No a las parapolicías     
 
 Diario 16.    08/08/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

No a las parapolidas

Dice el editorialista del «New York Times» que la finalidad del terrorismo es aterrorizar, y que si no lo

consigue deberá desaparecer como método de hacer política. Esta opinión merece especial atención;

porque esta vez, con los atentados de Madrid, no nos hemos aterrorizado. Si indignado. Un matiz

diferencial que revela un superior grado de madurez.

Parece como si empezaran a ser pretéritos los tiempos en que cada atentado de ETA o GRAPO provocaba

que todos los españolitos de a pie «mirásemos hacia atrás con miedo». Porque lo verdaderamente

terrorífico era la reacción, ésta sí «airada», de ciertos sectores. El terreno estaba bien abonado para

cualquier reacción. Pero conscientemente, o por error, ETA (p-m) no ha metido el dedo, esta vez, en esta

llaga.

El reconocimiento de sus otros errores, su autocrítica, no la exime de culpa: son muchas seis muertes.

Pero ojalá sean sinceras sus manifestaciones de que la lucha toca a fin; de que dan por bueno el Estatuto

que se va a proponer al Parlamento, y, en referéndum, al pueblo vasco. Al menos, bueno como base para

la convivencia actual. Y como base para ulteriores mejoras. No hay ninguna Constitución, por perfecta

que sea, que no haya sido objeto de posteriores enmiendas, correctoras de principios que el tiempo ha

rendido obsoletos.

Por eso cabe manifestar alivio por el «alto el fuego» unilateral decretado por ETA (p-m): en nombre de

los sufridos ciudadanos de este país; en nombre de los pacíficos turistas que nos visitan (y... nivelan

nuestra balanza de pagos), y en nombre de todos los sacrificados miembros de las FOP, que son quienes

han apechugado con las mayores fatigas (y bajas) en esta guerra sin declarar.

Urge ahora que no se retrasen los siguientes pasos para que entre en vigor el Estatuto de Guernica:

aprobación por las Cámaras y aprobación, sobre todo, por el pueblo vasco, el más necesitado de esta paz,

en referéndum. El Ejecutivo no debe dejar resquicio de sospecha de manipulación: los defensores del «sí»

y el «no» deben tener iguales posibilidades de exponer sus opiniones. El Estatuto debe tener el más

sincero apoyo popular para que pueda ser defendido, sin asomo de duda, una vez entre en vigor.

Porque a partir de ese momento, la máquina político-policial debe ser implacable. Si, como parece, ETA

militar ha de quedar como último baluarte de la intransigencia violenta, no deben ser ahorrados los

medios para su eliminación. La democracia tiene el deber de defenderse.

Desde nuestras páginas diversos especialistas han expuesto posibles vías para la lucha eficaz contra los

terroristas. Todas han abundado en la primacía de las medidas de orden político. Y que lo más racional es

dejar a las instituciones que se creen en el mismo País Vasco, el cuidado de erradicar el terrorismo. A los

organismos de Madrid les correspondería, además de eliminar infundados recelos, aportar la mejor ayuda

posible.

El ministro-consejero del Interior vasco podría entonces crear un «estaff» antiterrorista con

personalidades prominentes de distinta procedencia: políticos, sociólogos, policías, economistas,

militares, juristas, hombres de empresa, etcétera. No deben caerse prendas en buscar asesoramiento en el

exterior: en Gran Bretaña, primer especialista mundial en esta materia; primer fabricante de materiales

para esta lucha, y, también, vieja amiga de los vascongados. A la República Federal de Alemania, que ha

conquistado éxitos definitivos en la eliminación de los Baader-Meinhof. Y a Francia, sin cuyo concurso,

los irrecuperables encontrarán siempre seguro asilo.

Caben incluso soluciones pragmáticas: abrazos de Vergara, réplicas al ciento por ciento del original de

1840. Cuando el aburrimiento y la desesperanza presionan, todo es posible. Lo que no es aceptable es el

recurso a los grupos paralelos, que tanto predicamento tiene entre las fuerzas más conservadoras.

 

< Volver