Autor: P. R.. 
   Los guarda-jurados     
 
 Arriba.    22/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 2. 

LOS GUARDA-JURADOS

AQUÍ, por lo visto, a la diligencia del capitalismo la tenemos que defender los del pueblo,

cuando llegan los sioux. El dinero de los bancos no tiene olor, pero empieza a tener, en este

país, un insufrible sabor a sangre barata. Don Policromo Chillón debiera ser el último caído en

el atrio del templo bancario —murió anteayer defendiendo unos millones lejanísimos, por

encargo—, pero no será el último, como el Gobierno no se eche para adelante en el «Boletín

Oficial». Los bancos estaban tan panchos con fuerzas de orden guardando su dinero. Se las

quitaron, porque las fuerzas del orden están —también— para cosas sagradas, y, entonces, se

inventaron el guarda-jurado, que es una entrañable diana móvil, generalmente cargada de hijos

y de kilos y de buena voluntad y que es utilizada para rellenar impresos, prestar bolígrafos,

traer café y morir acribillado a tiro sucio. Un guarda jurado de banco es un español que viaja en

tercera económicamente y que tiene la vida depositada a plazo fijo. Como el que asalta nunca

es un atracador solitario y desentrenado, sino que son profesionales con me-tralleta, el

centinela bancario tiene tres opciones, a cual de las tres más alucinante para la sociedad

española que ha entrado en el futuro: 1) Recordar con celo y cariño al «trust» que le paga,

aunque poco, e intentar desenfundar, con lo que de nueve casos sobre diez consigue: ser

enterrado en La Almudena y que los ultras griten que no quieren Gobiernos débiles. 2) Volverse

de espaldas, silbar un blues y dejarse robar, que es lo sensato en millones de personas de todo

el mundo. 3) Provocar una balacera en la que mueran, de rebote capitalista, unos cuantos

ciudadanos más. Lo que todavía no se ha visto es que los atracadores desistan por el ejemplo.

En el planeamiento de un asalto bancario, el guarda-jurado es un doloroso, triste, frágil trámite,

como romper un cristal.

Parece que, en todo el mundo —todo el mundo, como siempre, es todo el mundo, menos este

país— el gran dinero se confía a un hombre con michelines y turno de vacaciones en

Educación y Descanso, sino o unos sistemas sofisticados de tecnología, que, naturalmente,

cuestan un riñon. O sea: fueran confían en la seguridad tecnológica, y aquí, en la Seguridad

Social que es la que paga la pensión. Bueno. Cabe también otro recurso: contratar a tiradores

olímpicos o a la «élite» de la Interpol que disparan con la mano en la cadera cuatro tiros por

segundo. Don Policromo Chillón y todos los respetabilísimos Policromos Chillón que hay en el

país —mil quinientas familas esperando esta ruleta rusa— está a ese nivel, ni son héroes por

quinientas pesetas diarias. A lo mejor, este Gobierno hace esa reforma: la de darle, al cabo de

cuarenta años, un consejo a los Consejos de Administración: señores consejeros, está

prohibida la caza con señuelo.

P. R.

 

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