Autor: Blom, Ricardo. 
   Una democracia en equilibrio     
 
 Arriba.    02/10/1976.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

UNA DEMOCRACIA EN EQUILIBRIO

Desde el punto de vista de la viabilidad del proceso de reforma, la probable formación de un partido

conservador de amplio espectro, como el que podría agrupar las fuerzas de UDPE, Reforma Democrática,

UNE, parte de ANEPA y otros sectores y personas por hoy no alineadas es, sin duda, una buena noticia, y

ello con independencia de la afinidad o distancia ideológica con que se contemple esta conglomerado.

Una democracia necesita, para poder andar, dos patas, y lo hará tanto mejor si ninguna de ellas es

ortopédica. Queramos decir, ojue parece conveniente que los socialistas sean socialistas de verded

—portavoces auténticos de sus bases partidarios y reconocidos como tales por los partidos análogos de

los demás patees libres— y que los conservadores sean conservadores de verdad y no derechistas

vergonzantes o fascistas atemorizados. Desde una interpretación democrática correcta,

ser conservador es, por lo menos, tan razonable y respetable como ser liberal o socialista

LA democracia no da ni quita la razón a nadie, sino que se limita a crear un ambiente en el que todas

las razones puedan ser expuestas. Tampoco la victoria electoral significa que se esté en posesión efe la

verdad, sino lan sólo que se ha conseguido persuadir a un numero más amplio de electores.

El viejo sofisma de identificar el juicio de las urnas, esto es, el veredicto mayoritario sobre las realidades

contingentes de Id vida comunitaria, con la sumisión de la verdad a los criterios, naturalmente falibles, de

la mayoría —tan grato si dogmatismo totalitario—, no se tiene en pie. Lo que sucede es algo mucho más

simple y, al tiempo, bastante razonable: como nadie puede legítimamente exhibir el monopolio de la

verdad, parece lógico esparar que más ojos vean mejor que menos. Los aficionados a la matemática

conocen el hecho estadístico da la utilidad de los errores para acó tar ia solución correcta.

Además, la aplicación del criterio mayoritario —si se hace con respeto a los derechos a Intereses de las

minorías y con la limitación temporal de mandato, a cuyo término será preciso recabar de nuevo el juicio

de les urnas, en el que pesará sustancialmente la valoración de los resultados obtenidos— amplia en todo

caso la satisfacción ciudadana, clarísimo norte de la acción política. Es obvio que a nadie se debe

hacer feliz contra nú voluntad, ni darle confort a bofetadas; pero es que, edemas, tampoco es Frecuente

que así suceda y ahí está la realidad de que los países de gobierno libre son, precisamente, los que

componen el área de mayor desarrollo económico y más elevado nivel de vida. La democracia na es el

sistema Ideal —¡qué duda cabe!—, pero, ¿puede alguien ofrecernos otro mejor? Al menos hasta hoy, las

alternativas han sido más bien espejismos.

Cierto que los Estados Unidos tienen grandes defectos y graves problemas, y lo mismo sucede en

Inglaterra. Francia. Suecia, la República Federal Alemana o cualquier otro país libre; pero, puestos a ser

sinceros, ¿quién escogería ser subdito soviético • ciudadano de cualquiera de estos países?

El ciudadano español tiene tentó derecho a ser informado de loa procedimientos y programas que el

socialismo le ofrece, como los criterios y propósitos de quienes cpnflan más en el sisteme de fibre

empresa para beneficiar las condiciones de vlde. Hay distintas opiniones porque las soluciones no son

evidentes y no tiene, pues, nada de extraño que fluctúen las mases de votantes. Una cosa son las ofertas

de los partidos a la caza del voto y otra los resultados a la hora de gobernar; pero el fracaso de un

programa tampoco supone el de la Ideología que o nutre: puedo fallar la eficiencia de los hombres o

haber Influido circunstancias transitorias de muy varia índole. Incluso una gestión afortunada puede

concluir en el rechazo de las urnas —Churchil apenas alcanzada la victoria bélica, o la socialdemocracia

sueca ahora, son un par de buenos ejemplos—, lo que puede deberse tanto a ´a opinión de que nuevas

circunstancias reclaman nuevos gobernantes, como al humano y justificable afán de cambio.

Lo cierto es que un gran partido conservador» despejaría no poco el panorama político actual y barrería

muchas brumas del horizonte al romper la engañosa dicotomía Gobierno / oposición, que en repelidas

ocasiones ve nimos denunciando. Las cosas se verían entonces como realmente son: un Gobierno gestor

con objetivos concretos —del que ningún partido ni grupo puede considerarse oposición, pues no

representa a fuerzas partidarias sino al propósito compartí do de la transición democrática— y dos

grandes bloques de fuerzas políticas, los socialistas y tos conservadores, con los liberales como tampón

apaciguador y los Incómodos catalizadores cíe la extrema derecha y la extrema izquierda, por fortuna con

influencia mínima y en regresión sobre el electorado.

Sin socialistas y sin conservadores, puede haber hoy en dta cualquier cosa menos democracia. Si faltara

alguno de los dos. sería una democracia coja que, al echar a andar, lo haría con desequilibrio.

Ricardo BLOM

 

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