Autor: Ruiz Molina, Jesús. 
   La Guardia Civil y las FFAA     
 
 ABC.    02/06/1978.  Página: 17. Páginas: 1. Párrafos: 19. 

TRIBUNA PUBLICA

La Guardia Civil y las FF. AA.

Una de las realidades de nuestra vida nacional en esta etapa histórica llamada de la transición es la gran

desorientación ambiente. Todo en nuestro entorno —en lo político, económico, social, cultural, etc,— es

una pura nebulosa. Asomarse al mañana viene a ser como abrir una ventana en la noche.

Desorientación, donde yace subsumida la desinformación, que no es ni más ni menos que el mejor caldo

de cultivo para toda clase de rumores, falsedades, desaliento e inhibición. Clima insano para una sociedad

que quiere vivir y desarrollarse en paz conforme a un modelo civilizado y estable: clima sólo positivo

para quiénes lo crean y fomentan.

Tal desorientación ateanza también, ¡cómo no!, a( encuadramiento de la Guardia Civil (G. C.) e incluso a

su propia naturaleza jamás hasta ahora puesta en duda. Sabido es que el guardia civil, jefe, oficial,

suboficial o simple número, no organiza ruedas de Prensa, mantiene entrevistas ni hace declaraciones. El

Instituto es algo más serio: sus miembros, de un modo en verdad benemérito, cumplen su obligación

diaria en todo momento, lugar y ambiente; mantienen en tensa y abnegada espara a sus familias; y se

juegan de continuo la vida con modestia y elegante naturalidad.

A deshacer dudas que pueden incidir, digo, dañosamente en ios ánimos, poniendo luz sobre el tema

señalado, se encaminan estas lineas.

Nace la G. G. e! 28 de marzo de 1844. Su finalidad: «proveer a! buen orden, a la seguridad pública y a la

protección de las personas y da las propiedades, fuera y dentro de las poblaciones». Se trataba entonces de

crear un Cuerpo policial de exclusivo carácter civil. Como tal, se subordinaban sus unidades a los

gobernadores civiles de las provincias, quienes, incluso, podían nombrar sargentos y cabos.

Subordinación unica muy peligrosa, pues de tai modo la fuerza quedaba sometida a posibles

condicionamientos políticos o debilidades personales. De otra parte, conforme al ambiente de la época, la

recién creada G. C. había de desplegar por toda la geografía nacional y batirse con sus primeros

enemigos, 5os bandoleros armados y las facciones carlistas.

Pronto un nuevo decreto, ya bajo la inspiración del duque de Ahumada (13 de mayo de 1844), toma

conciencia de Jos hechos y establece: «La G. C. depende del Ministerio de la Guerra por lo concerniente a

su organización personal, disciplina, material y percibo de haberes, y del Ministerio de la Gobernación

por lo relativo a su servicio peculiar y movimientos.» Separación del doble carácter, militar y civil, del

Cuerpo, que recogen los respectivos reglamentos promulgados meses después y que se mantiene a4 correr

de los años poniendo, sí, el acento en la mayor dependencia de uno u otro de dichos Departamentos según

la circunstancia política, sin que la fórmula haya supuesto obstáculo para el desenvolvimiento correcto del

Instituto ni para el feliz cumplimiento de sus fines. Que si bien no eran soldados los que 8l legislador

pretendía para la tarea, no era menos cierto, como bien dice el Servicio Histórico del Cuerpo, que «se

quiso dar tal carácter a aquellos agentes del orden enviados a vigilar noches oscuras de España para que el

uniforme militar les sirviera de coraza defensiva y prestigiosa, lográndose así un militar-policía apto para

´misiones de paz y de guerra y apto para e! sacrificio y la eficacia».

.Dos son, sin embargo, los momentos históricos en que la citada dependencia se radicaliza y vuelca del

lado de Gobernación o de Guerra. El primero, cuando a principios del siglo una reforma administrativa

integra a la G. C. en este último Ministerio, con tan notable desacierto que la medida no prospera, dura

veinte años; después se vuelve a la situación anterior de doble y equilibrada subordinación. El otro

momento es en 1932. Azaña suprime en el Ministerio de la Guerra la Dirección General de la G. C. y

transfiere todos sus organismos a4 de Gobernación; y a tal punto llega la reforma de «civilizar» a la G. C.

que los comisarios de Guerra son reemplazados en sus funciones interventoras por los respectivos

gobernadores civiles. Tampoco esta modificación logra éxito. Ambas van contra la propia esancia de Jas

cosas: «la G. C. separada de! Ejército es como un guerrero .medieval sin armadura ni lanza;

independiente de Gobernación es sí el mismo guerrero con armadura y lanza, paro sin caballo ni

horizonte» (Servicio Histórico del Cuerpo).

Añadiremos, como curiosidad, que además de esa doble dependencia que nos ocupa hubo época en que la

G. C. se hallaba a la vez subordinada al Ministerio de Fomento en razón de su servicio de «guardería rural

y forestal». Resulta, asimismo, curioso que la G. C. nunca haya dependido de Justicia, a pesar de que los

guardias civiles hayan actuado y actúen, con permanente dedicación, como agentes de la Policía Judicial,

de acuerdo con la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

En 1940 una ley integra a la G. C. en el Ejército. El reglamento dictado para su aplicación dice

textualmente: «El Cuerpo da la G. C., cuya principal divisa es el honor, es uno de (os que integran el

Ejército. Como Organismo militar, desempeñará el servicio de guarnición y campaña que con arreglo a

sus reglamentos se ordene por las autoridades competentes.»

Llegamos así, en este galopar por la historia de la Institución, al pasado año, en que se producen dos

disposiciones de viva actualidad: el R. D. «sobre demarcación territorial y funciones de las Fuerzas de

Orden Público», -por -31 que Ja G. C. queda normalmente excluida de actuar en poblaciones de más de

20.000 habitantes, y el R. D. por e! que «se estructura orgánica y funcionalmente el Ministerio de

Defensa». En el preárnbulo de este importante R. D. se dica: «Merecen destacarse, como formando parte,

asimismo, de este Ministerio, el Consejo Supremo >fe Justicia Militar y la Dirección Genaral de la G. C.,

conservándose con respecto a ellos cuanto se dispone en la legislación vigente.» Más adelanta, en el

artículo 3.°, se relaciona la dicha Dirección General como uno de los componentes del Ministerio. Por fin,

en el capitulo IV, siempre del R. D. que comentamos, puede leerse (art. 20): «La G. C., Cuerpo militar del

Ejército..., depende del ministro de Defensa, sin perjuicio de las competencias que tiene sobre si mismo el

ministro del Interior.»

Por lo reITerado y concreto queda perfectamente claro el propósito del legislador, que no es otro que el de

vincular el Benemérito Instituto al Ejército en cuanto es racional, siguiendo la tradición de ciento treinta y

tantos años, apenas interrumpida, como hemos visto.

A fuer de pecar de insistentes en demasía queremos ¡lustrar al paciente lector sobre el hecho de que en

septiembre de 1875 el ilustre jurisconsulto don Fernando Calderón Collantes, siendo ministro de Gracia y

Justicia, expidió una R. O. en virtud de la cual se consideraba a la G. C., en toda ocasión, como prestando

un servicio de centinela en campaña. Medida que se consideró altamente acertada por la dosis de fuerza

moral que se añadía al Cuerpo para suplir con el prestigio la cantidad. Asi lo entendió y mantuvo Azaña

en sus reformas antes aludidas.

Desde el punto de vista operativo conviene también señalar que La llamada doctrina para el empleo de las

Armas y ios Servicios da) Ejército en campaña, pieza fundamental del quehacer bélico, cita al Servicio de

Orden o Policía Militar como uno más de aquéllos. Su finalidad: vigilar el cumplimiento de las .leyes,

reglamentos y órdenes vigentes en el teatro de operaciones, lo que comporta una variada gama de

actividades y misiones. También puede la G. C. constituirse en unidades tácticas, compañías y batallonas;

proceder así no sería inteligente ni económico, •pero puede ser necesario, y de hecho lo ha sido, como

veremos seguidamente.

La G. C. no es, no, ajena ai combate. Ha tomado parte brillantemente en la segunda y tercera guerras

carlistas; en las campañas de Cuba, África y Filipinas. De nuestra última guerra, y al margen de toda otra

consideración que no sea la estrictamente militar, tres hechos de armas sobresalientes: Oviedo, el Alcázar

de Toledo y la defensa del Santuario de la Cabeza. En Oviedo, de los 1.170 guardias civiles que

participaron en la acción, resultaron muertos o heridos 753. En el Alcázar, de un total de 847 defensores,

691 eran guardias civiles. Y, finalmente, en el Santuario, epopeya del Cuerpo, resistieron 258 guardias; de

ellos fueran muertos o heridos 207; la guarnición ascendería a unos 300 .combatientes..

Atesora -el Cuerpo 10 cruces laureadas de San Femando y 31 medallas militares individuales. Unas y

otras concedidas a otros tantos guardias civiles en sus distintos grados por actos heroicos de valor frente

al enemigo.

Llegados aquí, dos reflexionas se nos ocurren: es obvio que la G. C. marece la consideración, el respeto y

el trato de Cuerpo militar, igualmente es evidente, tras lo expuesto, que, así desde el punto de vista legal

como desde el histórico, el Instituto está integrado en el Ejército, a cuyos Códigos y Ordenanzas ajusta su

vida y actividad; salvo naturalmente, en aquello que le es propio de un modo específico.

Mirando al futuro, sin afanes profetices, con los pies en el suelo, una última consideración: la guerra

moderna, sabido es, no va a diferenciar grandemente el frente da la retaguardia; los trastornos y daños en

los territorios afectados serán graves y extendidos; se deberán prever, como nórmalas por su frecuencia,

las acciones bélicas en el interior, tras las líneas de contacto, a cargo de saboteadores y comandos

infiltrados de un modo u otro. Todo lo cual conlleva un sinfín de posibilidades de actuación para la G. C.

por su orgánica, armamento, medios e instrucción, que, a buen seguro, ningún mando dejará de estimar y

aprovechar si la ocasión lo aconseja.

Como broche final de este trabajo creamos nada mejor que el testimonio definitivo del propio ministro de

Defensa, quien en fecha bien próxima na declarado públicamente que la G. C. es un estamento militar,

dentro del Ejército. No puede haber, pues, la manor duda ni confusión: la G. C. es una parcela de las

Fuerzas Armadas, muy querida y respetada por éstas. Más aún: y conviene a España que lo siga siendo.

Bueno será recordar, como colofón y «aviso de navegantes», que quinientos años antes de Jesucristo el

célebre general y filósofo chino Sun-Tseu dijo: «E! colmo del arte militar es quebrantar la resistencia del

enemigo sin combate.»

Jesús RUIZ MOLINA

General de Brigada de Infantería de Estado Mayor

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