas guerras y revoluciones parece haberse instalado

perdurablemente un sistema político inventado por los griegos contemporáneos de Pericles, y

«reciclado» en el siglo XVIII por una admirable generación de filósofos y humanistas ingleses y

franceses.

Existían o se temían con cierta lógica histórica diversos obstáculos que podrían estorbar e incluso abortar

el proceso de democratización. Contábamos entre ellos el exceso de partidos políticos, cuyo número sobre

el papel (más de 400) llegó a ser alarmante. Por un momento pareció que los españoles no habíamos

aprendido nada y que generábamos espontáneamente todos nuestros vicios nacionales. Aquí mismo

escribimos que si el general De Gaulle se preguntaba un día con perplejidad cómo se podía gobernar a un

país, Francia, que fabricaba más de 300 variedades de queso, cómo podríamos gobernarnos nosotros con

más de 300 partidos políticos en la arena electoral.

Ese peligro de patológica proliferación de partidos ha sido afortunadamente conjurado. Pese a nuestras

presuntas inclinaciones hacía la fragmentación y el divismo, y pese al sistema proporcional adoptado para

el Congreso de diputados, de las juntas electorales han emergido sólo dos grandes fuerzas políticas,

U.C.D y P. S. O. E., cuyas ideologías y líderes tienen una fisonomía distinta y reconocible. Es más: Tanto

el ámbito del U. C. D. como el del Partido Socialista Obrero Español son ampliables a la derecha como a

la izquierda de ambos, creando así una zona franca para operaciones de aritmética parlamentaria,

indispensable para gobernar.

Vengo a decir con todo esto que la, en cierto modo, inesperada cristalización del sufragio en dos grandes

fuerzas políticas ha europeizado literalmente la democracia que salió de las urnas del 15 de junio. Así lo

dejo escrito, porque la democracia europea más próxima a nuestra área y - ¿por qué no anotarlo? - a

nuestra experiencia democrática, corta y turbulenta en el pasado, pero de indudable factura europea, es

predominantemente bipartidista.

No he comprendido a quien días pasados escribía sobre los temores que le inspiraba una bipolaridad en la

distribución de agrupaciones políticas, correlativa a una partición del país por gala en dos. Pienso, por el

contrario, que lo verdaderamente temible era el pluripartidismo. A cuenta de él han naufragado bastantes

democracias, haciéndolas ingobernables desde el Parlamento. En cambio la Historia nos enseña que las

democracias más estables (en especial, las anglosajonas) son aquellas que articulan el juego democrático

sobre el clásico «turno pacífico» de dos partidos alternantes en el Poder. En nuestro tiempo, los ejemplos

de los Estados Unidos, el Reino Unido y la República Federal Alemana son argumentos bastante

consistentes a favor del bipartidismo.

Añadamos de seguido que el bipartidismo favorece el papel de la oposición, singularizándola en un

partido con capacidad de alternativa de poder, y no olvidemos que no hay democracia sin oposición

verdadera.

Si nuestros argumentos sobre el bipartidismo fuesen objetados como de difícil asimilación por nuestro

metabolismo político podríamos sugerir un «test» al que estamos particularmente habituados en nuestro

país: El que distingue entre la España real y las Españas imaginadas: ¿Qué refleja con más fidelidad el

Estado de la actual sociedad española, un pluripartidismo que nos autorizaría a hablar de múltiples

Españas, o un bipartidismo como el que han consagrado las urnas del 15 de junio? Yo no abrigo dudas al

respecto. La distribución de fuerzas políticas que tendremos en ambas Cámaras acusan una perceptible

correlación con el espectro sociológico de nuestra sociedad, e incluso con lo que hemos tenido siempre

como constantes históricas de nuestro país.

Sin reparar demasiado en la semántica al uso podemos hablar de un Centro Democrático de composición

e inspiración conservadora, homologarle con el conservadurismo «tory» británico, que hace años ha

dejado de ser un partido de clase, y podemos hablar de un Partido Socialista Obrero Español igualmente

homologable con varios partidos socialistas europeos, o incluso socialdemócratas. El U. C. D. es hoy un

«rassemblement» de una extensa clase media y profesional, acrecentada por el desarrollo económico y las

oportunidades educacionales, y el P. S. O. E. continúa siendo el partido favorito de la clase obrera

española, que al igual que sus parientes europeas está saliendo del proletariado y de las tentaciones

revolucionarias, partiendo de la lucha de clases.

Todo esto, repito, es homologable con Europa, y hasta me atrevería a decir, con los más atractivos

modelos europeos, pues por fortuna y si las tendencias presentes se confirman en el futuro parece que

podemos alejarnos de los modelos mediterráneos, italiano y francés, con graves lastres, ambos,

inestabilizadores, y con el eurocomunismo llamando a las puertas de la ciudad. Para completar el modelo

«Norte» en el que la fortuna nos ha colocado, en nuestro Parlamento habrá ciertas opciones, minoritarias,

que van de A. P. a Partido Socialista Popular que, llegado el caso, podrían desempeñar el papel de los

liberales en el Reino Unido y en la República Federal Alemana, si bien es bastante razonable esperar que

a la vista de las tendencias del sufragio las dos grandes fuerzas triunfantes imanten y atraigan a partidos

minoritarios según sus «afinidades electivas» ideológicas. El resultado final dependerá de la forma en que

evolucione y se configure el U. C. D., como partido político o como federación de partidos políticos. La

idea de que una federación de partidos es más frágil que un partido convencional se la ha sacado alguien

de una manga. La verdad es que muchos de los grandes partidos históricos que hay en los países

democráticos nacieron y se desarrollaron como federaciones e incluso como conglomerados inarticulados,

y con mínimas apoyaturas sociológicas o de cualquier otro tipo. Es inevitable que uno se pregunte, a

veces, qué es lo que pone en un mismo partido, el demócrata norteamericano, en este ejemplo, a los

negros que trabajan en las plantaciones de algodón, al sur de los magnolios, y a los obreros industriales

automotivos de Detroit, pasando por los profesores de Universidad.

Bipartidismo significa, por último, equilibrio. Equilibrar a múltiples, diversas e incluso contradictorias

fuerzas políticas parlamentarias puede ser un ejercido tan extenuante como el que tiene que hacer la

democracia en Italia para mantener la cabeza fuera del agua, o como tuvieron que hacer en Francia la III y

la IV Repúblicas para finalmente sucumbir, o en España durante el período de descomposición de los

partidos monárquicos. Este equilibrio es especialmente deseable a la hora de elaborar una Constitución,

pues simplifica y clarifica el proceso constituyente, como asimismo hace más accesible el compromiso,

que es el padre de la viabilidad democrática.

Como es natural, eso no es todo. El modelo europeo de nuestra joven democracia casi nos ha llegado

como la primavera, sin saber cómo ha sido. Ahora hay que darle una buena rodadura e invertir en ella, a

fondo perdido, tiempo y confianza obstinada. El tiempo se gana con la paciencia y la confianza con la

buena voluntad. No se trata de virtudes heroicas ni sublimes. Podemos permitírnoslas.

M. BLANCO TOBIO

3

 

< Volver