Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Comentario a un "slogan" electoral     
 
 El País.    03/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL PAÍS, domingo 3 de octubre de 1976

Federal Alemana

Comentario a un "slogan electoral

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IGNACIO SOTELO

Según la propaganda de la democracia cristiana, lo que se ventila hoy es la disyuntiva «libertad en vez de socialismo». Para cualquier observador de la cuenca del Mediterráneo tiene que resultar llamativo, sí no extraño, el que la oposición democristiana en Alemania haya hecho su campaña electoral en base a un slogan que pretende fundamentar su éxito en el repudio del socialismo. Si en el sur de Europa, como en muchos países del «tercer mundo», la derecha coquetea con el socialismo, conociendo la popularidad de este concepto, en cambio, en la Alemania Occidental, es fórmula eficaz de descrédito tildar a un partido de socialista.

Es de por sí harto significativo que una consigna tan radicalmente falsa en todas sus posibles acepciones, la hayan seleccionado expertos en publicidad y en técnicas electorales, al considerarla lo suficientemente atractiva como para movilizar a la mayoría del electorado.

Sobre su falsedad, no hace falta insistir. Al nivel teórico más abstracto, no cabe construir contradicción alguna entre libertad y socialismo; antes al contrario, este último concepto no implica más que el afán de realizar la libertad de todos los ciudadanos, eso sí, en un sentido más plenamente humano que el que se deriva de la mera «libertad» de traficar con el trabajo ajeno. Pero, tampoco en una interpretación más concreta, el dilema planteado entre libertad y socialismo tiene significado alguno en la Alemania de hoy. La socialdemocracia no representa una alternativa socialista que niegue la libertad; es que ni siquiera constituye opción realmente socialista. El socialismo germano-occidental se agota en la pura disquisición teórica de las aulas universitarias y en algunos grupos minúsculos de obreros.

Sin embargo, la democracia cristiana, y no sin fundamento, cree poder ganar votos construyendo un maniqueísmo harto simplista: por un lado, las fuerzas sanas que luchan por la conservación de la libertad; por otro, como encarnación de todos los males, el socialismo, que cuestiona y amenaza a la sociedad libre en la que tenemos la dicha de vivir. Para desacreditar a la socialdemocracia, nada mejor que acusarla de lo que de ningún modo quiere ser, socialista. Vale la pena reflexionar sobre los factores socio-políticos que hacen posible que un planteamiento tan cabalmente falso, resulte eficaz.

Si bien es cierto que el socialismo puede despertar no pocas esperanzas, también son grandes los temores que levanta. El miedo al cambio suele ser mayor que el deseo de cosas nuevas. Un planteamiento conservador parte ya con una ventaja inicial considerable: el miedo domina nuestras vidas a mayor profundidad y con mayor alcance que la esperanza. Pero aparte de esta estructura psíquica de carácter general, en el caso de la República Federal el miedo al socialismo está bien arraigado por la «experiencia socialista» de la otra Alemania.

La República Democrática Alemana sigue siendo el mejor antídoto contra el socialismo que el conservador más cínico hubiera podido imaginar. Resulta enormemente difícil convencer a la población alemana que cuando se habla de socialismo se está aspirando a otra cosa que a la realidad cotidiana de la Alemania Oriental. Mientras que la alternativa al capitalismo democrático parezca ser únicamente el burocratismo soviético, los pueblos que lo han conocido de cerca seguirán aferrados a un capitalismo lo bastante dinámico y flexible como para respetar las libertades básicas.

Teniendo en cuenta el antisocialismo furibundo que engendraron las condiciones especialisimas de la Alemania de la posguerra —en 1933, en cambio, la derecha más agresiva se llamaba nacionalsocialista—, la socialdemocracia de los años cincuenta tuvo que elegir entre mantenerse en una perspectiva auténticamente socialista, conformándose a largo plazo con su papel de oposición, o intentar llegar al poder, convirtiéndose en un partido moderno de masas que, para conseguir a la mayoría del electorado, ha arrojado, no ya su vieja ideología marxista, sino incluso hasta una perspectiva socialista.

En el Congreso de Bad Godesberg, en 1959, el partido socialdemócrata se decidió por esta segunda vía, con el éxito conocido. Para comprender las dificultades actuales conviene no olvidar que también la socialdemocracia hizo su ascensión al poder rechazando el socialismo. Los realistas tácticos dé la socialdemocracia proclamaron en los años cincuenta, y lo han seguido haciendo en las décadas posteriores, que cuanto menos socialismo, mayores posibilidades de ganar las elecciones. Lo grave es que, una vez llegados al poder, y desplazada la derecha a la oposición, esta misma fórmula, en manos de los conservadores, resulta mucho más eficaz. Si de lo que se trata es de conservar el orden social, sin caer en experimentos ni aventuras reformistas, el electorado bien pudiera pensar que esta labor sea más propia de la conservadora democracia cristiana.

 

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