Carta de Miguel Primo de Rivera a Antonio Izquierdo     
 
 El Alcázar.    24/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

CARTA DE MIGUEL PRIMO DE RIVERA A ANTONIO IZQUIERDO

Querido Antonio:

El título de tu artículo del jueves pasado en "El Alcázar", me fuerza a contestarte por el camino que tú mismo has elegido. Esto es lo único que realmente me duele. Pero la nobleza, que me demandas, me obliga a elegir tus armas.

Tal y como proclamas de antemano nuestra amistad, veo que entre las dos posibilidades para mostrar tu discrepancia conmigo, —la de llamar o la de escribir—, has escogido la pluma. La más profesional, la más rentable para tí, pero no para nuestra amistad. De todas formas, querido Antonio, como tú dices, vaya por delante también mi testimonio de consideración hacia tí y puedo asegurarte´ que, como profesional y como amigo, no has de tener preocupación alguna, —pues por mi parte no corres ningún riesgo—, de que se queden fundidos o aniquilados en el plomo de las líneas que componen tu artículo, esas respetables consideraciones, y afectos, que desde hace mucho tiempo nos hemos tenido.

Pero, sin duda, me obligas a aclarar los puntos de tu discrepancia, porque entiendo que hay parte de incongruencia en tus apreciaciones en cuanto a tu opinión sobre mí y a tu propio pensamiento. El ser ambos de la misma edad y de la misma responsabilidad generacional, es otra razón para no dejar pasar esta oportunidad de comunicarme contigo. Además,. me haces una pregunta: "¿Merecerá una explicación que desvanezca cualquier razonable duda respecto al entendimiento que, del término "joseantoniano", pueda hacerse en 1976?", a la cual, e insisto, por formularla públicamente, debo responderte por el mismo medio, pero no como un planteamiento dogmático según parece deducirse de tu pregunta, sino como una contestación personal que, en consecuencia, puede prestarse a controversia. En cualquier caso, y volviendo al principio de tu artículo, creo que aclarando el confusionismo, el tuyo, no el mío, ceda a la claridad.

En primer lugar, te diré que yo no renuncio, ni renunciaré, a mi familia. Ni a la de sangre, ni a la política. Además de quererla, la admiro y comprendo perfectamente sus actitudes, congruentes con su historia. Ahora bien, lo que tú pretendes de mí es distinto, y de ahí tu incongruencia. Pretendes meterme en la pasada Historia de mis mayores. Historia, con mayúscula, que yo por desgracia no tengo. Lo realmente imperdonable sería, cuando el tiempo pase, y haya hecho mi historia, —pobre o grande—, que renegara de ella, y con ello de la unidad de la Patria. Otra postura distinta a ésta la entiendo como inmovilista.

Si no te explicas que yo pueda conciliar un Proyecto que supone el restablecimiento de los partidos políticos, ¿cómo puedes concebir, en cambio, en otras insignes figuras, a quienes ambos profesamos lealtad y queremos, se encuentren hoy integradas en un partido político de la dividida Falange de nuestro José Antonio?. Te recuerdo, primero, que la Ley que estableció los partidos fue la de las Asociaciones Políticas, y no la de Reforma Política que se acaba de aprobar Y segundo, por si tampoco lo sabes, que en el momento de tu crítica no pertenezco a ningún partido, quizás por razones puramente joseantonianas.

¿Cómo explicarías positivamente que a José Antonio se le acuse de fascista, sin serlo ni él ni su doctrina, exclusivamente si no es por tener formas parecidas a los movimientos políticos europeos de su tiempo?

¿Por qué atacar al futuro parlamentarismo comparándolo con los pasados, tan nefastos y nocivos para España y que son ya agua pasada?. Esto no es ser objetivo; yo diría que ni subjetivo; es ser futurólogo, y éso es otra incongruencia en tu normal objetividad.

Estas preguntas sólo se pueden explicar: si se acepta el reto de la época que te toca vivir; usando los medios políticos existentes en ese momento; advertido de los riesgos a correr, y luchando con toda el alma por una causa, que para mí se llama: España.

Y precisamente, como "testamentario" del Caudillo he actuado en conciencia, por intentar seguirle e interpretarle a él y a su pueblo, en donde estamos tanto tú como yo incrustados. No vayamos a caer en el

mismo error de la Falange, después de la muerte de su Fundador, de que —no me lo negarás— las distintas interpretaciones de su doctrina la han fragmentado ¿olorosamente. Entiendo, por lo tanto, que el paso dado desde la legalidad vigente y con los procedimientos que nuestra Constitución establece en el artículo 10 de la Ley de Sucesión, es lo que ha consolidado a Franco, a sus hombres y a la historia de estos cuarenta años. Dando los españoles una magistral lección al mundo entero, de nuestra concordia, y de la vitalidad y realidad de nuestras Leyes e Instituciones, obra de Francisco Franco. Vuelvo a repetir, ésto es lo que yo entiendo por continuar. Otra razón sería inmovilismo.

Y te recordaré también que José Antonio, que comenzó su vida pública defendiendo a su padre, como muy bien tú sabes, no se afiló a la Unión Patriótica, y su planteamiento político fue en parte una respuesta a la política de la Dictadura, lo que no quiere decir que estuviera en contra de su padre. Y matizo, por si acaso, que en mi lugar no sólo no estoy en contra de José Antonio, sino con él. Por lo tanto, no quiero creer que si hubieras vivido aquella época, escribieras igual crítica a José Antonio; y, por supuesto, que con este argumento no pretendo la más mínima comparación con el más grande hombre de nuestra historia contemporánea, porque ni puedo, ni quiero que así se entienda.

Los honores y los severos compromisos que en mí han coincidido, como tú dices, no sólo nacen de aquel amargo fusilamiento en las inmediaciones de una playa del Mediterráneo, sino también del fusilamiento de la Cárcel Modelo, donde asesinaron a mi padre; de un humilde hotel de París, donde murió mi abuelo aburrido de amar a España; de las" áridas tierras africanas de Monte Arruit, en donde perdimos acribillado a mi tío abuelo Fernando, y de muchos más compromisos y amargos sacrificios que, a lo largo de la Historia de España, por su entrega a ella, mi familia permanentemente ha mantenido y sufrido con honra y orgullo. Compromisos que no eludo y que han obligado a mi conciencia y a mi talante, precisamente intentando con toda mi fuerza imitarles, para que el día de mañana no sea yo quien rompa la línea de servicio a España, de mi egregio apellido, como tú dices.

No sé si me entenderás ahora, pero si no fuera así, te ruego que uses esta vez el teléfono, me llames y juntos los dos hablemos como siempre lo hemos hecho, sin hacer una polémica constante e interminable, que no deseo.

Y termino como tú: ya sé dónde estás y yo también modestamente, dónde me encuentro. Estés donde estés, siempre tendrás mi mano extendida, mi amistad y mi sincera colaboración.

Un abrazo.

24 — NOVIEMBRE — 1976

 

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