Autor: Pujol i Soley, Jordi. 
   Peligros superados y un peligro que persiste     
 
 El País.    02/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

OPINIÓN

EL PAÍS, sábado 2 de octubre de 1976

Jordi Pujol nació en Barcelona en 1930. Hijo de un militante de Esquerra estudió Medicina y trabajó en la industria farmacéutica. Milita inicialmente en el progresismo católico y es detenido en 1960. Queda en libertad definitiva en 1963. Figura dominante en

Tribuna libre el Consejo de Administración de Banca Catalana, abandona el pasado año parte de su actividad empresarial para dedicar casi todo su tiempo a la política. Es actualmente secretario general de Convergencia Democrática de Cataluña.

Peligros superados y un peligro que persiste

JORDI PUJOL

Antes del 20 de noviembre de 1975 se había hablado largo y tendido, durante años, de los riesgos que la nueva situación comportaría. Y lo mismo se ha hecho durante los primeros meses después de la muerte de Franco.

Generalmente las hipótesis que se barajaban eran de signo negativo. Incluso los que analizaban estas perspectivas desde posturas democráticas y de oposición y por tanto obviamente antifranquistas, admitían la posibilidad de una evolución negativa o de una situación muy traumática.

Hoy, después de nueve meses, de nueve meses cargados de hechos importantes, de marchas y de contramarchas, de grandes avances y también de reticencias, hoy puede ya casi asegurarse que algunos de aquellos riesgos están superados. Y que en cambio persiste otro —ese sí, amenazador— del cual se habló mucho menos que de los restantes.

No tiene mayor interés decir que personalmente nunca creí en algunos de estos riesgos. Pero me importa aclararlo a efectos de interpretación de mi posición personal y espero que el lector sabrá excusar esta pequeña digresión. El caso es que para amplios sectores de opinión estos riesgos eran —algunos o varios de ellos— muy reales.

Los riesgos superados o casi superados son los siguientes:

1. La dictadura de signo comunista o paracomunista. Incluso creo que está superada la posibilidad de una hegemonía comunista, y ello —si no fuera también por otras razones— por el hecho de que existen en España otras fuerzas políticas y sindicales en un grado de desarrollo y organización muy probablemente inferior al de los comunistas, pero suficiente como para presentar sus propias alternativas. La liquidación del franquismo ha sido suficientemente gradual como para que los sectores organizativamente menos fuertes, pero cuya filosofía y programa responden a la expectativa de amplios sectores del país hayan podido intentar recuperar su retraso.

2. El golpe de derechas equiparable a lo que fue el de los coroneles griegos y la subsiguiente dictadura. Cierto que se sigue hablando de la fuerza que en España tiene todavía el bunker y de su posibilidad de desencadenar un golpe de este tipo, y no sería prudente negar ni esta fuerza ni esta posibilidad. Pero no parece probable. De una forma u otra —quizá con una pizca de doble juego por parte de algunos sectores, es decir, de intento de manipulación de la democracia— creo que es general el convencimiento de que la democracia es ineluctable y que —aquí mucho más que en Grecia— la involución autoritaria de derechos sería una catástrofe para España.

3. El desvario portugués de abril de 1974 a noviembre de 1975. Durante este periodo Portugal corrió dos gravísimos peligros: el de la dictadura comunista, y, el de la disolución de la sociedad a través de una situación hecha de desorden y confusión, de demagogia e irresponsabilidad. Tres hechos —aparte las características de la sociedad española, mucho más sólida que la portuguesa— hacen muy improbable la repetición aquí de la pesadilla portuguesa: el hecho de haber sido los españoles espectadores de todo el fenómeno portugués y haber podido sacar conclusiones; la muy superior substantividad de la oposición española, no sólo en lo estrictamente político y sindical, sino también psicológicamente; y la gradualidad del proceso español.

4. Pero hay un cuarto riesgo que ese si persiste, e incluso podría nacerse más amenazador de lo que es.

Es el riesgo italiano.

¿Qué ha sucedido en Italia? Ha sucedido que durante los últimos seis o siete años el país ha sido conducido a una situación de ingobernabilidad y casi de inviabilidad debido a la ineficacia y la rutina de la acción política, debido a una sistemática y generalizada contestación —de izquierdas y de derechas— que ni en el terreno político ni sobre todo en el de las ideas ha encontrado réplicas eficaces, debido a una desmoralización y a una pérdida de motivación colectivas profundas, debido a una carencia grave de disciplina social, que afecta a los empresarios, a los obreros, a los usuarios de los servicios, por supuesto a los contribuyentes y en general a toda la sociedad.

Las responsabilidades son diversas y están bien repartidas: abarcan desde los partidos políticos remisos y poco coherentes. A los sindicatos maximalistas y a menudo desbordados, desde los fomentadores de una sociedad consumística a ultranza hasta un empresario dinámico. Pero todavía no lo bastante moderno y sólido. El resultado ha sido una actuación global —política, social, económica, de creación de clima colectivoincierta, confusa, relajada e insolidaria.

De unos meses a esta parte hay indicios de que Italia inicia su recuperación. Les llevará años salir del «impasse», pero probablemente lo conseguirán gracias a la reacción del pueblo italiano, también a dos hechos que en España, una situación parecida, no se darían. Estos dos hechos son que la economía italiana en muchos aspectos era más sólida y desarrollada que la nuestra, y que la crisis se produjo después de 25 años de democracia y de progreso social, es decir, en una sociedad económicamente, socialmente y políticamente más organizada y más hecha que la española. Una situación como la italiana sería mucho más peligrosa en España para la incipiente democracia e incluso para el desarrollo económico y el equilibrio general del país.

Y lo malo es que esta situación puede producirse. La tendencia a la «italianización» viene favorecida por la incertidumbre propia de una época de transición. No creo que deba criticarse cierta gradualidad en el restablecimiento de la democracia, pero la provisionalidad actual está ejerciendo ya un papel muy negativo. Está erosionando gravemente la economía del país, porque es difícil practicar una política económica en estes condiciones. Pero está también comprometiendo ciertos futuros comportamientos políticos y sociales. El Gobierno, por ejemplo, no puede o no quiere reconocer rápida y plenamente la libertad sindical y admitir el papel que los trabajadores deben jugar en la empresa, y en cambio aprueba una ley de relaciones laborales que ni la más avanzada, en lo político y lo social, de las democracias europeas aceptaría. El Gobierno no puede o no quiere admitir la de todas formas tarde o temprana ineluctable legalización del Partido Comunista ni acaba de definir las normas de funcionamiento de la democracia, pero se ve obligada a aceptar un clima de crítica constante, que al no disponer de los cauces adecuados, corre el peligro de agriarse y radicalizarse. La provisionalidad crea pasividad y abandono empresariales, reticencias y endurecimientos políticos y sindicales, debilitamiento de la coherencia del cuerpo social, relajamiento en todos los órdenes. Crea condiciones muy parecidas a las que han provocado la crisis italiana.

Sólo una aceleración en el cambio hacia la democracia, hecha en términos de una propuesta amplia, de una propuesta que no deje problemas pendientes y que nos permita a todos ponernos a la obra, puede invertir la tendencia. Una propuesta de este tipo tendrá por supuesto algo de rupturista, pero es que hay algo peor que según qué rupturas, y es el deslizamiento insidioso —«strisciante» dirían los italianos— hacia una situación de desánimo, de poca esperanza, de incertidumbre. De debilitamientos de los reflejos sociales y de pérdida de cohesión de las actitudes colectivas.

Este, y no otro, es el peligro que hoy nos acecha.

 

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