Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   Desde el corralón de Ocaña     
 
 El Alcázar.    12/05/1977.  Página: 1. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

UNA enorme desventaja sí advierto en nuestro oficio: que por lo general el hombre que lo ejerce está en

tas claves. Y la verdad así, en su escueta desnudez, resulta de ordinario ingrata. Escribo estas líneas al

regreso de Ocaña, donde he asistido al sepelio del obrero falangista asesinado en Valdemoro. Ha sido un

acto sencillo, sin grandes solemnidades. La capilla ardiente se había instalado en el humildísimo corralón

de la vivienda familiar, a cielo raso. Unas mujeres, . enlutadas, rezaban junto al féretro, acomodadas en

sillas de paja. Unas banderas cubrían la caja mortuoria y unos muchachos, de aspecto rural, labradores de

camisa azul, daban escolta simbólica al amigo, al compañero muerto. Como periodista me he fijado más

en las ausencias que en las presencias. Esto es lo triste. Millares de muchachos, de uno y otro sexo, habían

acudido hasta Ocaña conmovidos por el brutal asesinato, ansiosos de encontrar una verdad y, acaso, un

jefe. Yo pensaba, sin embargo, en otro tiempo. Y recordaba, inevitablemente, a las brillantes jerarquías

ante cuyas brillantes tribunas desfilábamos en las brillantes paradas. Esas figuras ocupan hoy desde la

Presidencia del Gobierno a la presidencia de los Bancos o Entidades Oficiales. No estaban, claro. Estaba

la España auténtica —la Falange limpia, una Falange de a pié— que acudía triste y voluntariosa a cumplir

con el penoso y emocionante deber de dar tierra a un hombre joven asesinado.

Me han dicho que Ramiro Figueroa deja mujer y dos hijas. Tampoco quise enterarme demasiado, porque

andaba a lo mío y lo mío era incluir entre aquella muchedumbre sencilla, heroica y voluntariosa, las caras,

tan familiares en otro tiempo, de nuestras beneméritas jerarquías. No vi, por ejemplo, al último Inspector

Nacional de la Vieja Guardia, que no sé si seguirá en la CAMPSA, pero que si no sigue en la CAMPSA

será por razones electorales, a las que concurrirá del brazo de "AP", uno de cuyos portavoces más

autorizados calificaba "de derechas" al pobre obrero asesinado en Valdemoro; tampoco estaba mi viejo y

entrañable cantarada, de generación y origen, Ignacio García, que después del desmontaje del Yugo y las

Flechas en Alcalá, 44 se que es ministro, pero no se de qué; ni estaba Miguel Primo de Rivera,

recientemente designado consejero del Banco de España, que pronunció un elocuente discurso en Mota

del Cuervo allá por los años sesenta en el que trituraba dialécticamente al liberalismo y a la democracia

parlamentaria. ¡Y tantos y tantos otros...! Tan afanado estuve en el recuento de caras antiguas,

inolvidables —inolvidables, sí, porque ya está bien de olvidos— que apenas- si pude tomar notas

mentales de la infinita tristeza y del saludable coraje que flanqueaban este acto que se me antojaba

análogo a los actos fúnebres de la vieja Falange que no conocí.

No es que evite el "palo a Rusia". El responsable directo del asesinato de Ramiro Figueroa se llama

Partido Comunista. Los representantes indirectos son tantos y están tan protegidos por tantas y tantas

leyes que por temor a nuevas comparecencias judiciales me abstengo de nominar uno por uno, pero bien

que me di cuenta —y ese dato sí que lo registré— de que también se acordaban de ellos los labradores

manchegos, mis viejos y jóvenes cantaradas, y los estudiantes que habían llegado de Madrid y las

muchachas, jovencísimas, que inundaron el pueblo de pegatinas con recuerdes bastante más gloriosos y

honrados que los nombres de quienes las utilizaron en otras épocas. Los comunistas han elegido bien.

Frente a sus balas o frente a sus navajas, siempre estará, cerrándoles el paso, el pecho de un falangista.

Una sola observación se me ocurre formular, como aviso para los autores de la agresión: que en lo

sucesivo sigan buscando a los falangistas, pero que empiecen por las viejas y gloriosas jerarquías antes de

que caigan nuevos obreros de camisa azul. Porque a estos ya los mataron antes con la traición, con el

olvido, con el abandono y aún siguen sirviendo a la España en la que creen y laborando por el pueblo en

el que creen. Por ese pueblo que siempre espera.

Antonio IZQUIERDO

 

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