Autor: García San Miguel, Luis. 
   Sobre la conquista y la concesión de la democracia     
 
 El País.    05/11/1976.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, viernes 5 de noviembre de 1976

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Sobre la conquista y la concesión de la democracia

No es fácil saber por qué, pero es el caso que mucha gente anda diciendo por ahí que la democracia no se concede, sino que se conquista. Hay que entender que el encargado de llevar a cabo esa conquista es el mismo pueblo que va a disfrutar de ella. - Si se toma esta afirmación en sentido general (es decir, con referencia a diversos países y diversas épocas), resulta tan discutible que no se entiende bien que hasta sesudos profesores se lancen a proclamarla. Basta con echar una ojeada a la historia reciente para convencerse de que más bien ha ocurrido lo contrario de lo que aquella afirmación proclama.

En efecto, por unas u otras razones (para el caso eso importa poco), los alemanes llevaron a Hitler al poder en unas elecciones.

Luego hubo una oposición interior, pero fue débil y, en definitiva, impotente para derribarlo. Cabe suponer que buena parte del pueblo alemán, no sólo soportó, sino que apoyó a Hitler, y hay quien llega a decir que el nazismo estaría aún en el poder, de no haberse producido la guerra mundial. Lo que se diga de Alemania puede aplicarse, con pocas variantes, a Francia y, en mayor medida aún, a Italia. ¿Cómo afirmar entonces que la democracia se conquista y no se concede? En los tres importantes países que acabo de mencionar, y en algún otro que pudiera encontrarse, la democracia no fue conquistada por el pueblo, sino concedida o, quizás, impuesta por los ejércitos extranjeros. (Lo que, por cierto, no significa que funcione mal. Pero ésa es otra cuestión.)

Ahora bien, a lo que parece, los que hablan de que «la democracia no se concede, sino que se conquista», están pensando, al decirlo, en España, en Suárez, en Coordinación Democrática, etcétera, etcétera. Pero, entendida en ese sentido más concreto, la afirmación tampoco resulta convincente y vamos a tratar de verlo con algún detalle.

La oposición, con su presión incesante y a menudo arriesgada, habrá contribuido de manera importante al tránsito a la democracia, si por fin éste se produce. El que esa presión haya ido mezclada con utopías, ansias de poder y pequeñas rivalidades personalistas no le quita todo mérito en el orden moral (aunque sí matiza ese mérito), ni eficacia en el plano real. Parece seguro que, de no haberse producido huelgas, manifestaciones y otros actos de protesta, el régimen nunca se hubiera reformado.

Conviene advertir, dicho sea de paso, que, a menudo, la oposición se atribuye menores méritos de los que realmente tiene, cuando afirma que nada ha cambiado ni puede cambiar y que las cosas van peor que nunca. Pues, si nada ha cambiado, la presión de la oposición no ha servido de mucho.

La oposición minimiza su influencia, en cierto modo, al proclamar el inmovilismo de su oponente.

A veces se oye decir también a algunas gentes de la oposición: «Bien; reconocemos que algo ha cambiado, pero es evidente que los cambios los hemos producido nosotros». Esto resulta algo más realista, pero tampoco del todo convincente. Pues si es cierto que la oposición ha contribuido al cambio, no lo es que ella haya sido el único (ni quizá siquiera el principal) motor del cambio. Otros factores han contribuido decisivamente.

Uno de ellos, la desaparición del anterior jefe del Estado. E] poder personal de Franco es muy difícil de sustituir, desde el punto y hora en que nadie tiene el carisma que él tuvo entre amplios sectores de la población; carisma nacido del hecho de haber ganado la guerra y construido un nuevo Estado.

No es fácil que alguien, después de él, fuera capaz de mantener unidas las complejas fuerzas que integran el régimen.

Por otra parte, cabe pensar (aunque sé que esto es discutible y quizás otro día lo discuta) que el mismo Franco preparó la sucesión para que la continuación de un poder personal, semejante al suyo, ya no fuera posible o, al menos, no fuera fácil. En efecto, la ley Orgánica, obra de Franco, establece una extraña división de poderes entre el Rey y la clase política, que no acaba de darle a aquél el poder total, ni de quitárselo del todo. El Monarca prefigurado en aquel texto fundamental no es ni un Rey absoluto ni un Rey constitucional, sino una extraña mezcla de las dos cosas. Ese raro artilugio legislativo, que parece basado en la doble desconfianza (tan característica de la personalidad de Franco) hacia el que iba a ser su sucesor y los que habían sido sus fieles colaboradores, perpetuación del «divide y vencerás» que siempre practicó, hace difícil la continuación de la dictadura: el Rey no puede convertirse (en el supuesto de que quisiera) en un dictador y un general (en un civil no cabe pensar); tendría que dar un golpe de Estado de imprevisibles consecuencias para asumir todo el poder, peligrosa bomba de mano que podría estallarle en las manos en cualquier momento. No, Franco no lo dejó todo atado y bien atado como algunos dicen, con escasa penetración, a mi juicio.

Si por fin viene la democracia, la presión internacional habrá tenido también que ver en ello. Ese sería quizás el factor decisivo, más importante quizá que la presión de la oposición interior, pues la fuerza de esta última depende, en gran medida, del apoyo que recibe de fuera. España, país pequeño y dependiente, necesita mantener buenas relaciones con el exterior, pero la diferencia de regímenes políticos entre nuestro país y aquellos con que por fuerza ha de relacionarse dificulta (aunque, claro está, no imposibilite por completo) la buena relación.

Parece claro, por último, que sin la actitud flexible e inteligente de buena parte de la actual clase política, la reforma de signo democrático difícilmente pudiera producirse. Pues ya se empieza a reconocer (¡al fin!) que la oposición no tiene fuerza suficiente para derribar al régimen, aunque sí la tenga para presionarlo. Lo cual implica que el régimen, si quisiera, podría seguir «tirando»

bastante tiempo. Algunos dirán que si se metiera en el bunker no tardaría en llevárselo la riada revolucionaria. Pero, aparte de que esto quizá no sea cierto (¡hemos oído tantas veces la profecía del hundimiento del régimen y todavía sigue en pie!), se reconocerá que ese hundimiento no iba a ser inmediato y que los actuales beneficiarios del poder podrían seguir disfrutando bastante tiempo de sus prebendas. Por eso cabe pensar que quienes desde dentro del régimen intentan el cambio, contribuyen al mismo de manera importante.

El cambio, la reforma, si finalmente se consolida, habrá sido, en parte, conquistada por la oposición, en parte concedida por el régimen, en parte impuesta por las democracias exteriores y en parte preparada (¿quizá contra su voluntad?) por el propio Franco. Las cosas son, si el anterior análisis es correcto, más complejas de lo que parecen a simple vista y de lo que algunos pretenden. En consecuencia, nadie puede atribuirse «totalitariamente» el éxito de la «muerte del comendador», ni nadie puede arrogarse la exclusiva para extender certificados de buena conducta democrática, ni negar a los demás su contribución al cambio. Quizá sea lógico que algunos pretendan atribuirse esa exclusiva. Pero no seria lógico que algunos pretendan atribuirse esa exclusiva. Pero no seria lógico que nos lo creyéramos.

Un error involuntario se deslizó en la firma del autor de nuestra «Tribuna Libre» de ayer, titulada Políticos y Tecnócratas. El artículo se debía a nuestro colaborador Joaquín Garrigues Walker.

LUIS GARCÍA SAN MIGUEL

 

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