Claudicación     
 
 ABC.    18/12/1980.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Claudicación

,La cuestión de principio debe ser, para este comentario al menos, el principio de la cuestión. La cuestión de principio es que el Gobierno español ha pagado un precio prohibitivo, ruinoso para el Estado, por el rescate de los pescadores que el Polisario mantenía en su poder, secuestrados como rehenes; en brutal violación de los derechos humanos. Prohibitivo, ruinoso e improcedente es que nos hayamos avenido a suscribir un Protocolo, un documento internacional, que confiere a Jos polisarios condición de parte; rango de Estado a algo que apenas es un poco más que compartido departamento de agitación y propaganda en los Ministerios de Asuntos Exteriores de Argelia y de Libia. Instrumento revolucionario, el Polisario, al servicio de estrategias que han logrado reciclar la descolonización para el medro y la gloria del novísimo imperio soviético en África. Lo prueba fehacientemente, entre otras cosas, el hecho de que la claudicación ominosa se haya sustanciado, dé principal manera, a través de los oficios del Gobierno angolano; al que; sostienen las armas de la legión castrista en África.

Nos parece nacionalmente más decoroso poner por delante él párrafo que antecede. Nos parecería desleal con nuestros lectores omitir lo dicho y quedarnos en la celebración boba de un hecho tan importante como el que una treintena de españoles hayan recobrado su libertad. Los tripulantes del «Cruz del Mar» ametrallados por el Polisario no recobrarán jamás la vida. Los polisarios apostaron entonces, oomfl después en los sucesivos secuestros, a la debilidad del Gobierno español. Apostaron y ganaron. Acabamos de entregarles la victoria; a ellos, a los polisarios, y a algún qué otro alto funcionario dei Ministerio argelino de Asuntos Exteriores, al que, sin que nada pasara despues, acaso porque la rendición ya estaba preparada, fueron ocupadas en Barajas maletas con propaganda antiespañola de esa guerrilla.

En el orden de los principios, que es al que hay que acudir para poner un poco de claridad en tan consentida confusión, debe separarse el asunto de nuestros pescadores, cuyo derecho personal a la libertad ha sido largamente violado y cuyo regreso al solar patrio es un hecho que ardientemente hemos querido, del problema, tan grave, del precio nacional que se ha accedido a pagar. Pensábamos que nuestro Estado nunca negociaría con secuestradores ni con ninguna suerte de terroristas, fueran nacionales o fueran extranjeros. Pensábamos que sabríamos ser suficientemente fuertes, lo bastante

dignos, para no plegarnos a la extx sión ni someternos al chantaje.

Porque, puestas las. cosas en lugar, podría considerarse o discutii la conveniencia de reconocer al Polisario; opción ésta, la del reconocimienl que nosostros hemos siempre maní nido que constituiría un error. Pe nada más. Sin embargo, acceder a pretensión de reconocimiento como ii plícita, y realmente se ha hecho suscí hiendo ese protocolo en pago de la lib ración de nuestros pescadores, es alg bastante más grave que un error. I un rrialbaratamiento del prestigio y c la autoridad internacionales de nuestz Estado.

Decimos malbaratamiento, decimc también enajenación ruinosa de nuestra posición negociadora, de nuestr capacidad como interlocutores. ¿Qu autoridad moral nos resta para oponei nos o para disuadir a otros de caer ei la misma tentación del chantaje? Est es la pregunta que en el orden práctici plantea lo que llamaremos el «protocoli de Argel». Otras interrogantes valdn más callarlas por prudencia y po¡ pudor.

Mientras la cotización de núes tro Estado se pone a flotar con la p& seta, es decir, a la baja, queremos insistir, finalmente, en dos cosas más: una, nuestra satisfacción porque los pescadores estén a estas horas con los suyos; otra, nuestra convicción de que podríamos haber recuperado su libertad sin incurrir en claudicación tan onerosa y humillante, como en otras ocasiones se hizo. Ese compromiso del Polisario dé no atacar más a nuestros pescadores que, según el subsecretario d´e Exteriores se deduce del Protocolo, posible y desgraciadamente acaso no nos sirvfc para nada.

Queremos, en conclusión, una poli-tica exterior a la que servir. A la que apoyar.

 

< Volver