Autor: Quiñones, Fernando. 
   La persona de Blas Infante     
 
 Diario 16.    03/10/1982.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Dario 16/3-octubre-82

CRITICA SIN PELOS EN LA PLUMA CRITICA

LA PERSONA DE BLAS INFANTE

«LAS CABAÑUELAS DE AGOSTO», de Antonio Burgos. Premio Ateneo de Sevilla, 1982. Edit.

Planeta. Barcelona, 82. 245 páginas. 600 pesetas.

Fernando Quiñones

La instauración y la caída de la Segunda República Española, vividas a través de dos familias sevillanas,

burguesa la una y más opulenta que aristocrática la otra, componen el meollo de la novela que se ha

alzado con el último premio Ateneo de Sevilla.

Destreza y soltura narrativas, junto a un afán de fidelidad reconstructora de «aquella absurda historia»

sangrienta, en la que se reflejó la de toda España, privan en la narración y aventajan a la entidad humana

y psicológica de la mayoría de sus personajes. En todo caso, la estereotipada convencionalidad de algunos

caracteres, como el de los protagonistas Paco y Guido, podrían ser también un intencionado aunque

peligroso procedimiento, un recurso acaso del avispado narrador que es Antonio Burgos, para convertir a

esos personajes en completos, lisos espejos o paradigmas de la situación general, que es la auténtica

protagonista de la novela, en la que todas sus criaturas, unas más que otras, propenden a ser, sobre todo,

símbolos sociales.

Aborda Burgos su empresa narrativa ciertamente comprometida y difícil— desde un triple emplazamiento

de cámara: el mundo de Guido Flores, el de Paco Fuentes y el del propio narrador dirigiéndose a ambos,

con preferencia en segunda persona y como desde el presente. Sin que flaqueen las acotaciones ni los

pasajes descriptivos, es acaso en la vivacidad, fluidez y propiedad de los diálogos donde funciona con

mayor fuerza ilustrativa la instalación de los datos históricos, cuyo acarreo —que se muestra rico y se

adivina paciente y esmerado en contadas ocasiones surge como superpuesto fruto de la investigación, y en

casi todas aparece integrado al cuerpo narrativo de una manera natural.

La rígida y secularizada estratificación de clases, su batalla sorda o manifiesta, los motivos del pueblo y

las motivaciones del señorío, cuanto por fin le abrió la puerta al desastre del 36, va siendo situado por

Antonio Burgos sobre el papel con mano calurosa, pero no exaltada ni impaciente, mediante secuencias

de muy diversa índole —dos líneas de la novela resultan a veces más reveladoras que dos páginas— y sin

asomo de demagogia, suplida por más eficaces y sentidos dolor y desconcierto, lo bastante distanciados,

sin embargo, como para no caer en inoportunos y enojosos lirismos, sentimentalismos o invectivas.

Se muestra claro el talante crítico de la novela, condenatorio de la ralea «señorita» y ya expreso por el

excelente poema a Don Guido, de Antonio Machado, que encabeza la narración en largo epígrafe.

Después de las primeras cuatro páginas, realmente impresionantes y que consisten en el testimonio literal

de la criada de los niños de don Blas Infante, documento grabado por el autor en junio de 1976, la

presencia en el libro - presencia intermitente y siempre fugaz e indirecta- de la persona del gran

andalucista confiere interés y aroma a toda la novela, cuya conclusión, en cierto modo sorprendente, nos

remite al comienzo testimonial de la inmolación de Infante, en la que participa la mano armada del Guido

heredero del Don Guido machadiano. La elipse, como su palmaria y amplísima significación (no ya

solamente sevillana ni andaluza, sino nacional y aun con cabos universales), están logradas, y el factor

sorpresa abrocha bien la narración, primera al parecer de una serie, según alusión en su portadilla.

 

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