La ventanilla     
 
 Arriba.    05/10/1976.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA «VENTANILLA»

YA tenemos un nuevo problema artificial: la aceptación del Registro de Asociaciones Políticas oreado en

el Ministerio de la Gobernación. A las veinticuatro horas escasas de dar la «orden de salida» a (os ph

meras diez partidos legales, varios dirigentes de ta ((amada «oposición», te comunicaban a la agencia

Logos sus escrúpulos para utilizar el único cauce que poseemos para la legalización de las fuerzas

políticas. Una frase de don José María Gíl-Robles y Gil-Delgado resultaba particularmente expresiva de

esta actitud: «No nos van a obligar a pasar por ta ventanilla» {ARRIBA, 3 de octubre.)

Efectivamente, nada ni nadie obliga rá a ningún partido a Inscribirse, Ni el Poder tiene fuerza moral para

esa coacción, ni el ejercerla sería síntoma de buen entendimiento democrático. El Poder —o, mejor dicho,

la legalidad— termina en este aspecto sus luncfones creando Tos cauces de partid pación, haciéndolos

suficientemente ampfios para que no quede fuera de ellos ningún grupa que en justicia deba enriquecer el

pluralismo social, y no poniendo trabas artificiales al ejercicio del derecho cíe asociación.

¿Se cumplen estas condiciones? Es evidente que sí. Pero aún diríamos más: la ley de Asociación Política

es democrático, desde el momento en que no exige ninguna condición deter minada que no sean los

establecidas en el Código Penal para proteger este derecho. Es también liberal, al permitir que un solo

hombre pueda inserí bir un partido, trormarío, sacarlo a ta vida pública, y concurrir en su nombre a unas

elecciones.

Creemos, por tanto, que los escolios que algunos partidos encuentran para su legalización son ajenos a la

ley de Asociación y al Registro. La mejor prueba de elfo es que ninguno de los líderes consultados ha

puesto objeciones insalvables, sino solamente razones personales o de conjunto de estrategia de la

oposición e xtr apar la mentaría. Si así fuese, estaríamos asistiendo a un pobre ejemplo de solidaridad

nacional. Cuando el país requiere normalizarse, hay grupos que siguen manteniendo la inestabilidad

política, for zonda una situación de tolerancia. Se aprovechan, sin duda, de un talante li bera! que hizo

que no se marcaran hasta ahora plazos concretos a la for malización del Registro, para mantener la cuerda

floja de un extraño pluralismo de apariencias.

Todo esto es un grave error del que el país se resiente. Lo aceptaríamos como necesario, si la ley fuese

insuficiente. Pero es difícilmente aceptable que, encima, parezca existir una inconfesada voluntad de

tergiversación de voluntades, Según las declaraciones del señor Gil Robles a que al principio nos

referíamos, podría parecer que la posibilidad de participar en las elecciones previa inscripción registra! en

una «imposición» arbitraria. Nada más lejos de ía remudad. Las condiciones para participar en unas

elecciones no se imponen. Es la simple normalidad del pois \a que exige que naya un mínimo de

requisitos formales. Y ese mínimo es, hoy, el «pasar por la ventanilla», para tener personalidad jurídica.

En eso se resumen las exigencias de la legalidad...

Pero no sólo se trata de elecciones, como nos pretenden hacer ver los líderes de Ja oposición. Está

pendiente también lo re guiar ilación de su presencia en los medios oficióles de comunicación y la

dotación de medios económicos por parte del Estado. ¿Se pretende, acaso, que los partidos no Icga

fizados, que carecen, por tanto, de personalidad jurídica, reciban un trata* míenlo de derecha igual a

quienes cumplen las condiciones? Eso no es sólo una ulapía. Eso es luscamente ID contrario a todo

criterio de Derecho o. sin Flegar tan alto, a toda posibilidad reo! de saber qué fuerzas son los que se

olrecen limpiamente, desprovistas de un ropa[e de apriorismos, a servir a la colectividad nacional.

Si la oposición se empeña en seguir fuera del [uego, se arriesgo a quedar fuera. No creemos que nadie lo

dése? en estas momentos de reconciliación en que existe un convencimiento gene ral de la necesidad de

contar con todos las fuerzas políticas, cualquiera que sea su importancia real eri orden a número de

simpatizantes. Pero eso es de responsabilidad exclusiva de la propia oposición. Decía, en la misma

encuesta» e\ señor Tierno Galván que «par encima de todo dogmatismo de partido, debe prevalecer el

interés de la nación». Está bien claro cuál* es, hoy, ese interés. Y esló clara también la forma de no

serwirto: negándole,, al pueblo español la posibilidad de una situación que no calificaremos como estable,

sino, sencillamente, como normal, bajo la aceptación general de una ley razonable

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