El Ejército, ante una hora crítica     
 
 Pueblo.    25/10/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL EJERCITO, ANTE UNA HORA CRITICA

LAS amplias y muy explícitas declaraclones del teniente general y vicepresidente del Gobierno, don

Manuel Gutiérrez Mellado, constituyen, para quien sepa leer tan importante texto sin telarañas en el

entendimiento, una importantísima clave. Ha abordado el general Gutiérrez Mellado, directa o

indirectamente, todos los grandes temas de nuestra vida política. y no lo ha hecho desde la anécdota, sino

desde la categoría de los hechos esenciales. «La casa dividida es mala de guardar», escribió hace más de

un siglo aquel americano alto y seco que se llamaba Lincoln, y desde entonces, si cualquier división en el

espíritu de un pueblo es peligroso, la división castrense ha llevado siempre —muy especialmente entre

nosotros— a sucesos de dimensiones colosales. Si «el Ejército debe respetar toda opción válida sin

entrometerse en actividades que no le corresponden», no es menos notorio que sería «suicida querer

empezar otra vez desde cero, echando por la borda todo lo bueno que hasta ahora se ha conseguido».

España parece hoy querer vivir en la vida media de la libertad y de la democracia, sin recaer en

paroxismos como los que tanto daño nos hicieron en el pasado. Cuando se declara extinguida la guerra

civil, lo más torpe seria —aunque sólo fuese en el orden de las Ideas— tratar de revivirla. Hay que

respetar el pasado, vivir en el presente y trazar el futuro con ánimo decidido.

EN las declaraciones que comentamos es inseparable lo que sobre el propio Ejército dice Gutiérrez

Mellado como teniente general de aquello que aobre la España de hoy expone como político, porque

político es, aunque el corazón le pese, quien sigue al presidente del Gobierno en las responsabilidades y

en el rango. Un Ejército unido y moralmente en forma es salvaguardia suprema del país, pero si esa

unidad se quiebra en opiniones encontradas, la función castrense se perderla en los dédalos de la política

cotidiana, y lo que debe ser «columna vertebral» se convertiría en andar vacilante y controvertido. De ahi

que aun. que el El ere I to sea por su propia esencia una fuerza política —a mí me gustaría que nos

defasen un poco más tranquilos»—," «mientras llevemos nuestros uniformes debemos olvidarnos de todo

aquello —o sea, de "los criterios personales y distintos"— en cuanto entremos por la puerta de nuestros

cuarteles». Fue el marino y diputado Ramón Auñón quien afirmó para el Diario de Sesiones» del

Congreso, que «unido* en todos los terrenos, podremos ir a soluciones convenientes para el país; pero

separados o combatiéndonos unos a otros no iremos a ninguna parte. Se fue entonces al desastre de 1898,

lo mismo que las des" uniones de las Juntas de 1917 condujeron al gran dolor castrense y nacional de

1921. Olvidar personales e incluso nobles opiniones para servir a un colectivo fin común, ha de ser el

único camino de cuantos ostentan los más altos grados castrenses. El patriotismo se afirma algunas veces

con dolorosos renunciamientos, para así servir a un nuevo proyecto nacional de vida, cuyo pasado es

irrepetible. Aquí la anécdota son «determinadas medidas adr ministrativas», que una vez sustanciadas

dormirán en el polvo de los archivos. Sin Íntima unidad castrense, podría despeñarse en sus propias

contradicciones la difícil España de nuestros días.

FUE Ortega, un filósofo de casta militar, quien escribió antes aún de su «España invertebrada» —y por

vertebrarla hemos de luchar todos cada día—, que «el grado de perfección de un Ejército mide, con

pasmosa exactitud, los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales». En nuestro siglo XIX, tan falto de

grandes políticos civiles, fue cuando los generales se pusieron al servicio de los partidos, y la interna

unidad de las Fuerzas Armadas quedó rota a lo ancho y a*lo´ largo de las grandes crisis del país. Hoy es

posible decir que «los Ejércitos son de España, y no de un grupo o una tendencia, por muy mayorltarios

que pudieran ser». Se trata desde el Ejército de que no exista otra bandera política que la de la Patria, y

nadie tampoco utilice restos mortales como «pancartas y palancas políticas para sus fines partidistas». La

unión de cuantos componen el Ejército marca las horas más luminosas de nuestra Historia, y la desunión,

las crisis de 1820. 1834, 1868. 1917 y otras no pocas que nuestro sufrido mundo castrense ha padecido.

La libertad es en España, desde que en 1808 el Ejército arrojó a Cotí oy del Poder, una tónica castrense

que configura nuestra vida y que se repite incluso en aquellos a quienes erróneamente se ha considerado

opuestos a las libertades políticas. «La sangre que he derramado, los servicios de toda mi vida, han sido

por la causa de la libertad», escribiría Narváez en «MI programa político», y añadiendo que «yo no he

tenido famas otra bandera». Ser «más liberal que Riego era frase

Constante en tan famoso gene, ral e ilustre político, (efe del moderantismo.

LAS afirmaciones de Gutiérrez Mellado, y con ellas seria portavoz de todos sus compañeros sin

excepción posible, hacen recordar aquella frase de Canalejas, liberal ilustre y discutido, cuando

proclamaba que o el militar es más patriota que los demás, o no es un buen militar». Se trata ahora de

lograr, con un pueblo instalado en todos los problemas de la libertad y unas Fuerzas Armadas unidas en el

patriotismo y el servicio, que Jamás la contienda civil vuelva a nuestro sueloi que aceptemos que nadie

tiene toda la razón, sino parte de ellai que «nuestra sociedad sea más fusta cediendo en favor de los más

débiles». Que logremos en el concierto de las naciones el puesto que merecemos y que tanto se nos ha

discutido; que todas nuestras regiones, «satisfechas de sus anhelos tradicionales», se sientan orgullosas de

ser España? que sirvamos a la política de la Corona, y que nuestros Ejércitos «unidos, fuertes y

conscientes de su elevada misión, sean médula y carne de la nación», sabiendo ayudarla unas veces con

su presencia, otras con su sacrificado silencio, siempre con su servicio. Volver a ser 9}e de la verdadera

libertad, sin olvidar sus fines —y logrando para ello medios siempre regateados, a vecea negados con

avara miseria—, puede ser la clave de la vida militar en este tiempo de cambio y de crisis. Con un

Ejército unido y en forma, es posible la España soñada en este crítico culminar de nuestra siglo.

fft ESPETAR el pasado, servir 1 it el presente, ayudar en la corífiguración del futuro... Ahi está la triple

misión de nuestras Fuerzas Armadas, que buscando siempre la personal .modestia, ha expuesto en

acertadas declaraciones el teniente general y vicepresidente del Gobierno. Creemos que las palabras de

Gutiérrez Mellado van a calar hondo tanto en el mundo militar como en los estamentos civiles. El «Santo

Ejército», que dijo Galdós. sigue siendo para los españoles no sólo un freno, sino una clave y un estimulo.

Sin tirar el pasado por la ventana, hemos de hacer el mañana reciamente unidos los militares y los civiles.

Nos fugamos en ello la grandeza, el patriotismo y la más intima satisfacción de nuestras vidas.

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