Autor: Serrats Urquiza, Salvador. 
 Reflexiones políticas. 
 Los pactos     
 
 Ya.    13/11/1976.  Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 17. 

REFLEXIONES POLÍTICAS

LOS PACTOS

TODO pacto, por su misma esencia, supone la previa negociación de un

compromiso en el que se conviene dejar de lado lo accesorio, para convertir en

objetivo aquello que haya de común.

Pero, cuando lo común es P meramente transitorio y, en cambio, los objetivos

finales políticos y morales, son diametralmente opuestos, el oportunismo

favorece a quienes por su propia naturaleza y doctrina y por experiencia bien

probada envician los acuerdos con la reserva mental de su denuncia, tan

pronto como no sirvan a su propio provecho.

Quizá es esta convicción la inductora de la decisión demócrata cristiana

italiana el rechazar el compromiso histórico ofrecido por Berlinguer, en

nombre del Partido Comunista, del mismo modo que en Francia, el Partido

Socialista de Mitterrand, aun manteniendo el programa común, vigila atentamente

loa movimientos de su aliado Marcháis, y trata de evitar la desestabilización

de la sociedad francesa, que es precisamente el objetivo del Partido

Comunista.

Es éste un tema a clarificar en los pactos españoles, cualquiera que sea su

color.

Hace pocos días, el "speaker" de la Cámara de los Comunes inglesa, Mr.

Tilomas, del Partido Laborista, en el coloquio mantenido con políticos españoles

de distinta condición e ideología, sin más nexo qua la concepción cristiana

humanista de la libertad, que nuestro visitante proclamaba como soporte,

mantenía la tesis de que con esta base, compartida por los hombres de

gobierno y por los políticos de la oposición, podría estructurarse el mundo como

conjunto de sociedades libres, democráticas y humanistas, que cerraran el paso a

todo tipo de totalitarismos y alienaciones.

Como perteneciente a C un estado democrático avanzado, mantenía la tesis de que

el espíritu cristiano de los dirigentes, cualquiera que fuera su opción

política, contribuiría a crear una nueva sociedad más justa que la actual, y no

cabe duda de que ello es válido para el Reino Unido y para otros

Estados.

MAS nuestro caso es distinto. En nuestro caso, lo urgente, lo necesario e

inaplazable, es adaptación de nuestra estructura y organización estatales a la

nueva sociedad que, con más aciertos que errores, hemos creado. Se trata, debe

tratarse en nuestra opinión, de reformar y perfeccionar, de armonizar, en suma,

la estructura oficial con la situación real que a impulsos de la paz, del

progreso y del desarrollo, se ha logrado, y no de cambiarlo todo, incluso

la propia sociedad, apenas estabilizada.

Quien piensa que puede saltarse la estabilidad de la sociedad, deslinda su campo

revolucionario y no va-lora el riesgo de las resistencias lógicas de la sociedad

que ha trabajado duramente para el logro de la actual situación española, aunque

no ideal ni si-quiera suficiente, sí, al menos, de moderados bienestar y

seguridad, cuyo peso creemos importante.

Las líneas que separan la revolución - el cambio total, y no solamente

político - de la reforma de todo aquello que sobre o falte para crear una

nueva plataforma de libertades, de seguridad, de c o n-quistas económicas,

de calidad de vida y de oportunidades iguales, etc., podrían definir varios

conjuntos diferenciados de partidos, que pueden pactar una presencia política y

electoral coaligada, aun declaran-do públicamente la permanencia de sus

programas de acción en cuanto al ritmo y velocidad de la reforma.

Posiblemente son muchos los que piensan en la conveniencia de una

aceleración de la evolución política, que, en cambio, no comulgan con la

actitud revolucionaria a que nos hemos referido, y sin embargo aceptan

confiados su inclusión en la llamada oposición democrática, que directa e

insistentemente reclama un pacto con el poder.

Es ésta otra cuestión que conviene esclarecer, por constituir un nuevo

factor de confusión y desorientación sospechosamente aireado y apoyado por

varias multinacionales políticas, a través de sus órganos de prensa

internacional y de numerosos medios de comunicación nacionales.

Si esta pretensión supone la reclamación de una gratuita transferencia del

poder a quienes dicen representar a una parte de la opinión pública, sin

prueba que lo avale, es una simple Ilusión que quienes la ostentan ni

siquiera pueden tomarla en consideración, por la insensatez que supondría

sumirnos en el caos de la ilegitimidad y el vado, desde la legitimidad

misma.

No obstante esta evidencia, conviene a revolucionarios y compañeros de viaje

mantener esta petición, aun a sabiendas de su imposibilidad, para crear

un clima de debilidad, desconfianza y temor, que sus más extremas facciones se

preocupan de apoyar con la violencia y la subversión social, según programa bien

conocido y público, como resultante de las reuniones del Partido Comunista en

París y Roma.

Si la condición es que desde el poder se imponga uno otro procedimiento

e1ectoral equivale a aquella graciosa propuesta de que la transición fuera

gobernada a golpes de decretos-leyes, que además de anular la mayor parte de

las instituciones, volcaría la inconstitucionalidad sobre una de ellas, la

suprema, a la que no se dejaría de acusar de comportamiento ilegal inmediata-

mente o en elegida oportunidad.

Deseo legitimo, en cambio, D es la garantía de que el proceso electoral,

acorde con las normas legales, se desarrolle en régimen de igualdad de

oportunidades y en plena libertad, con la neutralidad de los órganos

jurisdiccionales a que se encomiende su vigilancia y la no beligerancia de la

autoridad.

Pero aun si el pacto a que P se alude por la oposición democrática se

circunscribiera a este deseable aspecto, no cabe duda que interesa igualmente a

todas las fuerzas políticas con presencia legalizada, oferentes de

opciones diferentes al electorado y, entre ellas, a las que parten de la

legitimidad del sistema y desde el mismo se proponen reformarlo en la medida

exigida, con la prudencia, el ritmo y la moderación que evite convulsiones y

traumas no controlables, y a aquellas otras que no desean cambiar nada.

La peregrina idea de que el único pacto necesario es el de la oposición

democrática con el poder, y más concretamente con el Gobierno, desconociendo a

los excluidos de aquella agrupación, permite al menos dudar de la verdad de sus

propósitos democráticos, y recuerda la conocida y proclamada estrategia del uso

de la democracia para la conquista del poder, para una vez alcanzado

éste, destruirla, dando paso a la dictadura de una burocracia totalitaria.

Salvador SERRATS URQUIZA (Procurador en Cortes)

 

< Volver