Autor: López Aranguren, José Luis. 
   Democracia y representatividad     
 
 El País.    30/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL PAÍS. martes 30 de noviembre de 1976

OPINIÓN

Democracia y representatividad

Podría y debería hacerse un estudio sobre la ética política de la representatividad y su problemática, muy visible para quien, como yo entienda la democracia como forma de vida, como actitud moral sostenida a lo largo de la vida. Pues es claro que todos podemos comisionar o apoderar, es decir, hacernos representar, para actos concretos, precisos, determinados en el documento notarial del poder otorgado. Pero ¿podemos hacernos representar en lo que es, o debería ser, políticamente nuestra vida entera? Hasta cierto punto, sí. La representación es un sucedáneo inevitable de la, en su plenitud, imposible democracia (directa).

Y así puede funcionar como una ficción, por necesaria, plausible, siempre que se cumplan dos condiciones: que se mantenga la vinculación estrecha y constante de los representantes con sus representados, para que el sistema representativo no degenere en parlamentarismo o partitocracia, es decir, en delegación como dejación del Gobierno en un «aparato» oligárquico; y que, de la misma manera que el representante no se separe de sus representados, tampoco el gesto ritual de votar, esa acción litúrgico-política, se convierta en un acto aislado dé la secuencia de una concepción democrática de la vida. sino que se manifieste como expresión de actitud sostenida a lo largo de la vida política. A muchos jóvenes de hoy les importa mucho máscreo que con razón, la democracia como participación y autogestión que la plausible ficción de la representación.

Para quien piensa de este modo no dejó de constituir una paradoja el verse invitado a tomar parte en el reciente congreso sobre sistemas electorales, si bien, con excelente acuerdo, sólo a su clausura. Me pareció entonces que lo único que yo podía hacer allí, y lo que, más o menos, estoy repitiendo aquí, era poner un contrapunto a cuanto allí se había estado discutiendo, la determinación dé las técnicas más precisas para la computación del voto en nuestra sociedad tecnológica, es decir, una cuestión de tecnología electoral. (Aunque entre paréntesis, no será inoportuno señalar que esta voluntad, tan actual, de llenar, en cuanto sea posible, el acto electoral de contenido participatorio y cultural, es patente en obras como el libro reciente de Francisco Domínguez García de Paredes, La democracia integrada. JOSE LUIS LARANGUREN

Un sisrema de votación electoral. Nada más lejos de mi intención que la discusión de la inverifícada efectividad del método en el propuesto, porque lo que me importa aquí es solo subrayar ese esfuerzo por conseguir, a través de la representación, un retrato miniaturizado, es claro, pero lo más fiel posible, de la voluntad popular.)

Mi contrapunto consistió en la apelación a que ese acto de depositar una papeleta en una urna se autentifique mediante el compromiso existencial con él, que lo dote de profundidad. {Lo cual, por supuesto, nada tiene qué ver con el politicismo o politiqueo, del que ya estamos muchos más que saturados. Para mí fue un gran respiro oír al político Enrique Tierno, la otra tarde, su análisis, tan lúcido, de la psicología de Dionisio Ridruejo en su relación, irónica y contradictoria, con el poder.)

Mas al llegar ahí. yo mismo me hacía estas objeciones: ¿no será esto una recaída en existencialismo, existencialismo político?; dicho de otro modo, ¿no se produce asi un regreso al pathos dramático de la democracia como religión secularizada y más bien luterana, que demanda al hombre lo imposible de cumplir? o en fin. para decirlo un poco menos patéticamente, ¿no se está invitando, de este modo, a volver a la concepción de la república democracia de Montesquieu. basada en la virtud practicada a lo largo de la vida entera? Incluso podríamos traer al respecto aquellas palabras de Unamuno. dichas a propósito de la religión, pero que dentro de este contexto cabria trasponer lícitamente al de la política: «Al pueblo hay que repetirle un día y otro y otro que nodelegue...»

Bueno, yo no diría tanto... o quizá diría más aún. No concibo la democracia como una forma trágica, sino como una forma utópica de vida. La utopía sé funda en la esperanza, no en la desesperación, y su función consiste en la configuración del futuro a través de su dicción o predicción: que el gobierno del pueblo por el pueblo (y, llegados a estas alturas, ya la palabra «gobierno» no sería adecuada, sino, a

lo sumo, metafóricamente) se cumpla.

Evidentemente, es mucho esperar. Entre tanto y provisoriamente podemos concebir la vida política como una bien dosificada proporción de lo practicable y de lo imposible.

El Gobierno se incurra evidentemente por lo primero, por lo seguro. Ha muñido a los. en principio, reacios procuradores y se dispone ahora a muñir el referéndum. Frente a ello yo declaro desde ahora que convertiré mi abstención en un acto responsablemente político y. por tanto, positivo. Habrá mucho fácil «si» que seguirá la corriente de la propaganda. Pero si yo soy escéptico incluso respecto de la posibilidad misma de la representación, ¿cómo no voy a serlo en cuanto a los actos de un Gobierno del que no consta que represente a nadie? La Reforma es uña empresa para la que no se ha contado con el país. Ahora, de un. modo demasiado parecido al franquista de hace diez años, se va a hacer como que se cuenta.

Yo no me voy a prestar al juego. Que el Gobierno continúe su Reforma por sí. y ya veremos dónde para, porque es de temer que se quede no lejos de donde ya estamos. No perdamos, por supuesto, la espenanza. Pero permanezcamos en espera. Ello dirá.

 

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