Autor: Sierra, Ramón. 
   Policía Nacional y Policía Autóctona     
 
 ABC.    07/06/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

POLICÍA NACIONAL Y POLICÍA AUTÓCTONA

MIENTRAS llega al «B. O.» el proyecto de ley Antiterrorista —que, al parecer, no lleva sello de

urgencia— el Gobierno va a cambiar «la imagen», una expresión que ya ha alcanzado rango

constitucional, de la Policía Armada en 1979... Suponiendo que, para entonces, no se cambie, también, de

Gobierno, y el nuevo decida alterar el signo de la proyectada mutación.

Este cambio se basa en el supuesto de que, en el régimen anterior, la Policía Armada era una fuerza

represiva, impopular, y ahora va a ser una fuerza destinada a proteger al pueblo y sus libertades, nueva

misión que le va a transformar en una institución popularísima y querida por todos. Para lograr tan

encomiable propósito, nuestros policías armadas, además de llamarse «policías nacionales» —y de seguir

llevando armas, por si acaso—, vestirán nuevos uniformes y emplearán instrumentos de disuasión

todavía quedan grupos minoritarios empeñados en desestabilizar la democracia— menos contundentes

que los utilizados ahora, pero suficientes para proteger a los ciudadanos respetuosos con las leyes e

identificados con los defensores de la paz pública.

Los nuevos uniformes tienen un aspecto más deportivo, menos marcial, menos acoquinarte. Las boinas

son mucho más democráticas que las gorras, y aunque también se van a usar estos últimos cubrecabezas,

serán más flexibles, menos hieráticos; y las capas impermeables —que, quizá, pueden ser poco prácticas,

poco aptas para rápidas maniobras defensivas si los incontrolados empiezan a lanzar piedras, huevos

podridos o latas vacías, darán un aspecto menos hosco a estas fuerzas del orden público. Pero lo esencial,

al parecer, es el cambio de color de los uniformes. El gris está manchado de sangre —sobre todo de la

propio sangre de los policías armadas—, mientras que el nuevo color, el marrón, está inédito.

A Agustín de Foxá, tales uniformes no le gustarían nada, porque descubrió, en la monda de un cementerio

romántico, que el marrón era el uniforme de la muerte, de los que habían sido enterrados en aquel

camposanto.) De todos modos, supongo que, cuando los desestabilizadores se desmanden, la Policía

Nacional podrá utilizar cascos y escudos, porque sería muy poco serio que tuviesen que meterse en los

portales para no correr la «suerte» de San Esteban. Y aunque éste no es un problema de humos ni de

pelotas, nos parece bien que los botes que engendran aquellos y el tamaño y consistencia de éstas se

modernicen, para evitar lesiones graves.

Sin embargo, recelosos por temperamento, tememos mucho que cuando los ciudadanos se echen a la calle

para organizar manifestaciones destinadas a reivindicar objetivos que ellos considerarán justísimos —y

que en muchos casos lo serán— sin preocuparse de las posibles y prudentes prohibiciones gubernativas, o

se calienten en manifestaciones autorizadas, no se van a preocupar gran cosa de los nuevos uniformes, ni

de su color. Pero ¡quién sabe! Las sorpresas nos ametrallan diariamente y es posible que el Gobierno,

mucho mejor informado que nosotros, disipe nuestros recelos en cuanto la Policía Nacional sustituya a la

Policía Armada; la que, además, va a tener una nueva mentalidad, de acuerdo con las enseñanzas que

reciben sus miembros en las Academias de este heroico, abnegado y maltratado Cuerpo.

También recelamos —no lo podemos remediar— del éxito que puedan tener los policías autóctonos que

con tanta insistencia pide, por de pronto, el Consejo General Vasco. Los señores consejeros creen que la

Policía vasca, integrada por vascos y mandada por oficiales vascos, será muy bien recibida por todos los

vascos. (Si no se repite lo de vascos, ese párrafo no sonaría bien.) Indudablemente, el primer desfile de la

nueva Policía sería apoteósico, aunque los ciudadanos que no pertenezcan al P. N. V., ni a sus partidos

derivados, no las tendrán todas consigo y aprenderán bien el número de teléfono de la Policía Nacional y

de la Guardia Civil por si algún apasionado les denuncia a la Policía Autóctona, arbitrariamente. Desde

luego, justo es decirlo, si esta novedad cuajase, se delimitarían muy bien las funciones de la Policía

Autóctona y de la Policía Nacional. ¡Por supuesto! Pero nuestras suspicacias no iban a desaparecer.

Tememos que si el gobernador civil, o la autoridad que represente al Gobierno en el seno de la

nacionalidad vasca, es decir, en «Euzkadi», diera el encargo de contener o disolver alguna manifestación

subversiva, a todas las fuerzas que garanticen el orden público, autóctonas o nacionales, aquéllas van a

perder en seguida su apoteósica popularidad. Lo menos que les van a llamar es «sucursalistas». Y los

exaltados que militen en el P. S. O. E., o en el P. C., o en el Euxkadico-Exquerra no se conformarán con

tan ingenua calificación. El Consejo General Vasco se encontrará metido en unos laberintos

interpretativos de sus competencias, inescrutables; y no sabemos si le va a gustar la natural independencia

del grupo especial antiterrorista, que se va a organizar, una iniciativa loable.

Ya tenemos noticia de que, en otras naciones, hay policías nacionales y locales, pero insistimos en lo de

siempre: que nosotros no somos ni americanos del norte, ni ingleses, ni alemanes... También recordamos

muy bien a los forales, los miñones y los miqueletes. Pero una cosa es recaudar arbitrios o escoltar

procesiones y otra imponer la ley en las camorras callejeras.

Y ¿qué va a suceder si la Policía Autóctona Vasca tiene alguna fricción fronteriza con la Policía

Autóctona Riojana, pongamos por caso? Esperemos que, el Gobierno reflexione sobre SÍERBA temerosa

posibilidad ~ Ramón

 

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