Meritocracia y democracia     
 
 Diario 16.    17/07/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Meritocracia y democracia

CUANDO LOS gobernantes no son elegidos por los gobernados, mediante el ejercicio del sufragio

universal, igual, libre y secreto, necesariamente surgen otros mecanismos para su reclutamiento y

selección.

Durante la c Je Franco, y especialmente desde finales de la década de los cincuenta, uno de los criterios

preferidos para la designación de los altos cargos de la Administración fue el curriculum profesional

brillante, unido a la aceptación, no necesariamente entusiasta, de las normas de funcionamiento político

del sistema. Los grandes cuerpos de la Administración Pública (desde los abogados del Estado a U

diplomacia), o las carreras técnicas de prestigio (como los ingenierosde Caminos), constituyeron la

cantera preferida para el fichaje y promoción de ministros en función de sus méritos.

Una de las más notables degeneraciones de este procedimiento ha sido la falta de coherencia en su

aplicación por el grupo que más elogiaba sus ventajas. Resultó, así, que en muchas ocasiones la

experiencia profesional del «meritócrata» no guardaba apenas relación con la tarea ministerial que le era

encomendada. Por ejemplo, un catedrático de Derecho Administrativo tuvo a su cargo la planificación del

desarrollo económico, un diplomático rigió los destinos de Obras Públicas y un ingeniero naval orientó la

política exterior del país. En estos casos, la solvencia cuasitaumatúrgica de los presuntos «tecnócratas» no

descansaba en la competencia de sus más conocidos líderes (simples aficionados en el escenario de sus

milagros^sino en la capacidad de capitalizar en propio provecho la competencia de los técnicos y expertos

de los que, afortunadamente, la Administración española no anda escasa.

De esta forma, la política, expulsada por la puerta, volvía a entrar por la ventana. Pero lo malo era y aqui

radica una degeneración aún más grave del sistema meritocr ático que esa política, realizada

encubiertamente bajo el disfraz del bien común, el fin de las ideologías y el gobierno de los expertos, no

velaba por los intereses de los ciudadanos de carne y hueso que forman el país, sino que servía a los

grupos y sectores con ios que se hallaba comprometida. Cuando, a finales de la pasada década, terminó

por salir a la luz un grave escándalo financiero que afectaba a los «tecnócratas», fue precisamente su

conocimiento de los mecanismos del poder en un sistema autoritario, campo disciplinario en el que si eran

verdaderos expertosy maestros, lo que les permitió capear el temporal y reforzar incluso su posición.

Junto a la personalidad que emerge del escalafón de los cuerpos especiales, también ha existido en el

franquismo et político profesional nacido en el interior del sistema (el Movimiento o la Organización

Sindical) y crecido exclusivamente en su seno. Se diría que los nuevos tiempos han puesto de moda a este

tipo de gobernante, más adecuado para la flexibilidad y el diálogo que el juego democrático exige. Los

aparentes méritos de ese diferente mecanismo de selección serían la paciencia para esperar la oportunidad

deseada, el talento para despertar confianza en quienes están arriba, las dotes para la negociación con los

competidores y rivales, y la capacidad para buscar soluciones de compromiso.

Sin embargo, las semejanzas entre esa figura y la del político surgido en la lucha electoral son puramente

superficiales. La confianza que el hombre público busca no es la de sus superiores, sino la de sus

votantes; los intereses que defiende y en cuyo nombre negocia no son los de un grupo de poder dentro del

establecimiento, sino los de una parte de la sociedad; los compromisos a los que llega con los adversarios

son públicos y versan sobre cuestiones generales.

Si hemos salido ya del espejismo de los supuestos tecnócratas, únicamente competentes en la especialidad

de conquistar y retener el poder, no caigamos ahora en el mito de los presuntos políticos, cuya dimensión

pública se ha desplegado hasta ahora sólo en espacios semiprivados. Los dirigentes que el país necesita

procederán o no de los grandes cuerpos administrativos y de las carreras técnicas, tendrán o no

experiencia de poder en el seno del franquismo. Este dato es irrelevante. Lo verdaderamente decisivo será

su capacidad para obtener y merecer la designación de manos de sus conciudadanos, en lucha electoral

abierta y sin ventajas contra rivales que personifiquen otras opciones.

 

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