Autor: García Serrano, Rafael. 
   La democracia ha vencido, nadie sabe cómo ha sido     
 
 El Alcázar.    20/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Por Rafael GARCÍA SERRANO

VIERNES, 19 DE NOVIEMBRE

La democracia ha vencido, nadie sabe cómo ha sido. Ayer asistí —siempre por la tele— a las postrimerías de la votación y al aplauso de los señores procuradores al Presidente del Gobierno, y al aplauso del Presidente del Gobierno a los procuradores. Era algo tan hermoso como el cuadro de "las lanzas" y mi corazón de aficionado a la historia batía emocionadamente y también me parecía recordar que ese mutuo aplauso es una cortés costumbre del partido comunista ruso en sus reuniones y estreché lazos con Breznez, ya que Stalin, el pobre, murió y no tiene demasiados partidarios. Ya lo dijo Jardiel: "Morirse es un error".

Y esta mañana revisaba yo algunos conceptos muy antiguos, y acaso anticuados, sobre los españoles, cuando me han traído la prensa, de modo que mis emociones se han prolongado. Estrabón dejó dicho que "los iberos tienen también el hábito de sacrificarse y hasta de morir por no hacer traición a sus amigos".

¿En qué púñetas andaría pensando Estrabón?. Los periódicos chorrean democracia y la moqueta se me está manchando, pero qué le vamos a hacer. Creo que mejor nos conocía Cicerón, acaso porque ese elocuente granuja fue realmente el fundador de la CEDA, tan felizmente resurrecta ayer, tan retorciéndose el corazón como en sus mejores tiempos, tan oportunista, táctica, posibilista y todo eso.

Bueno, pues Cicerón opinaba que "los celtíberos eran una ralea de gentes más falsa y aborrecible aún que los mismos cartagineses". Es una opinión del ilustre senador, jurisconsulto y millonario. Me refiero a Cicerón. Otro tipo, que cita Justino, escribió: "El cuerpo del español soporta con facilidad hambres y fatigas, y su corazón sabe enfrentarse con la muerte".

De acuerdo, pues, con Troco Pompeyo se halla Julián Manas, que muy certeramente escribió hace unos años: "El español ha sido siempre —y es todavía— uno de los hombres más fácilmente dispuestos a jugarse la vida; la historia entera de España lo atestigua". Con singular inteligencia anota Marías, también, que "el español está dispuesto a jugarse la vida de una vez, pero no "a plazos" es decir, porciones de ella: un puesto, una ventaja, la comodidad, la "buena prensa", alguna seguridad, un privilegio". Pilar Urbano, magnífica colega a la que no tengo el gusto de conocer personalmente, pero a quién leo atentamente a diario, titulaba hoy su sección de "ABC": "

La Reforma se ganó en los pasillos", y cuenta deliciosamente la batalla. Yo ya sabía desde anoche que la democracia había venido y había vencido. Pilar Urbano nos ha contado cómo ha sido y gracias a ella ya lo sabemos todos. Guicciardini, que según me aseguraba Rafael Sánchez Mazas, fue un tipo muy observador que se las sabía todas, dijo de nuestros compatriotas: "Estiman mucho el honor, hasta el punto de que, por no mancharlo, no se cuidan generalmente de la muerte".

En todo esto andaba yo cuando una de mis hijas se me ha colado en la biblioteca para darme un beso y un regalo. No todo va a pintar mal para los gustos de uno. El regalo es un libro. Estupendo regalo, aunque sean las encíclicas papales o las obras completas del Cardenal Tarancón. El libro es la novela de Jesús Torbado, último Premio Planeta. Ya avisé que esperaba con impaciencia su salida. He dejado todo trabajo, todo lo he dejado —menos la los impertinente que me trae frito— y he comenzado a leer:

"En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército faccioso, han alcanzado las tropas republicanas sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. El Presidente de la República, Azaña. Madrid, 1 de abril de 1939".

¡Acabáramos, qué susto me había llevado!.

 

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