Autor: Garrigues Walker, Joaquín. 
   Un liberal reprimido     
 
 El País.    10/11/1976.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL PAÍS, miércoles 10 de noviembre de 1976

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Hace algún tiempo un ministro de un Gobierno de Franco pronunció una de esas frases que hacen fortuna. Estas fueron sus palabras: «Yo soy un liberal reprimido.» Las frases que hacen fortuna, si se permite la licencia, no son siempre afortunadas. Pero hacen fortuna precisamente porque nos quedan vivas en el recuerdo, porque se quedan con nosotros en un segundo plano, archivadas en el subsconciente.

Y a mí, como digo, aquella frase se me quedó grabada y ahora compruebo que otros muchos españoles todavía la recuerdan, porque, de vez en vez, salta a la prensa cuando se hace mención de aquel ministro.

A decir verdad, la frase me resucita estos días por un circunloquio. Algún comentarista del más allá ha calificado al presidente del Gobierno y a sus ministros como «liberales moderados». Si la cosa fuese sólo cuestión de adjetivos tendríamos que reconocer que se había avanzado un paso. No sería ciertamente el foso que separa la reforma de la ruptura. Pero dentro de la reforma sería como si una nueva barrera se hubiera superado. Los que entonces

Un liberal reprimido

tenían que reprimirse —para poder seguir siendo «liberales»— ahora serían moderados en su liberalismo (. Por este camino, en un próximo Gobierno quizá pudiera «colarse» algún liberal avanzado o progresista, y así, quién sabe, quizá un día en el horizonte político previsible —y aquí no hay que pedir muchas precisiones—, en un Gobierno de este país, quepa un liberal a secas, un liberal que, como la democracia a que aspiramos, no tenga adjetivos.

Uno piensa —con el respeto que le merecen siempre las opiniones de los otros— que un liberal no puede reprimirse hasta el punto de colaborar con una dictadura. Y no puede, en mi particular opinión, ni con el pretendido propósito de liberalizar la dictadura. Porque las dictaduras de rostro humano, las que adoptan una cierta imagen liberal son, por desgracia, las más duraderas.

JOAQUIN GARRIGUES WALKER

Hombres de buena fe, a veces, pero nunca liberales, han justificado su presencia en un Gobierno de autoridad con el deseo de «liberalizar», suavizar, humanizar la dictadura. Y con su actuación han prolongado la etapa totalitaria porque se ha hecho más llevadera la coacción moral y política o, mejor dicho, se ha hecho más tolerable y menos infamante.

Pero un liberal no puede, sin dejar de serlo, reprimirse hasta el punto de aceptar un puesto de Gobierno en una dictadura. Un liberal que lo sea tiene que quedarse fuera —por duro que sea el exilio o el silencio— porque un liberal tiene que empezar por ser demócrata. Si, por el contrario, un político está dispuesto a servir en un Gobierno dictatorial, si es incapaz de reprimir su libido política, entonces pueda ser que sea, en el mejor de los casos, un hombre de buenas intenciones, pero nunca un liberal.

Tampoco, en mi criterio, un liberal puede moderarse hasta el punto de aceptar un puesto de gobierno en un Gobierno elegido por un sistema distinto que el sufragio universal. Un «liberal» nombrado por el Consejo del Reino, pongo por caso, puede ser un autócrata civilizado —ahora que está el término de moda— o un totalitario comprensivo y educado y hasta un hombre lleno de buenas intenciones.

Pero no un liberal a secas, porque para ser liberal —pienso yo— hay que aceptar al contrario. Y en la vida pública en general y en la política en particular aceptar al otro consiste en darle la oportunidad de competir y de contrastar sus opiniones por contrarias que sean a las que defiende. Esa es la verdadera, la única actitud liberal. Aquella que entiende que la libertad del otro es tan sagrada como la de uno mismo.

Es por ello que los liberales de ley, puestos a elegir —si no hubiera otro remedio—, se quedan con quienes han mantenido siempre una misma actitud coherente. Un liberal entiende y en cierto modo respeta las actitudes de hombres que colaboran con la dictadura. Y las entiende siempre y cuando sean inequívocas, siempre y cuando las mantengan cuando llegue la democracia y acepten que son ahora otros —precisamente aquellos a quienes ellos excluyeron— los que deben intentar la democracia para todos.

Pero todos estos «liberales» de nuevo cuño, que ayer con la dictadura tuvieron que reprimirse y hoy moderarse para seguir subidos en el carro del poder, son los que tienen que comprender que sus servicios no son imprescindibles en los nuevos tiempos. Ya sean azules o tecnócratas, cristianos o agnósticos, deben comprender, repito, que son otros ahora los que tienen que construir el Estado que ellos no hicieron posible. La diferencia radica en que los nuevos hombres de la democracia no les impedirán, como lo hicieron ellos, ni el derecho a expresarse ni el derecho de voto.

 

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